(FNM) Desde nuestra más tierna infancia, hemos visto a nuestra Revolución de Mayo como un hecho simpático, donde se distribuían escarapelas en la Plaza hoy de Mayo y el pueblo quería saber de qué se trataba.
(FNM) Desde nuestra más tierna infancia, hemos visto a nuestra Revolución de Mayo como un hecho simpático, donde se distribuían escarapelas en la Plaza hoy de Mayo y el pueblo quería saber de qué se trataba.
Próceres de la talla de Moreno, Belgrano, Castelli y Saavedra y los reemplazos subsiguientes parecen casi asépticos, cuando en realidad no lo fueron. Pero todo esto ocurre y es relatado con una mirada “terrestre”.
Hagamos un esfuerzo de memoria para intentar averiguar si el mar y sus conceptos derivados, el dominio del mar y el comercio marítimo, tuvieron algo que ver con esto.
Digamos también que siempre se ha usado el argumento del gobierno criollo ante la prisión de Fernando VII y el del sostenimiento de su autoridad, hechos que po-siblemente hayan sido solo la excusa para atraer a los españoles realistas por parte de los españoles criollos.
En definitiva, en aquellos días, éramos todos españoles, nacidos aquí o acullá. La revolución industrial se hallaba en su apogeo y hacían falta materias primas. Inglaterra empujaba el libre comercio allí donde podía aunque dudo que lo fuera en sus colonias. España, muy por el contrario, cerraba el comercio de sus colonias en un rígido monopolio comercial.
Pocos años antes había ocurrido la más resonante victoria naval que al menos en el Siglo XIX fue considerada la más importante por sus consecuencias. La flota combinada hispano-francesa fue abrumadoramente derrotada en cercanías de Cádiz, en la batalla de Trafalgar. La victoria había dejado en manos de Inglaterra el dominio de los mares. La circunstancia de que Fernando VII fuese prisionero “en Jaula de Oro” de Napoleón I y que Inglaterra fuese enemiga del Emperador francés, podría hacer suponer que España e Inglaterra tenían intereses coincidentes. Sin embargo no era así. Sin escarbar demasiado, hay que tener en cuenta muchos factores. Menciono algunos como la influencia de la Masonería, la descortesía y desatención de la metrópoli hacia sus súbditos americanos, las condiciones paupérrimas en las que sumía a sus colonias por una voracidad que nada tenía de colonizadora en nombre de la Fe, y otras más.
Por otro lado, por aquí las cosas tampoco eran como las pinta la romántica visión descripta al comienzo. En una simplificación razonada, los españoles realistas y criollos, muchos de ellos, tenían un interés coincidente con el que ha hecho mover al mundo desde tiempos inmemoriales:
el dinero.
A la idílica versión de la independencia del poder real, hay que contraponerle la ambición y la avaricia. Buenos Aires y no nos engañemos, ese Buenos Aires no era conceptualmente el Buenos Aires de hoy. Era “El Virreinato”. El resto tenía vínculos con la Corona mucho más firmes por la vía del Perú y el Alto Perú que por la vía Atlántica.
Ese vínculo parecía más consolidado que el marítimo Atlántico. Buenos Aires no producía oro, ni plata ni lo que había interesado en la conquista del Imperio Inca. Aquí había cueros, tasajo, carne salada, y necesidad de traer artículos refinados para una sociedad que ensuciaba sus faldones de encaje en el oloroso barro de las calles. Por eso aquí florecía el contrabando. El comercio ilegal y clandestino era mucho más que habitual, casi podría decirse que muchos grandes señores de la época eran en realidad grandes contrabandistas y para lograr entrar y exportar su contrabando, nada mejor que el “enemigo amigo” inglés. ¿Y por dónde? ¡Por el mar!
El oro y la plata de Potosí viajaban hacia Perú y Panamá, y salían por el Caribe donde los grandes convoyes de galeones tenían bastante mejores posibilidades de resistir el ataque de los filibusteros de distintas nacionalidades que los acosaban en sus travesías. Por eso había un gran abandono por todo lo que fuera protección del tráfico comercial marítimo hacia España, y muchos extranjeros eran marinos dedicados al comercio, pero muchos otros eran marinos cuyas naves, desde embarcaderos situados cerca de la ensenada de Barragán, cargaban y descargaban contrabando, incluyendo esclavos capturados en África que llegaban casi arrastrando sus huesos y agonizantes, para ser comprados por la desaprensiva sociedad de la colonia. El río era el camino hacia la evasión, hacia el tráfico, hacia la Banda Oriental y hacia la elusión de la autoridad colonial encarnada, en ese momento, por un Comandante en la Batalla de Trafalgar, el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros.
