Puerto sucio. Hace por lo menos 10 años que no se califica así al puerto de Buenos Aires. El apelativo sólo es comparable a la realidad que vive un club de fútbol cuando pierde la máxima categoría.
Puerto sucio. Hace por lo menos 10 años que no se califica así al puerto de Buenos Aires. El apelativo sólo es comparable a la realidad que vive un club de fútbol cuando pierde la máxima categoría.
Puerto de segunda.
El avance incontenible del puerto libre de Montevideo, potenciado por el proyecto de aguas profundas de Rocha, relegará al país a una nueva involución voluntaria. Las grúas súper postpanamax se desmontarán como un Lego y se montarán a buques para ir a lugares donde el comercio exterior no suene desacompasado como en la Argentina. Las plazoletas se irán vaciando. Los depósitos fiscales encadenarán sus puertas y nuevos muros alambrados se alzarán para evitar la intrusión de las villas. Miles de trabajadores están en riesgo. Miles de millones de dólares perderán las empresas cuya logística deberá agregar una nueva fila al Excel de los costos para incorporar el transbordo a su léxico.
Puerto desplazado.
Con la posibilidad cierta de renovar la infraestructura, rellenando dársenas, reforzando y profundizando los pies de muelle, el gobierno central no agenda esta urgencia porque simplemente no podrá capitalizar ese derrame lento pero indiscutido en la eficiencia de la economía de un país que logra la competitividad de un puerto. Dejándolo morir, otros jugadores se abren paso. Amén de los uruguayos, Daniel Scioli se refriega las manos viendo cómo su caballo Tecplata toma velocidad y pinta ganar por varios cuerpos.
Puerto en lucha.
Unidos por la decepción, la bronca, la ignorancia y la postergación, estibadores y guincheros decidieron compartir las armas que antes los enfrentaban. Crearon la Unión, una fuerza sindical de tres patas, completada por los camioneros de Moyano. Los próximos dos años serán de una efervescencia tan virulenta como innecesaria, provocada por la falta de políticas portuarias, generada por esa desidia típica de la procrastinación en la planificación.
El paro de 24 horas anunciado para octubre, con cortes de avenidas y movilizaciones, incluirá además la negativa total al amarre y descenso de cruceristas.
Puerto que no puede descartarse, a menos que se pretenda prescindir del mar en el comercio exterior. Pero en el Reino K, la imaginación no tiene límites.
Por Emiliano Galli | LA NACION
17/09/13
LA NACION
