La prudencia parece no existir en Santa Cruz. La furia y la irracionalidad que empuñaron los marineros santacruceños para incendiar las plantas pesqueras de Puerto Deseado fue imitada, días después, por un ex funcionario para arremeter con su camioneta contra un grupo de manifestantes.

La prudencia parece no existir en Santa Cruz. La furia y la irracionalidad que empuñaron los marineros santacruceños para incendiar las plantas pesqueras de Puerto Deseado fue imitada, días después, por un ex funcionario para arremeter con su camioneta contra un grupo de manifestantes.

Como trágicos antecedentes de este hoy violento se cuenta también un policía muerto en medio de una protesta de obreros del petróleo. Menos dramáticos pero igual de reprochables se suman la agresión sufrida por la ministra de Desarrollo Social, la violenta represión policial a una marcha de trabajadores municipales o la suposición de un acto terrorista por la loca carrera de un conductor desencajado que terminó frente a la casa que habitaba en otras épocas el Presidente de la Nación. Todo habla de desmesura, todo exige justicia, todo reclama moderación para restablecer la paz social y devolver a los santacruceños expectativas sobre su futuro.

Los tiempos que vienen no serán fáciles, las épocas electorales caldean los ánimos y los nervios se multiplican por las incertidumbres que genera el veredicto de las urnas capaz de modificar la suerte de muchos, más aún en provincias donde la administración pública llega a ser el principal empleador.

Sin embargo y aún cuando el tiempo que falta para las elecciones de octubre puede parecer poco, Santa Cruz debe iniciar de inmediato el camino para hacer cesar toda expresión de barbarie.

Resulta imperioso, restablecer la confianza entre representantes y representados y trabajadores y empresarios, para reconstruir la convivencia en un marco de respeto y tolerancia.

Lo que pasó en Deseado debería servir de ejemplo. La violencia, más allá de los daños materiales y económicos, quebró la confianza y el respeto y solo empeoró un escenario que ya era complicado en términos de rentabilidad de las empresas que arrastran pérdidas de la mala temporada del 2005, no lograron recuperarse en el 2006, se encuentran fuertemente endeudadas y deben enfrentar la fuertes aumentos de los costos de explotación sin contar con los altos precios del langostino que en otros tiempos permitieron algunas prodigalidades.

En Deseado ya se sienten con fuerza las consecuencias de la falta de actividad. Y quizás se buscan culpables donde no los hay. Alcanza con escuchar a los comerciantes culpar a los empresarios porque rumbearon sus buques hacia otros puertos. Se miran firme y duro trabajadores con trabajadores, porque unos dejaron sin trabajo a los otros. Se sufre fuerte el drama de la falta de recursos.

Se percibe con dramatismo, por haberla perdido, que la pesca dejaba para la ciudad mucho más de lo que se creía. En estos días y en los próximos meses en los que naturalmente la pesca entrará en un impase parece ser un tiempo óptimo para retomar un diálogo maduro, amplio y que permita con la participación de todos los interesados un nuevo contrato entre las partes, posible y aplicable, que devuelva la posibilidad de crecimiento y bienestar. Que devuelva las expectativas de un futuro mejor.

27/08/07
PESCA & PUERTOS

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