La sobre explotación del recurso en un momento en el que confluyen importantes factores ambientales con decisiones legales conspira contra la producción pesquera que está en franco declive.

La sobre explotación del recurso en un momento en el que confluyen importantes factores ambientales con decisiones legales conspira contra la producción pesquera que está en franco declive.

 

Los investigadores del tema aseguran que es un misterio la cifra oficial de producción pesquera en el país. Tal como sucede con otros asuntos que el Gobierno decide mantener casi en secreto, números van y vienen y el organismo oficial que debería manejar y suministrar esa data no actualiza su presentación desde el primer semestre de 2009. Pero siempre hay canales por donde fluye la información.

El Instituto Socialista de la Pesca y Acuicultura es el encargado de monitorear la actividad. La estadística disponible en su sitio web es de 2009. Pero la Memoria y Cuenta del Ministerio de Agricultura y Tierras correspondiente al año pasado evidencia una disminución en la actividad pesquera de 113,6% con respecto al registro previo. Pasó, de 376.032 toneladas a 175.965 toneladas, con importantes reducciones en captura de atún y sardinas, de acuerdo a una nota publicada por El Universal el 26 de abril.

Semejante bajón se produce justamente en la transición que prohibió la pesca de arrastre de naturaleza industrial. Pero el problema de la reducción del recurso pesquero es más grave que ese 113,6%, pese a que los números que manejan los investigadores no suelen coincidir con los del Ministerio.

Jeremy Mendoza, del departamento de Biología Pesquera de la Universidad de Oriente, presenta la situación de los últimos diez años en perspectiva: hasta 2004 las capturas pesqueras experimentaban alzas sostenidas. Ese año la flota local se anotó un récord: 520 mil toneladas. A partir de entonces comenzó el descenso: "Hasta alcanzar alrededor de 280 mil toneladas en 2009".

Juan José Cárdenas, coordinador de proyectos ambientales y pesqueros de la Fundación para la pesca sostenida de túnidos (Fundatun), hace recuento: "A mediados de la década de los 90 y a principios del 2000, se capturaban unas 500 mil toneladas por año. Desde 2005 viene declinando hasta poco más de 200 mil toneladas. Y esa tendencia se mantuvo en 2010".

La estadística oficial del sector nunca ha sido del todo confiable. Eso es lo que advierte el investigador del Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad Simón Bolívar, Ricardo Molineti: "Si bien ya era difícil esto en años anteriores, ahora lo es aún más por la falta de control sobre la pesca artesanal. Pude conocer una cifra oficial que se aproxima a 350 mil toneladas producidas durante 2009, pero siendo una estadística de pesca artesanal, no creo que sea precisa". En todo caso, explica, refleja una disminución importante: "Y eso ha hecho que las importaciones aumenten".

¿Se acaban?
La estadística del MAT muestra que la captura de atún cayó en 50,44% al pasar de 35.152 toneladas de 2009 a 17.420 en 2010. Y la de sardina cayó en poco más de 53%. Ambos son rubros emblemáticos de la producción nacional. Y, en efecto, el registro es desalentador.

Mendoza maneja otros números: "La producción de sardina alcanzó un máximo de alrededor de 200 mil toneladas en 2004 y fue disminuyendo hasta apenas 30 mil toneladas el año pasado. Igualmente la producción de atún, que disminuyó de un máximo de alrededor de 142 mil toneladas en el año 2002, hasta valores del orden de 57 mil toneladas en 2009. Estas dos pesquerías han aportado alrededor de 50% del total de la producción marítima de Venezuela".

De acuerdo a datos manejados por Cárdenas, el año pasado la captura de sardinas fue de apenas 40 mil toneladas: "En los últimos seis años la producción cayó en más de 70%", asegura considerando un promedio anterior a 2004 de 150 mil toneladas. Esto tiene consecuencias más allá de lo inmediato: "Supone una caída de la abundancia real en el ecosistema, con consecuencias en el resto de la cadena".

La sardina es la base de esa cadena y si su presencia está comprometida, también lo está la de otras especies: "Es comida para el hombre, pero también lo es para muchos otros animales", explica Cárdenas: "Y entre ellos están los jureles, carites, atunes, cabañas, todos importantes para el consumo humano".

También tiene impacto en el circuito económico que depende de ella: "Se usa como alimento, pero también como materia prima para agregar valor. Un quinto de la producción se comía de manera directa, pero el grueso se transformaba, por ejemplo, en sardinas en latas, algo que ponía un alimento tan importante en las mesas de cualquier región del país".

