Puerto Deseado, una ciudad fantasma tras 23 días de paro

Dos gaviotas, seis prefectos, 20 barcos pesqueros y el jefe del puerto, Daniel Alegre, eran ayer los únicos testigos de la parálisis absoluta en el segundo puerto en importancia de la Patagonia.

Dos gaviotas, seis prefectos, 20 barcos pesqueros y el jefe del puerto, Daniel Alegre, eran ayer los únicos testigos de la parálisis absoluta en el segundo puerto en importancia de la Patagonia.

La huelga de 23 días de los marineros derivó en un paro de toda la cadena productiva y varios sectores temen aquí una fuerte recesión económica.

"Nos fuimos 10 años para atrás; todos vivimos de la actividad el puerto y vamos a sufrir el golpe", comentó a LA NACION en la confitería de un hotel un empresario local que conversaba con otros tres colegas de distintos rubros. Ninguno quiso dar su nombre. Temen represalias. "Todos nos conocemos, es un pueblo chico", se disculpó uno de ellos.

Coincidieron en su relato: se sienten desprotegidos luego de los descontrolados ataques del viernes pasado contra las empresas pesqueras y protestan por la falta de respuestas del poder político. Los cuatro hablaron de una "zona liberada".

Empresas y particulares presentaron más de 20 denuncias por los incidentes, pero la justicia local no asignó ninguna custodia policial. Todos recuerdan que hace sólo cuatro meses las escuelas de Santa Cruz amanecieron con custodia policial durante el conflicto docente, una crisis que nunca alcanzó estos ribetes de violencia.

Otro comerciante, con casi 30 años en la localidad, se mostró más crítico con las empresas: "Hace años que las pesqueras recaudan en forma millonaria y no dejan nada acá. La gente se cansa". Aunque aclaró que no justificaba la violencia, advirtió: "Antes los marineros venían y descansaban un día antes de embarcar; ahora los suben al barco así como llegan".

Comité de crisis

Lidia Uribe, titular de la Cámara de Comercio, Industria y Afines de la localidad, fue poco optimista. "No saldremos de este problema de un día para otro. El problema lo notaremos cuando baje el poder adquisitivo", afirmó. Este sector le pidió al municipio que conforme un comité de crisis.

El intendente interino, Enrique Barría, y el diputado provincial Carlos Marsicano intentan mantener la calma. "El poder político no estuvo ausente, tuvimos reuniones con ellos aquí [por la sede municipal] y el gobierno provincial ofreció devolver un tercio de lo descontado por el impuesto a las ganancias", explicó Marsicano.

Para él, ya no alcanza con solucionar el problema de los marineros. La crisis se expandió. Son muchos los operarios que no pueden ingresar en las plantas: fileteros, estibadores, transportistas, empleados administrativos y profesionales hace 20 días que están parados. Algunos tienen sueldos, otros trabajan en cooperativas. Muchos llegaron de Bolivia después de la crisis de 2001.

Se calcula que más de 1000 personas trabajan vinculadas directamente a la actividad portuaria, más los 500 marineros locales en conflicto. Si a ellos se suman los que se embarcan en la temporada alta, la cifra total de marineros asciende a 3500.

El muelle, fundado en 1927, recibe más de 760 barcos pesqueros al año. "En lo que va de julio apenas entraron 10 barcos, el año pasado en el mismo mes ingresaron 94", detalló Daniel Alegre, jefe del puerto desde 1994, mientras recorría las instalaciones con LA NACION. Durante 2006 se exportaron 195.000 toneladas desde aquí. En un día normal, más de 400 personas se cruzan entre las 7 y las 19 horas.

"Ahora los barcos pesqueros que están en alta mar se derivan a otros puertos. Si bien acá está abierto, no puede bajar la pesca porque no hay plantas", explicó Alegre, que sucedió a su padre a cargo del puerto.

Los marineros mantienen un piquete que no interrumpe el transito en la zona de las pesqueras, sobre la costanera. Daniel Medina, delegado gremial, minimizó los incidentes y dijo que las plantas no fueron afectadas: "Si se quisiera comenzar hoy con la producción de pescado, se podría".

No opinó lo mismo Guillermo Kliauga, gerente de la pesquera Santa Elena, única de capitales argentinos. "Vine a ver cómo restituimos la fuente de trabajo, pero está todo destruido, aún no podemos calcular pérdidas. Son 20 años de trabajo de investigación que se tiraron a la basura", dijo, desolado, mientras miraba con rabia el laboratorio quemado de la planta.

Por Mariela Arias

24/07/07
LA NACION

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