Un mínimo de orden para Haití

La rápida determinación de los EE.UU. de asistir de distintas maneras al país caribeño permitió salvar muchas vidas.

La rápida determinación de los EE.UU. de asistir de distintas maneras al país caribeño permitió salvar muchas vidas.

Aún antes del terremoto que devastó a Haití, las Naciones Unidas estaban empeñadas, a través de su Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah), en apuntalar el país en sus instituciones, tarea compleja y de múltiples facetas, que iba desde un llamado a elecciones parlamentarias hasta un enorme esfuerzo por reconstruir la institución policial, fundamental para asegurar el orden en un país sin fuerzas armadas propias.

Antes del terremoto, ya prestaban servicio en Haití unos 9000 policías locales supervisados por las Naciones Unidas y se estaba entrenando a otros 1500, se estaba reequipando a la fuerza y se habían construido 25 comisarías nuevas, muchas de ellas ahora destruidas. Incluso una fuerza de paz de la ONU de algo menos de 10.000 hombres había sido desplegada para mantener un mínimo de seguridad personal en una sociedad acostumbrada a la violencia.

La Minustah cooperaba también en la imprescindible reestructuración del Poder Judicial, del sistema penitenciario y del correccional, y hasta en la lucha directa contra el tráfico de drogas. Por ello, y ante el colapso de la infraestructura policial local, el Consejo de Seguridad acaba de ampliar ese contingente en unos 3500 efectivos que, todavía, como es habitual, llevará algún tiempo comprometer y desplegar.

Para paliar el caos provocado por el terremoto, primero, y por la vuelta de muchos habitantes de la capital al campo, en segundo lugar, es que se hace indispensable establecer un mínimo de organización. De allí la decisión norteamericana de contribuir con un contingente de sus propias fuerzas armadas (unos 3500 hombres) y dos buques hospitales, el Comfort y la unidad médica de última tecnología que llegó a bordo del portaaviones Carl Vinson. Como la prioridad pasa hoy, esencialmente, por la necesidad de atender las enormes urgencias médicas, de rescate, alimentarias y humanitarias, en general -en la capital hasta el servicio de agua está colapsado-, se distribuyeron desde el aire raciones de alimentos y agua en paracaídas, sumándose a los esfuerzos de la comunidad internacional. Por esa razón también ha habido algunos niños huérfanos que están siendo atendidos ahora en los Estados Unidos, lo mismo que algunos heridos y enfermos que requieren cirugía de alta complejidad.

Un párrafo aparte merece, sí, el heroico trabajo de los Cascos Blancos, donde un grupo de 17 argentinos (cuyo jefe es el director de emergencias sanitarias del Ministerio de Salud de la Nación, Gabriel Ive) actúa incansablemente para asistir a los miles de heridos que todavía luchan por su vida en el país caribeño.

La rápida decisión norteamericana de contribuir de inmediato con sus propios militares a consolidar un mínimo de estabilidad operativa en coordinación con las autoridades locales y con los demás contribuyentes redundó en que hoy aterricen más de 120 vuelos diarios en el aeropuerto internacional de Haití. Llaman la atención, en consecuencia, las declaraciones de Hugo Chávez y de algunos de sus habituales seguidores, como el presidente boliviano, Evo Morales, y su vicepresidente, Álvaro García Linera, en el sentido de que la ayuda humanitaria estadounidense se trataría en realidad de una ocupación militar por parte de ese país. Inoportunas e inaceptables, estas expresiones utilizan políticamente una desgracia sin precedente para distorsionar la realidad e ignorar todos los esfuerzos ya realizados por la comunidad internacional, en lugar de sumarse a lo hecho para mitigar los efectos de esta calamidad.

22/01/10
LA NACION

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