Así es que los intereses de Buenos Aires, cuna de la Revolución de Mayo, no pasaban tanto por proteger la autoridad del Rey preso sino por un lado buscar la autodeterminación y por otro, muy importante, facilitar el libre comercio, que permitiría un desarrollo menos dependiente. Detrás de todo ello, el contrabando, el tráfico de esclavos, la clandestinidad, los intereses políticos y estratégicos por un lado, y comerciales del otro, de Inglaterra, creaban un caldo de cultivo excelente para apoyar si no alentar, la sustitución de la autoridad colonial y el comienzo de una vida independiente. ¿Qué hubiera ocurrido si las circunstancias hubiesen querido que fuera España y no Inglaterra la potencia vencedora de Trafalgar? Es un ejercicio abstracto pero vale la pena imaginarlo.
Con el dominio de los mares, la mentalidad de la Compañía de Indias y las con-cepciones avaras de quienes gobernaban España, es probable que nada hubiese quedado de las colonias. Al igual que en Potosí, donde el Cerro de Plata quedó sólo de piedra, o del Oro del Inca, que quedó convertido de hermosas piezas labradas en burdos lingotes, todo hubiera sido enviado ya al rey, ya al bolsillo de un aventurero hediondo que por derecho o por asalto, lograba apropiárselo.
El contrabando hubiera sido algo mucho más complicado si la flota de su Majestad hubiera tenido la presencia que el control de las aguas requería. Su flota mercante hubiera podido operar sin problemas y por tanto mantener el monopolio que tan apreciado les resultaba. Y aquellos autorizados a comerciar, extranjeros, lo habrían sido bajo sistemas clásicos del comercio monopólico, bajo condiciones al límite de lo inaceptable.
Seguramente las Islas Malvinas seguirían siendo parte de nuestro territorio, sin discusión alguna, probablemente después de una independencia acordada al estilo inglés, llenos de problemas interiores como para mantenernos ocupados y no molestar a la metrópoli ahora asociada. ¿Nos habríamos independizado en 1816? ¿Habría existido Brown y sus gloriosas campañas?
Son preguntas imposibles de responder pero más parecerían acercarse a un no por respuesta.
Aun debilitada, la Armada Española, en tanto retuvo el control de ríos y mares, retuvo el poder de amenazar a la Revolución. Recién cuando cayó la Armada Real, cayó Montevideo y con ello el dominio español en el Rio de la Plata, permitiendo así el avance sostenido de San Martin hacia Chile y Perú.
Recordemos que antes de 1814, año de la caída de Montevideo, solo había idas y venidas con triunfos y derrotas de nuestras armas, Sipe Sipe, Salta, Vilcapugio y Ayohuma, Tucumán, y otras.
Por otra parte, la consolidación de nuestra independencia requería la eliminación del poder realista en el lado del Pacifico. Sucedió de la mano de la flota que, comandada por Cochrane, de triste memoria para nosotros, llevó a San Martin y a su ejército libertador hasta Perú y a las campañas de Bouchard y Brown, que llevaron la noticia de la hasta las colonias españolas en California.
Sin duda, sin el dominio del mar o al menos sin un claro dominio del mar por el adversario, en épocas donde el barco era el único medio de transporte masivo, ese 1810 que nació por causas provenientes de ultramar, y con gran influencia de hechos ocurridos en el mar, no hubiera ocurrido, no en ese momento. Vemos la gran influencia que tuvo en él la potencia marítima dominante, Inglaterra, e hicimos el ejercicio de imaginar lo que podría haber ocurrido si las cosas hubieran sido diferentes.
No sería desacertado, en tren de seguir con esta mirada, preguntarnos qué hubiera ocurrido si en la mirada de nuestros primeros gobernantes, hubiera prevalecido la noción de gran nación y no nos hubiéramos visto envueltos tan rápido en las mezquindades propias de una esencia que me resisto a creer que sea heredera de hombres como Belgrano, Moreno, San Martin y tantos otros.
