El desenlace del conflicto por los piquetes en el puerto fue tensionado hasta el final, innecesariamente, con un acuerdo de última hora que evitó el desalojo por la fuerza que ya tenía orden judicial y planificación policial firmes.
El desenlace del conflicto por los piquetes en el puerto fue tensionado hasta el final, innecesariamente, con un acuerdo de última hora que evitó el desalojo por la fuerza que ya tenía orden judicial y planificación policial firmes.
Se tensionó la cuerda más de lo razonable, hasta el borde de la violencia. La naturaleza del conflicto desaconsejaba una estrategia de lucha basada en el "todo o nada" que deja sin chances a la salida negociada.
Aquellos viejos dirigentes gremiales acostumbrados a años de tironeos con los más grandes y difíciles empresarios de la industria, saben mucho de cómo manejar los tiempos de un conflicto: amagan, presionan, golpean hasta conseguir algo y "levantan el pie del acelerador" antes de correr el riesgo de perderlo todo en una lucha salvaje. En cambio, los que agitaron desde el vamos el parate del puerto eligieron otra ruta y a punto estuvieron de perder de vista el eje del problema: pedían un doble reconocimiento, salarial y laboral, lo tenían, pero en rigor exigían la capitulación del enemigo.
Después del acta acuerdo firmado el martes en Trabajo -que difería muy poco del texto que rechazaron una semana antes-, los hacedores del piquete sabían que no quedaba otra salida que levantar los cortes y sentarse a negociar, lo que finalmente ocurrió. Les costó entender que habían empezado a quedarse solos. Porque el resto de los trabajadores de plantas y de a bordo que viven de la actividad pesquera, que son muchos miles y se habían solidarizado con ellos, ahora exigían normalizar la actividad y negociar. Tozudos, desde el piquete insistieron en el "todo o nada" y desafiaron la lógica, aunque cerraron la jornada con un acuerdo también muy parecido al primero, aunque mejorado en los plazos. Para entonces era palpable que antes de las 11 de la noche la Policía Federal iba a ejecutar el desalojo si no liberaban voluntariamente el territorio ocupado.
Ya antes de anoche habían conseguido un reconocimiento salarial y -lo más importante- sentar a los empresarios para discutir lo que ellos querían discutir. Pero cuando dijeron que no, dilapidaron el apoyo de sus pares y desairaron al Ministerio de Trabajo que siempre les jugó de aliado. Les faltó inteligencia para percibir que la supuesta fuerza del piquete había pasado a ser una debilidad aunque desde el discurso encendido se grite lo contrario.
Sin acuerdo, el desalojo era la única salida porque el área ocupada del puerto es de jurisdicción federal. Para peor, los piqueteros agotaron incluso la paciencia del Gobierno nacional, que ha dado sobradas muestras de que no reprime manifestaciones populares pero que, a menos de 90 días de las elecciones, tampoco podía soportar que se gestara el germen de otro Gualeguaychú en sus propias narices.
Con el acuerdo final todos respiraron aliviados. Igual quedó la sensación que esperar hasta el tiempo de descuento fue un exceso que puso en peligro la paz social de la ciudad.
Por José Mauro
02/08/07
LA CAPITAL – MAR DEL PLATA
