Una precariedad que llama la atención (Buenos Aires)

Una precariedad que llama la atención (Buenos Aires)

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Verde que te quiero verde.

(Federico García Lorca)


Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Verde que te quiero verde.

(Federico García Lorca)

Qué lindo sería que así fuera Buenos Aires: verde que te quiero verde.

La situación de los espacios verdes en la ciudad de Buenos Aires es de una precariedad que llama la atención. En contraste con la recomendación de la Organización Mundial de la Salud, de 10 a 15 m2 de espacio verde por habitante, la Capital cuenta con 6,2 m2 por habitante (GBA-2012). Según recomienda este mismo organismo internacional, los espacios verdes deben estar distribuidos equitativamente en relación con la densidad de población.

Siguiendo los datos publicados por el gobierno de la ciudad, podemos hacer el ejercicio de calcular los metros cuadrados de espacios verdes excluyendo la Reserva Ecológica Costanera Sur y las hasta hace poco 193 hectáreas de los jardines ubicados en las márgenes de la General Paz (fueron modificadas por las obras de ensanchamiento de la avenida). El resultado de este ejercicio es alarmante: 3,7 m2 por habitante.

Las áreas verdes en un ambiente urbano tienen importantes y múltiples funciones en lo que hace a la calidad de vida. Permiten la infiltración, disminuyendo el escurrimiento superficial y, por lo tanto, desfavorecen la ocurrencia de inundaciones. Actúan como reguladores de la temperatura, manteniéndola más fresca y húmeda, a la vez que contribuyen al mejoramiento de la calidad del aire por las emisiones gaseosas. Son, también, una barrera sonora y contribuyen a la conservación del ecosistema como hábitat de las especies nativas y exóticas. Finalmente, fomentan el desarrollo de actividades de esparcimiento y educación.

En las últimas décadas, el fuerte y escasamente controlado aumento de la construcción privada de propiedad horizontal llevó a que, de grandes jardines y fondos en las casas particulares, se hicieran pequeñas unidades de propiedad horizontal con mínimos patios embaldosados. Además, los emprendimientos inmobiliarios sobre áreas ribereñas transformaron el ecosistema en edificios enormes que impiden el acceso al río. Y son claros ejemplos de lo que se debe evitar.

Difícil será imaginar en el futuro una ciudad sin el canto de los pájaros o el sonido de las hojas movidas por el viento. Al igual que el avance de la frontera agrícola en las zonas rurales, el avance de las construcciones en la ciudad de Buenos Aires debe tener un límite que no es el factor de ocupación total (FOT) o la rentabilidad del metro cuadrado: debe ser la preservación de la calidad de vida. Ambiente sano y buena calidad de vida son sinónimos. (Por Mariano Jäger, Director de Conservación de la Fundación Vida Silvestre; La Nación).

21/05/14

 

 

 

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