¿Cuándo empieza un viaje? ¿Cuando subimos al avión, en el momento de comprar los billetes o cuando empezamos a imaginarlo? Hace un par de semanas estábamos en el norte de Noruega; después nos embarcamos en el velero Sterna, y fue entonces, mientras dejábamos atrás la última punta del continente europeo para adentrarnos en el mar de Barents, cuando sentimos que el viaje realmente comenzaba. Desde que empezamos a pensar en este viaje -en el momento en el que compramos la primera camiseta térmica y consultamos el clima de la región- anhelábamos el momento de dejar atrás el mundo conocido para adentrarnos en el Océano Glacial Ártico.
¿Cuándo empieza un viaje? ¿Cuando subimos al avión, en el momento de comprar los billetes o cuando empezamos a imaginarlo? Hace un par de semanas estábamos en el norte de Noruega; después nos embarcamos en el velero Sterna, y fue entonces, mientras dejábamos atrás la última punta del continente europeo para adentrarnos en el mar de Barents, cuando sentimos que el viaje realmente comenzaba. Desde que empezamos a pensar en este viaje -en el momento en el que compramos la primera camiseta térmica y consultamos el clima de la región- anhelábamos el momento de dejar atrás el mundo conocido para adentrarnos en el Océano Glacial Ártico.
En una pequeña reunión nos explican las normas que regirán a partir de ahora en el barco. Albert, líder de la expedición, nos vuelve a dar la bienvenida, nos pone al tanto de los procedimientos de seguridad, nos explica la ruta a seguir y nos asigna funciones específicas. Una de ellas: avistar icebergs. Si bien las masas de hielo deberían aparecer más tarde, como medida de precaución todo el tiempo habrá dos de nosotros en cubierta oteando el horizonte. Fin de la reunión. Un aplauso surge espontáneo. Imbuidos de ese espíritu de comienzo de una aventura, nos saludamos, nos deseamos suerte y zarpamos.
La velocidad a la que se mueve un velero –incluso el Sterna, que es de navegación rápida- no supera en promedio los 20 kilómetros por hora. La tierra tarda horas en perderse de vista y la sensación de que no se avanza puede llegar a resultar incómoda. Poco a poco, sin embargo, el ánimo se va desprendiendo del tiempo terrenal para impregnarse del ritmo de a bordo. En el mar, el reloj se desdibuja. Una charla dura el tiempo que dura; poner agua para un café y compartirlo en cubierta observando las olas cruzar la proa, llena parte de una jornada. De nada sirve impacientarse ni querer avanzar acontecimientos. La primera lección que el mar enseña es que las cosas llegan a su tiempo. No llevamos ni veinte millas, cuando el chorro de una ballena asoma por la popa. Más tarde aparecen los delfines, que nos acompañarán gran parte del trayecto. Reconforta que vengan a saludar; los marinos dicen que es un buen augurio.
El mar de Barents debe su nombre a un expedicionario holandés que en el siglo XVI comandó el primer grupo que se enfrentó con éxito el invierno polar. En su intento de hallar el paso del noreste, Willem Barents llevó a cabo hasta tres intentos -todos fallidos- de rodear Siberia por el norte para encontrar una nueva ruta comercial hacia Oriente. En el primer viaje se encontraron con un oso polar e intentaron subirlo a bordo para llevarlo vivo de regreso. El jaleo que armó el animal en cubierta fue tal que hubo que sacrificarlo. La isla junto a la que lo hallaron fue bautizada con el nombre de isla del Oso; nuestro destino inmediato. En su tercer y último viaje, además de encontrar la muerte en las costas de Nueva Zembla, Barents descubrió el archipiélago de Svalbard, nuestro destino final.
El sol permanece en el cielo de forma ininterrumpida pero son pocos los momentos en que lo vemos brillar. Entre las nubes y la bruma, avanzamos envueltos por un silencio de nieve a través de unas aguas color petróleo. Al tercer día de travesía, de entre la densa niebla vemos aparecer la silueta afilada de la isla del Oso –Bjørnøya en noruego–, el único trozo de tierra que existe entre el continente europeo y Svalbard y habitada por nueve científicos que trabajan en la base meteorológica Herwighamna, ahí instalada. No existe ningún medio de transporte regular que traiga a nadie hasta aquí por lo que el lema del Sterna [Aún quedan lugares en la tierra a los que sólo se puede llegar desde el mar] se cumple a la perfección. En otras épocas fue un popular enclave pesquero, de caza de focas y ballenas, y hasta tuvo una mina de carbón, pero hoy, aparte de algunas ruinas, sólo las instalaciones de la base rompen el más absoluto aislamiento. Finn, su director, nos recibe en la puerta. Una yerma ladera que sube desde el embarcadero exhibe los antiguos raíles que traían el carbón desde la mina y los restos de la cabaña más vieja que aún se conserva. Un cartel anuncia el año de su construcción: 1822.
Junto a la puerta del complejo, se encuentran las casetas de los cuatro huskys que acompañan al equipo humano en sus paseos y que avisan de la posible presencia de osos polares. Después del tiburón blanco y de la pantera negra –y por encima del león y del tigre-, el oso polar es el tercer carnívoro más peligroso del planeta.
Recorremos las instalaciones, viendo fotos de todos los equipos que han pasado por allí y evocando películas como La Cosa o El resplandor, y acompañamos a Finn a lanzar el globo meteorológico que debe soltar dos veces al día. Finn tiene alrededor de setenta años. A los diecisiete entró a trabajar en la marina mercante y dio varias vueltas al mundo. Cuando volvió a Noruega formó una familia y se incorporó a la armada como personal civil. Concretamente en la rama de inteligencia militar, “pero de eso no os puedo hablar porque si no tendría que mataros”, bromea. Ya ha perdido la cuenta de las temporadas que ha pasado en Herwighamna donde los turnos son de seis meses que pueden tocar en invierno o en verano. Cada año hay que postularse para el trabajo.
Talleres de carpintería, electrónica y mecánica sirven de entretenimiento y, cuando el tiempo lo permite, se puede realizar una salida, de dos o tres días, y dormir en alguna de las nueve cabañas dispuestas a lo largo de la geografía de la isla. A pesar de la evidente camaradería del equipo, en los momentos de ocio, normalmente tras la cena, la charla es escasa. El código es indiscutiblemente masculino y un salón ofrece dos guitarras, un piano y un telescopio que apunta hacia mar bajo la mirada de un oso disecado que preside la pared central.
Después de un par de días en la isla del Oso, nos despedimos de la base y de sus moradores. Volvemos al mar. Navegar a vela es una de las actividades más antiguas que existen y, salvo algún detalle técnico, poco ha cambiado desde que los primeros hombres se atrevieran a practicarla; una vez que se ha zarpado, las únicas leyes que rigen son las del viento y las del mar. Lo recuerda el olejaje golpeando en la proa del Sterna. Próxima parada Svalbard: el último trozo de tierra antes del mar de hielos eternos. (Por Javier Argüello; El País – España)
28/08/14


