-¿Cómo eran las personas que te encontraron?
-No me acuerdo.
-¿Cómo eran las personas que te encontraron?
-No me acuerdo.
Hace un rato estaba comiéndose una ensalada. Fue uno de los pocos momentos en que dijo más de dos frases. Explicaba que siempre le ha gustado cazar animales. `Conejos, pájaros, de todo. Con la hondilla. En México a las hondillas les llaman resorteras`. Mordió un rábano y contó cómo se caza una iguana. `Están en las ramas. De cerca les sueltas una piedra. Son muy mansas`. Luego llegó su padre, le tomó del plato una rodaja de pepino y se volvió a la sala de estar, donde se llevaba discutiendo más de una hora sobre cómo explotar el potencial comercial de su naufragio.
En la sala estaban sus padres, su `apoderado` -un abogado voluminoso que fue amigo suyo desde pequeño- y una abogada de la capital, San Salvador, que se acercó a Garita Palmera en representación de los cuatro hermanos que tiene en Estados Unidos. Alvarenga, en el patio, sentado de espaldas a ellos, no les prestaba ninguna atención.
El intermediario de la visita fue el abogado. Benedicto Perlera dice que, según lo que le ha relatado su amigo, las personas que se lo encontraron en el atolón Ebon de las Islas Marshall eran aborígenes. `Al principio tuvo terror al ver a gente negra, porque no hablaban en su idioma y él no entendía nada, pero lo llevaron con el jefe y lo tuvieron acostado tres días, y lo cuidaban allí los negros`.
Perlera cuenta que antes de eso el náufrago se encontró en la playa con un montón de culebras de mar y que tuvo que subirse a un poste para que no le picaran. La versión que recogió en las Islas Marshall la agencia France Press es menos exótica: Alvarenga llega a la playa de Ebon. Se duerme en la arena. Lo despierta el canto de los gallos. Dos habitantes del lugar lo ven gritando en una lengua incomprensible y agitando los brazos con un cuchillo en la mano. Cuando se acercan, él suelta el cuchillo y se desploma en la arena. Le preparan unas tortitas y uno de ellos se va a la isla principal a avisar del hallazgo. La alcaldesa del atolón forma un gabinete de crisis compuesto por el jefe de Sanidad, el comandante de Policía y la única residente extranjera del lugar, una estudiante noruega de antropología. Van a ver a Alvarenga y le llevan cocos y plátanos. Resulta que el hijo de la alcaldesa había aprendido algo de español viendo una serie de dibujos animados y gracias a eso consiguen comunicarse con él. Hasta aquí la versión de France Press, que perfila el final de una historia cuyo núcleo sigue siendo una incógnita.
José Salvador Alvarenga ha dicho que el 17 de noviembre de 2012 salió de la costa de Chiapas a pescar tiburones con un compañero y que una tormenta les averió el motor. El 30 de enero pasado se lo encontraron solo a más de 10.000 kilómetros de distancia. Según su relato, el compañero murió a los tres o cuatro meses de naufragio porque no era capaz de alimentarse de pescado crudo. Se llamaba Ezequiel Córdova Ríos y tenía 22 años, 15 menos que él. El psiquiatra que lo atiende desde que lo trajeron a El Salvador, Ángel Fredi Sermeño, dice que cuando les empezó a contar la historia no quería abordar el tema del compañero. `Él mismo sabía que lo acusaban de habérselo comido. Y decía que cómo se iba a comer al compañero si tenía peces`. La historia en su conjunto resulta inverosímil. Tanto como que en las primeras fotos que le sacaron, Alvarenga tuviese unos cachetes impropios de un naufragio de esa duración. Pero de momento no hay explicación alternativa de cómo pudo aparecer en una playa de Micronesia un pescador salvadoreño semidesnudo con una lancha artesanal de siete metros de eslora y de matrícula mexicana. El doctor Sermeño, del hospital público San Rafael, piensa que Alvarenga no miente. Dice que esta historia solo puede ser `cierta o muy fantástica`, y que, después de haber estudiado a su paciente, ha llegado a la conclusión de que es `demasiado fantástica para que él se la haya podido inventar`.
El Salvador distingue a su héroe nacional
José Salvador Alvarenga tiene un mentón fuerte, con el labio de abajo algo más delante que el de arriba, la nariz chata, el cuello como un tronco y la cabeza cuadrada. Lleva el pelo corto, pero se ha dejado atrás un mechón largo sin cortar para que le sirva de recuerdo del mar. Dentro de unas semanas, en el Congreso salvadoreño se votará una iniciativa para concederle una distinción a su hijo. El impulsor de la idea es su vicepresidente, Guillermo Gallegos. Él dice que tiene `certeza` de que la historia es verdad. La única duda que alberga es la clase de honor que le corresponde. `Tenemos hijo meritísimo, héroe salvadoreño y notable salvadoreño. Aún lo estoy evaluando`.
José S. Alvarenga
Algunos creen que es un embustero, pero en su entorno sueñan con que su historia los haga ricos. Visitamos al pescador que apareció a la deriva en una isla de Micronesia tras 13 meses perdido. Lo de no hablar del naufragio lo dejó claro su padre al principio, hace un par de horas, sobre las dos de la tarde, cuando al lado del hijo se le explicó en el patio trasero de su casa, un terreno polvoso de árboles y de aves sueltas, que había un gran interés por conocer los detalles del asunto, pero sin pagar nada a cambio. Don Ricardo dijo: `La historia de él no se puede regalar; es una chibolita de oro`. Su hijo no decía nada, solo ratificaba con gestos que tampoco le parecía bien hablar sin cobrar. Después del diálogo del huerto, el pescador de tiburones José Salvador Alvarenga pasó al patio interior de la vivienda, en el pueblo costero de Garita Palmera, y se sentó a una mesa con su mujer. (Por Pablo de Llano; El País)
28/03/14

