Vikingos, más allá de la crueldad y la guerra

 El British Museum reivindica la impronta escandinava en el comercio, la construcción naval y la artesanía. Las invasiones vikingas azotaron el mundo conocido entre los siglos IX y XI. Llegaban en oleadas de miles de guerreros tatuados, con el pelo rapado y una coleta a un lado, armados de cascos, escudos, lanzas y hachas.


 El British Museum reivindica la impronta escandinava en el comercio, la construcción naval y la artesanía. Las invasiones vikingas azotaron el mundo conocido entre los siglos IX y XI. Llegaban en oleadas de miles de guerreros tatuados, con el pelo rapado y una coleta a un lado, armados de cascos, escudos, lanzas y hachas.

Muchos de ellos se decoraban los dientes con pintura roja para aterrorizar a sus víctimas. Sus invasiones podían durar años. Redujeron Londres a escombros dos veces. Con sus barcos de poco calado, navegaron Sena arriba y asediaron París desde el agua. Sus conquistas les llevaron desde tierras escandinavas hasta las islas Feroe, Islandia, Groenlandia y Canadá por el oeste; hasta el Mediterráneo, Marruecos, la Córdoba musulmana y el califato de Bagdad por el sur; y a navegar los cauces fluviales que partían del Báltico, del Caspio y del Mar Negro por el Este. Se dieron de bruces con el imperio bizantino. Pelearon en Kiev. La dinastía de los Rüs, de origen báltico y vikingo, da origen a la Rusia actual. Se instalaron en el Ulster y en la actual Irlanda. Y sembraron de pánico la mitad oriental de Inglaterra.

A los monjes del priorato de Lindisfarne, la primera invasión vikinga en enero de 793 les sorprendió rezando. En pocas horas, «los bárbaros destruyeron miserablemente la Iglesia de Dios», dicen las crónicas medievales anglosajonas. Un siglo más tarde, al pobre Rey Edmundo del Anglia Oriental le usaron como diana para hacer prácticas de tiro con arco. El arzobispo de Canterbury fue despellejado con huesos de buey hasta morir. El rey vikingo Ivar «el sin huesos» desembarcó además con sed de venganza. El rey anglosajón Aelle, de Northumbria, había derrotado a su padre en una incursión anterior. Los anglos arrojaron al invasor a un pozo de serpientes venenosas. Cuando le llegó su turno, Ivar cruzó el Mar del Norte y dio caza a Aelle. Le abrió el pecho, le partió las costillas y le arrancó los pulmones para volver a clavárselos en forma de alas de águila.

Los «otros» Ángeles del Infierno

Solo la fracasada invasión del rey vikingo Harald «el duro» en 1066 puso fin al tormento escandinavo. Los pueblos cristianos pasaron entonces a despellejarse unos a otros en el periodo medieval. Y, ahora, el ardor escandinavo regresa a Gran Bretaña en forma de furor o «escandi-manía» a lomos de series de «nordic noir» como «The Killing», «Borgen» y «The bridge», de los rollitos de canela y, desde esta semana, de una gran exposición en el British Museum sobre los que la crítica de arte de «The Times» define como «los Ángeles del Infierno de la Edad Oscura». Pero que nadie se lleve a engaño. En la muestra «Vikingos: vida y leyenda», que estará abierta desde mañana hasta el 22 de junio, no hay acción. No hay recreaciones audiovisuales de guerreros indomables. Ni sonidos de destrucción. De hecho, no hay más audio que el de las audioguías. Ni más audiovisuales que el vídeo con paisajes actuales del territorio que conquistaron los vikingos que abre la exposición.

Si la excepcional muestra el año pasado sobre Pompeya y Herculano estremecía los huesos por su capacidad de recrear el poder destructor del Vesubio, la nueva propuesta del British Museum hará las delicias de los arqueólogos y aficionados a la numismática. Y poco más. El afán académico que la guía es encomiable. Los descubrimientos más recientes de arqueólogos y buscadores de metales han transformado nuestra visión de la identidad vikinga.

Y la exposición aspira a ofrecer esa visión más sutil y compleja de su identidad, sus creencias, sus actividades comerciales y su cultura guerrera a base de objetos decorativos y ornamentales –como un collar de oro de dos kilos o una cucharilla de oro a modo de antecesor de los bastoncillos de oídos–, broches, joyas, monedas y tesoros –como el cofre vikingo del siglo X encontrado en York, con 617 monedas irlandesas, eslavas, rusas o islámicas–, armas de todo tipo, y hasta una mandíbula de un guerrero vikingo. No figuran ni Thor ni Odin, los dioses más conocidos del concurrido olimpo politeísta de los vikingos. Pero sí muchos amuletos y objetos atribuidos a las «völur», o brujas vikingas, que viajaban a menudo a bordo de los barcos guerreros y disfrutaban de un estatus superior al de otras mujeres europeas, en una sociedad saturada con la presencia de lo sobrenatural, que invocaban con sustancias alucinógenas.

Espíritu comerciante

Además, a partir del siglo X los «bárbaros» se organizan en reinos, y sus hordas de guerreros en ejércitos a imitación de los francos y los anglosajones. Y los poetas declaman las gestas de sus reyes en el gran salón de la corte o «skald», que dará lugar a la poesía escáldica escandinava. Al parecer, los vikingos se peinaban y afeitaban. Aunque no por ello un viajero árabe medieval, Ahmad Ibn Fadlan, dejó de criticar la falta de higiene de unos «culos salvajes» que no se lavaban después de aliviar sus necesidades o de practicar el sexo.

Para los organizadores, «no cabe duda de que fueron piratas y saqueadores, el impacto físico que tuvieron en la destrucción de iglesias y pueblos fue brutal, pero desarrollaron también una red comercial y un tejido global de contactos e influencias sin precedentes», explica Gareth Williams, comisario de la muestra y especialista en monedas medievales del British Museum. Y es este espíritu comerciante el que conduce al apogeo al final de la muestra en la nueva sala de exposiciones del ala Sainsbury del museo londinense.

Bajo una luz fría, este cubo gris alberga una estilizada reconstrucción metálica del Roskilde 6, el barco vikingo más largo encontrado hasta la fecha. Sus dotes para la construcción naval de barcos como este, de una sola vela, 70-80 remeros y 37 metros de eslora por 3.999 de manga, conformaron el estándar de la época. Fue excavado en el fiordo de Roskilde (Dinamarca) en 1996-1997, en unos trabajos de ampliación del Museo de Barcos Vikingos que sacaron a flote hasta ocho naves medievales. De hecho, una de las grúas partió en dos, sin querer, el 20% de casco de madera que se ha recuperado de esta belleza guerrera datada en el 1025 después de Cristo.

Por Borja Bergareche

05/03/14

ABC (España)

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