Entre otros graves efectos, el proceso de calentamiento global está dañando la conservación de los glaciares, fenómeno especialmente inquietante porque afecta el caudal de los ríos y las reservas mundiales de agua potable, además de dañar la belleza de los paisajes y su atracción turística. Nuestro país tiene instalado el problema desde hace unos lustros en los Andes patagónicos y las observaciones que se van sucediendo demuestran la severidad de la transformación que se está operando.
Entre otros graves efectos, el proceso de calentamiento global está dañando la conservación de los glaciares, fenómeno especialmente inquietante porque afecta el caudal de los ríos y las reservas mundiales de agua potable, además de dañar la belleza de los paisajes y su atracción turística. Nuestro país tiene instalado el problema desde hace unos lustros en los Andes patagónicos y las observaciones que se van sucediendo demuestran la severidad de la transformación que se está operando.
En la última década del siglo XX se calculaba que alrededor de 15.600.000 kilómetros cuadrados de la superficie terrestre estaban cubiertos por mantos de hielo, casquetes glaciales y glaciares montañosos. Esos hielos contienen el mayor depósito de agua potable del planeta, estimado en las tres cuartas partes del total existente. Este dato permite apreciar la importancia de los heleros para la supervivencia planetaria.
Recientes comprobaciones efectuadas por el personal del Centro Austral de Investigaciones Científicas (Cedic), bajo la dirección de Jorge Rabassa -publicadas en la revista Ciencia, hoy -, han verificado que se agrava el estado de los glaciares, excepto para aquellos que se encuentran por encima de la línea de las nieves permanentes.
Por ejemplo, el glaciar fueguino de Monte Alvear revela un apreciable retroceso, con reducción del frente y adelgazamiento del cuerpo de hielo. El creciente deterioro permite anticipar el colapso definitivo del glaciar entre 2020 y 2030. Esa dramática realidad se produce, también, en otros lugares bien conocidos del país, como el parque nacional de Nahuel Huapi, donde el glaciar Castaño Overo se derritió en veinte años y en su lugar sólo quedan manchones reducidos de nieve y hielo.
La incidencia de los glaciares en el caudal de los ríos lamentablemente se irá advirtiendo en las ciudades que se sirven de sus aguas. Esto ocurrirá en Ushuaia, donde habrá que buscar fuentes alternativas seguramente a un alto costo. El glaciar más importante de Santa Cruz, el Upsala, también está sufriendo un desgaste que va reduciendo sus lenguas, en tanto que su frente ha perdido ocho kilómetros. Sorprendentemente, en cambio, el Perito Moreno, el más famoso de nuestros glaciares, perdura en su presencia y en su crecimiento periódico. Las causas de esta diferencia no se han podido establecer con rigor todavía.
Si en el proceso actual del calentamiento global no median cambios -por ahora, al menos, no se producen en la dimensión necesaria- la extinción de los glaciares será sólo una realidad desoladora más aquí y en el mundo. Muy decisivo es lo que decidan y hagan dirigentes y pueblos para modificar una situación que se torna cada vez más grave para la vida planetaria. Hay soluciones, tardías, pero todavía factibles. El cumplimiento universal de los protocolos de Kyoto han señalado un camino positivo por encarar.
28/03/07
LA NACIÓN