Siendo la información sobre sardinas y atún más precisa, una resta simple indica que hay que contar alrededor de 195 mil toneladas menos de la producción total, nada más por la reducción en estos dos rubros. El caso de los estados Sucre y Nueva Esparta es emblemático en este sentido: un estudio divulgado a principios de año por Fundatun asegura que la producción de sardina de la flota pesquera que opera en estas regiones "se desplomó en 80% con respecto a los máximos absolutos, sin presentar señales de recuperación hasta la presente fecha".

Las razones que explican el desplome son varias: "Las hay administrativas, económicas y de orden natural o climático", resume Cárdenas. Las primeras se refieren al manejo del recurso: "Cada producto tiene su dinámica, pero visto de manera global, en Venezuela ya no hay ninguna especie que acepte más presión. Ninguno de los peces, crustáceos o moluscos explotados tienen posibilidad de incrementar su producción, no podemos extraer más sin comprometer seriamente su capacidad de reestablecerse".

En otras palabras: "Ya las poblaciones están dando lo que pueden. Llegamos a la captura máxima posible". Cárdenas destaca un indicador: "La flota pesquera artesanal ha aumentado, pero la producción sigue bajando". En las aguas de Nueva Esparta y Sucre se concentra -explica- 70% de la flota artesanal del país, esto es, unas 8 mil embarcaciones.

Arrastre o no arrastre
La baja rentabilidad del negocio ha encontrado dos vías de compensación. La más obvia, es el aumento del precio de venta al mercado. La otra, es el subsidio, que parte desde el mismo precio de la gasolina hasta los planes crediticios y de dotación a los pescadores y algunas preferencias arancelarias y de divisas en la importación de insumos para la pesca artesanal.

Pero esto, que parece bueno, tiene otra consecuencia: "Lo que logras es incrementar la presión pesquera sobre esas poblaciones que ya están a tope. El subsidio va en contra de la capacidad natural de recurso de producir. Es algo que debería estudiarse con criterios técnicos".

El factor clima también juega en contra. El aumento en la temperatura promedio de la superficie del mar afecta: "Ocasiona un descenso de la productividad primaria del mar. Es decir, hay menos fitoplancton", aclara Cárdenas: "Y eso significa menos alimentos para las especies forrajeras, como las sardinas".

A estas consideraciones se une el factor pesca de arrastre. Como se sabe, esta práctica fue prohibida por ley desde marzo de 2009, una decisión sustentada en razones de protección ambiental. Pero eso, que también parecía positivo, no lo es del todo.

Un trabajo coordinado por el profesor del departamento de Biología de Organismos de la USB, Juan Posada, realizado por la estudiante Andrea D’ Amico evidenció consecuencias inmediatas. Visitas y encuestas realizadas en 30 pescaderías caraqueñas, antes y después de la prohibición (en 2009), revelaron la existencia de problemas de suministro de variedad de productos pesqueros, menor surtido y aumento de precios de hasta 38,9%.

"De momento, el sector más impactado ha sido aquel que atiende al consumidor de menor poder adquisitivo", explica Posada una de las conclusiones a partir del hecho de que especies "económicas" más asociadas a la pesca industrial se esfumaron de los congeladores.

"La oferta de productos se ha visto afectada por la prohibición de la pesca de arrastre industrial", advierte Ricardo Molinet: "Especialmente la del camarón y la de peces de bajo precio que iban antes al consumo popular".

"Si se trata de proteger zonas sensibles, la medida se apoya", matiza Cárdenas: "Pero tal como se hizo, terminas por retirar una parte de la oferta de productos cuando la demanda se mantiene. ¿Cómo recompensas esa falta? Incrementando la presión de pesca con la flota autorizada". El problema, explica, es que la llamada actividad artesanal también realiza pesca de arrastre. Y lo hace dentro de su radio de acción: en la sensible zona costera.

"Esas embarcaciones pequeñas sólo pueden operar cerca de la costa", ilustra Molinet: "y esas son las áreas de reproducción de muchas especies. La prohibición generó nuevas complicaciones, en términos de desempleo, de desabastecimiento y por el incremento del uso de sistemas que son tan o más destructivos que la pesca industrial. La pesca de arrastre artesanal genera impacto y nadie está controlando eso, esas embarcaciones no pasan por controles previos, nadie sabe lo que pescan ni cómo. Y es una flota que ya está sobredimensionada".

Jeremy Mendoza señala que, además, no se ha cumplido con la propuesta de desincorporar algunas de las artes de pesca de arrastre artesanal que tienen mayor impacto sobre los fondos marinos, como las utilizadas para captura de pepitonas, ostras y camarones. ¿Está todo perdido a estas alturas? No necesariamente. Cárdenas señala dos vías para comenzar: permitir la pesca industrial en zonas menos sensibles, como la plataforma deltana; y reconvertir y modernizar la flota artesanal. Y eso requiere de mucha voluntad y menos propaganda.
Por Oscar Medina

05/06/11
EL UNIVERSAL – VENEZUELA

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