Por la gran bajante del Río Uruguay, emergió una vieja ciudad fantasma

Es la vieja Federación, hundida en 1979, para el embalse de la represa de Salto Grande.

Es la vieja Federación, hundida en 1979, para el embalse de la represa de Salto Grande.

Estarían a dos metros y medio bajo el nivel de las aguas. Pero el grupo mira y camina por el fondo del lago. El lecho está barroso, mojado, lleno de piedras; hay un vidrio azul y caracoles, un tenedor, diminutos mejillones aferrados a restos de ladrillos (dicen que llegaron como plaga en barcos japoneses). Troncos enormes talados de agujeros (buen laberinto para peces). Calles que arman un tablero de ajedrez, cimientos, baldosas, mármol quebrado, un plato de cerámica con flores rosas y hojas verdes que todavía se notan.

El grupo de gente se sienta en dos escalones que aún están en pie, completos. Siempre, en el fondo de lo que hasta hace poco, fue un lago. La escena no se trata de una creación de cine onírico. Es que, como brotada de un sueño surrealista, la vieja ciudad de Federación se levantó de su ataúd de agua y vuelve a mostrar su cara, cercenada, molida a pedacitos. Apenas una máscara de lo que fue. Porque el lago de Salto Grande, en el norte entrerriano, se secó en buena parte. Y afloró el pasado, el viejo pueblo que fuera derribado y tapado por la masa imponente del Río Uruguay en aras del progreso: de la alimentación a la represa generadora de energía.

En 1979, la antigua Federación fue inundada. Ahora, reaparece gracias a una bajante inédita, la mayor en 20 años, según confirma el prefecto Carlos López. "Los registros muestran estos datos históricos", dice a Clarín.

"En la nueva Federación, en el puerto de dos metros de profundidad, no hay una gota de agua. Sí, embarcaciones encalladas, y las playas se han alargado más de cien metros". Desde allí se recorre con la vista la ciudad fantasma que acaba de emerger. López señala un lugar a lo lejos y dice: "la vieja Prefectura estaba por allá".

Marcelo Sgüerzo y Juan José Benítez lo acompañan. Ellos nacieron en la vieja ciudad antes de 1979. La falta de agua los invita al recuerdo: "Aquí era la plaza, con sus azaleas rosadas enormes; la Iglesia estaba enfrente y la Policía, la escuela", enumeran. "Los domingos, todo el pueblo venía a misa, y era sagrado vestirse con las mejores pilchas. La costanera era interminable, hermosa. El río tenía dos mil metros de ancho. Ahora, el lago supera aquí los cuatro mil. Recuerdo sólo otra bajante así".

La ciudad derrumbada revive en las palabras de sus antiguos habitantes que sólo ven escombros carcomidos por tres décadas de agua. "Allá estaba el bar que hacía de Terminal de Omnibus, allá la pista de baile El Ombú, ésa era la casa de Silvestri". Y a uno le da nostalgia. Pero no negamos el progreso que trajo la nueva ciudad", reconocen.

Un perfecto cisne de dos centímetros brilla en un pedacito de vidrio quebrado. Enterrada al lado, una bolita verde (seguramente serán hombres los que jugaron con ella 30 años atrás). ¡Y una telaraña llena de rocío petrificada, en el fondo de un lago! "Marciana", dice Pablo, el fotógrafo.

"Esto va a permanecer así varios días más. No hay pronósticos de cambio por ahora", apuntan los tres hombres de Prefectura. Entonces, la situación permite seguir descubriendo que la vieja ciudad no fue destruida por completo. La histórica maternidad (hoy, techos perforados, mucho yuyo y cales descascaradas en su fachada abandonada), algunas casas, una que otra columna de luz pública, la cruz de la antigua iglesia, la ermita de la entrada, siguen en pie cerca de los aserraderos y en medio del monte que avanza, fuera del lago, como vigías silenciosos atentos al recuerdo.

Don Salazar, paisano del lugar, se acerca en moto, gorra azul polar y también, como todos, quiere dar su señal, su referencia. "Ese es el tanque de agua de la vieja; yo vivo al lado, acá mismo", cuenta. "Ahora, con la bajada del río, la gente viene a mirar. Se puede llegar en auto casi al otro lado. Impresionante."

Con los restos del antiguo pueblo a la vista, muchos han vuelto para recorrer y recordar. Como en 2004, cuando también bajó, pero no tanto. La gente vuelve: se lleva pedazos de baldosas de lo que fueron sus patios.

El ojo de la memoria se cuelga entonces otra vez del mapa imaginario del pasado. Las paredes de las esquinas se vuelven a levantan. El aire vuelve a llenarse de azaleas. Si parece que la campana de la torre de la iglesia va a volver a sonar. La ciudad se despierta de su sueño líquido. Y sólo falta que en la kermesse del parque, la música vuelva a sonar.

Por Verónica Toller
FEDERACION. ENVIADA ESPECIAL
gualeguaychu@clarin.com

07/07/07
CLARIN

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