Una nación que por entonces solo podía sacar su producción por el mar, ¿no hubiera sido razonable que iniciara una agresiva expansión hacia el mar, aunque fuese en nombre del sagrado libre comercio por el cual se había producido la revolución de Mayo, como causa última?
En la que era entonces la Banda Oriental ¿no hubiera sido razonable erigirla, junto con la que hoy es la Provincia de Buenos Aires y con el Puerto de Buenos Aires, en el polo de salida hacia el Atlántico de todo lo que producía el ex Virreinato? ¿Se hubiera atrevido el Imperio de Brasil a conseguir la independencia de la Banda Oriental, a nuestras expensas, si en lugar de la Imperial y la Emperatriz hubieran estado la 25 de Mayo y la Hércules?
¿Hubiera generado la USS Lexington y su capitán Silas Duncan el incidente en Malvinas, que luego desemboco en el ataque ingles de 1833, si en la guarnición de Puerto Argentino, que se hubiera llamado Puerto Soledad, en lugar de una corbeta pequeña, la Sarandi, el capitán Onslow se hubiera topado con tres o cuatro fragatas bien armadas y tripuladas por criollos?
Estas y muchas otras preguntas, en horas del Bicentenario, podrían llevarnos a preguntar si lo que hoy vivimos tiene relación con aquellos tiempos. Mi respuesta es que como siempre ocurre, los países que no aprenden de su historia están condenados a repetirla.
Hoy, seguimos viendo como la Nación da sus espaldas al mar. No hay buques de bandera nacional. ¿Por qué? Porque las condiciones de bandera son no solo excesivas sino que además, no son capaces de competir con un Panamá, una Liberia o aun con el mismo Paraguay. En consecuencia, todo el esfuerzo nacional privado, va a través de otras banderas.
Los recursos marítimos. Al igual que en un libro de zoología, hemos “marcado” en el papel una jurisdicción marítima. Pero no está la fiera que se ocupe de renovar las marcas ante las invasiones de los intrusos y menos aún la que muestre los dientes y dé el zarpazo amedrentador de ser necesario. El mal ejemplo dado por esa frase de un ex presidente, aunque aplicada en otro contexto, del león herbívoro, muestra con cuanta facilidad quienes se apropian sin ruborizarse de lo que declaramos nuestro, nos miran con la misma indiferencia con que nos miraría el león carnívoro.
La incompetencia de los dirigentes. Todavía creemos que la fuente laboral de cierta cantidad de personas en algún lugar del sur, debe ser atada a permitir la depredación de nuestros recursos pesqueros por países demostradamente depredadores. Los incompetentes se suceden en las funciones del estado y los empresarios obsecuentes se benefician y enriquecen atendiendo sus intereses personales.
Presencia antártica. La pérdida del transporte polar A.R.A. Bahía Paraíso y las severas averías y necesidad de modernización del Rompehielos A.R.A. Almirante Irízar, siguen flotando en el limbo. Nos quejaremos cuando sea tarde.
Por último, me quedo con una pregunta. A la luz de los hechos marítimos ligados a la historia de la Revolución de Mayo, y situándonos en el contexto actual, ¿serían las banderas de Nicaragua, Honduras y El Salvador, tan parecidas a la argentina, ya que de ella fueron tomados los colores durante la campaña del Pacifico del Gran Almirante, si los hombres de aquella época, por razones “presupuestarias”, hubieran cortado el crucero de corso a medio camino tal como se ha hecho con la Fragata A.R.A. “Libertad” en esta regata del Bicentenario?
¿Tenemos conciencia y vocación de gran nación, o seguiremos resignados a ser, como en la época de antes de Mayo de 1810, un país colonia, pero de la pobreza, del aislamiento y de la cortedad de horizontes?
El mar, una vez más, nos da un camino para transitar. Si hace doscientos años no supimos verlo y aprovecharlo, no dejemos pasar esta nueva oportunidad. De hacerlo, no habrá otra chance.
Buenos Aires, 2010, Año del Bicentenario de la Revolución de Mayo.
Por Andres Julio Gugliotta. Especial para NUESTROMAR
18/05/10
NUESTROMAR
