El Delta sumó la primera reserva natural privada

Senderismo, avistaje de aves y kayaks, a 15 minutos del Puerto de Frutos.

 

Senderismo, avistaje de aves y kayaks, a 15 minutos del Puerto de Frutos.

 

Despegaba el año 1990 cuando Juan Martín “Tino” Lutteral, por entonces un yuppie que trabajaba en Wall Street, se sumaba desde el Great Lawn del Central Park a un evento global que, sin sospecharlo, torcería su propio destino: la expansión mundial del movimiento ambientalista Earth Day (Día de la Tierra). Aquel histórico 22 de abril de 1990 unos 200 millones de personas en 141 países se alinearon detrás de un objetivo común: la defensa del medio ambiente a partir de la concientización de sus problemáticas.

La celebración del Earth Day, con su millón de personas entre el Central Park y la Quinta Avenida, fue la semilla fundacional para lo que sobrevendría después. Lutteral se enroló en la protección del hábitat y de los recursos naturales. Dejó Wall Street, se convirtió en emprendedor social, fundó una empresa especializada en tratamiento de aguas y efluentes, y promovió el acceso universal a ese recurso desde distintas ONG. Luego viajó a Oxford, quiso darles voz a las ideas transformadoras y trajo las conferencias TEDx a la Argentina.

Esta semana, asociado al empresario del rubro náutico Carlos Otero y a la Fundación de Historia Natural Félix de Azara (FHN), debutó con Delta Terra, la primera reserva natural privada del delta de Tigre. Son 40 hectáreas de humedales, que antes albergaban un histórico vivero, en la confluencia de los arroyos Rama Negra Chico y Espera, a 15 minutos del Puerto de Frutos. El enclave fue convertido en un destino ecoturístico de excepción: tiene cuatro circuitos para el senderismo interpretativo y el avistaje de aves, canales internos para recorrer con kayaks, una laguna como refugio para la vida silvestre, un centro de rescate de fauna, una huerta orgánica, y un Deli y restaurante gourmet. Próximamente albergará un acuario.

Pero su rasgo distintivo es la función didáctica que cumple la reserva sobre la importancia de la preservación de uno de los mayores humedales del mundo y uno de los pocos que continúa creciendo. Para ello, los biólogos de FHN crearon un centro de interpretación que educa sobre las características únicas del delta del Paraná, y señalizaron los circuitos para enseñar sobre las especies de la fauna y flora de cada lugar. Se pueden avistar más de 40 variedades de aves, contemplar un centenar de especies arbóreas y vegetales, y acceder al interior de las islas mediante terraplenes, algo poco usual en el Delta dada su morfología de albardones y de terrenos anegados, como un plato hondo, en el interior de las islas.

“No se protege lo que no se conoce”, dice un entusiasta Lutteral, mientras recorre los senderos interiores, flanqueados por la sinfonía de verdes y ocres que ahora, en el otoño, hilvanan alisos de río, sauces criollos y alcanfores. “Por eso quisimos que los visitantes de Delta Terra, quienes vengan a pasar el día acá, puedan convertirse en agentes de cambio y ser parte de la conservación de este ecosistema de extrema fragilidad que es el Delta.”

La artista Antonia Guzmán se sumó a esa alianza de respeto entre el visitante y el entorno, y llevó allí su marca de land-art. Sobre una avenida de árboles realizó una intervención en el paisaje: arropó con su pintura al agua la corteza viva de un puñado de álamos y dos morenas y convirtió la naturaleza en arte. La obra, que puede recorrerse como un museo natural, se llama Ecos de Oma al S ur.

Los montes blancos, tal el nombre de la vegetación característica de los albardones, en los contornos de las islas, ha ido progresivamente desapareciendo por acción del hombre, que la usó siempre como leña, según apuntan en la Fundación Félix de Alzara. “Hoy la vegetación característica del humedal mezcla especies nativas y exóticas, traídas con las resiembras, que aquí conforman toda un área protegida.”

El marco natural de Delta Terra es como un paisaje encantado, con marañas de cañas tacuaras de 25 metros de alto. Sólo se oye el sonido del viento sobre la copa de cipreses, sauces y alisos, y el canto de zorzales, celestinos y benteveos. Si uno tiene suerte, podrá otear carpinchos, coipos y lobitos de río.

Además de programas educativos previstos para visitas de escolares, se pueden realizar actividades, como yoga y meditación, y reuniones de turismo corporativo sustentable, dice Lutteral. A la reserva se accede mediante la conexión directa del servicio de lanchas Natventure, con salidas desde el Puerto de Frutos. El costo de ingreso es de 155 pesos para los adultos.

Por Loreley Gaffoglio  | LA NACION

11/05/13

LA NACION

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