300 son los años que se han cumplido el pasado 13 de julio desde la firma del Tratado de Utrecht que, entre otras cosas, sancionaba la cesión de Gibraltar a Gran Bretaña en los términos conocidos de su artículo X.
300 son los años que se han cumplido el pasado 13 de julio desde la firma del Tratado de Utrecht que, entre otras cosas, sancionaba la cesión de Gibraltar a Gran Bretaña en los términos conocidos de su artículo X.
Los medios de comunicación han sabido encontrar un hueco para recordarlo entre las noticias de la crisis económica, los casos de corrupción, el desafío soberanista y otros que acaparan las primeras páginas, aun sin merecer la misma atención que estos asuntos.
Bien merece este tercer centenario un recordatorio, no para celebrarlo (nadie celebra la amputación de una de sus partes) sino para señalar, una vez más, el anacronismo que hoy día representa una situación que ha marcado la historia de un pequeño entorno geográfico de gran importancia estratégica y ha perturbado las relaciones entre dos naciones antaño enemigas y hoy socias y aliadas. Situación que nos vienen a recordar con frecuencia los incidentes en las aguas que rodean al Peñón, incidentes que forman parte de la cotidianidad en ese conflicto.
Han sido 300 años de frustración permanente, en los que España ha enfrentado el problema de distintas formas y con distintos procedimientos (desde los militares al principio hasta los meramente diplomáticos) pero con poco éxito en general. Con una política española errática frente a la más estable política británica de promesas e intenciones incumplidas y hechos consumados, aprovechando la debilidad y la buena voluntad políticas españolas.
Decía recientemente José María Carrascal, con motivo de la presentación de su libro “La batalla de Gibraltar”, que todos los ministros de Exteriores españoles han dado un paso atrás en este tema y, con honrosas excepciones, esto ha sido así. No hay más que comparar los mapas de hace 300 años y los de ahora. Dan fe de la ocupación del istmo (primero por razones humanitarias, luego porque sí), la construcción del aeropuerto, la expansión del puerto por el oeste y el relleno y trabajos para la construcción del puerto de levante… Y también las facilidades de que gozan los “llanitos”, gracias a la relación de buena vecindad con España, y el paraíso fiscal que la situación favorece.
El único resultado positivo ha sido el reconocimiento del “fuero” en las instancias internacionales pero, en términos prácticos, Gibraltar sigue avanzando y constituye una anacrónica arenilla en el zapato de España y una fuente permanente de conflictos en las relaciones con el Reino Unido: todo lo relacionado con las aguas en torno al Peñón, los incidentes con los pesqueros españoles (el patrón del “Divina Providencia” tiene pendiente un juicio este otoño) o los incidentes entre patrulleras con motivo de la pesca y de la persecución de los tráficos ilícitos; también el control medioambiental en esas aguas y la utilización del puerto; el conflicto por la estancia del Tireless hace doce años (que acaba de permanecer ahora una semana en Gibraltar, sin apenas reacciones); las visitas de miembros de la familia real británica, que serían normales en otra geografía pero que alcanzan una especial categoría en esta zona; etc…
Las generaciones actuales no veremos ese “Gibraltar español” que espetó el actual ministro de Exteriores a poco de asumir el cargo. Han sido 300 años de frustración, como decía, y no es difícil aventurar que van a ser muchos más, mientras el Reino Unido no tenga realmente la voluntad de retroceder el Peñón a España.
Y no parece que exista esa voluntad. Algunas muestras: cuando Isabel II, en su discurso anual ante el Parlamento en mayo pasado, afirmó que su Gobierno garantizará “el desarrollo de los territorios de ultramar, incluyendo el derecho de los ciudadanos de Malvinas y Gibraltar a determinar su futuro político”; o cuando el Reino Unido habla siempre de los “deseos” de los gibraltareños frente a los “intereses” amparados por la ONU; o el “gol” que nos han metido con el reconocimiento del equipo de fútbol de Gibraltar en competiciones de la UEFA; etc…
La mesa de negociaciones a tres bandas se ha suspendido, cuando España ha abogado por la mesa bilateral (España y Reino Unido), como parece lógico, o cuatripartita (añadiendo las representaciones de Gibraltar y del entorno local español). Como a los británicos no les gusta, se sentarán a esperar el siguiente paso atrás español para dar ellos el suyo adelante. Y el tiempo trabaja a su favor…
Por Almirante Fernando Armada Vadillo
29/07/13
ATENEA
