No se dude, el mar juzgará a Francesco Schettino, el capitán del crucero Concordia. El capitán que nunca llegó a serlo, puesto que los verdaderos hombres del agua suelen ser unos fantásticos irreverentes que atropellan las olas con el pecho delante de su tripulación. No se dude, el mar juzgará a Francesco Schettino, el capitán del crucero Concordia. El capitán que nunca llegó a serlo, puesto que los verdaderos hombres del agua suelen ser unos fantásticos irreverentes que atropellan las olas con el pecho delante de su tripulación.Ya se dijo lo que es un verdadero comandante: ni el dueño de la compañía lo manda y ni el general de la tropa le toca un soldado. Existen tantas historias para contar entre la vida de los grandes, verdaderos héroes, que da vergüenza quedarse en lo de Schettino: y aquí no tiene nada que ver una república, una profesión ni Berlusconi mismo. Porque, también es hora de reconocimientos: desde Rodrigo de Triana, el hombre que una mañana mandaron al carajo y desde allí gritó: “¡¡¡Tierra!!!”, hasta Vito Dumas, el inolvidable navegante solitario que cruzó todos los océanos. Cómo no recordar al capitán Sergio Gómez Roca, en Malvinas, quien rescató la tripulación de un avión Canberra mientras los ingleses le deshacían el puente del buque Aviso Alférez Sobral y. su vida. Y al capitán de navío Héctor Elías Bonzo y al suboficial segundo, Ramón Barrionuevo, que se tiraron al agua, pues ya no quedaban balsas, mientras ardía y se hundía el buque General Belgrano. Se quedaron hasta el final y allí no quedaba vida, sólo la tumba del mar. Y, en la Segunda Guerra Mundial, aquí, en Retiro, se fue el capitán Hans Langsdorff. Tras haber sido atacado por tres barcos ingleses en la Batalla del Río de la Plata y no recibir ayuda del Uruguay, dejó en ese país a sus oficiales para que continuasen en batalla, y a los suboficiales en la Argentina, para que siguieran la vida. El verdadero capitán escribió al alto mando alemán su decisión, se envolvió en la bandera de marina de guerra imperial alemana y se fue de un tiro. Hace muy poco, en marzo de 2007, el rompehielos de la Armada Argentina, ese coloso llamado Almirante Irízar (Q-4), se prendió fuego en medio la noche. Allí estaba este cronista, quien terminó en una de las 32 balsas que funcionaron. La evacuación fue perfecta; el papel de los suboficiales, superior. Eramos 241 hombres y todos estamos vivos. El capitán se llama Guillermo Nelson Tarapow y hace cinco años dejó ir la última balsa para quedar solo en el silencio del puente o entre el bramido del fuego. También está vivo, también lo juzgará el mar. Por Mariano Wullich | 28/01/12 LA NACION
