Una familia que hace años eligió vivir a bordo

Jorge Correa, su esposa María del Carmen y la hija del matrimonio, María del Mar, hace años que no saben lo que es vivir en tierra firme. Por elección, desde 2004, la familia vive en un barco.

Jorge Correa, su esposa María del Carmen y la hija del matrimonio, María del Mar, hace años que no saben lo que es vivir en tierra firme. Por elección, desde 2004, la familia vive en un barco.

El Tangaroa III, un Delta de casi 10 metros, es su hogar, amarrado en el Centro de Graduados del Liceo Naval, en Núñez. Con dos camarotes, uno matrimonial y otro para la niña de 7 años, con biblioteca incluida, la familia organiza su vida a bordo. Cocina con horno, ducha y agua caliente son algunos de los elementos de confort de la embarcación, un velero con el que la familia, además, navega.

Correa, de 51 años, es cirujano plástico; su esposa, traductora de inglés y docente, y María del Mar pasó a segundo grado en un colegio bilingüe.

"No nos salimos del sistema. Era importante para nosotros y para nuestra hija hacer esta vida. Cuando decidamos que es más importante el aire acondicionado que el barco, nos mudaremos", explica el médico, que trabaja en su consultorio particular y en una clínica privada. En 2004, decidió con su familia la mudanza desde su departamento en La Paternal.

Un año después, encararon uno de los proyectos del grupo, que incluye las gatas Pipa y Nené: navegar a Río de Janeiro y vivir embarcados. Lo hicieron dos años. En febrero, este marino que cruzó el océano en un barco de seis metros en 1992 regresó y decidió instalarse a bordo. "Mi única hazaña náutica es haber convencido a mi familia para que me acompañara en el viaje y que compartiera esta forma de vida", explica Correa, lejos del modelo del aventurero del mar y más cerca del profesional que busca un mejor estilo de vida. María del Mar sube a bordo con su madre durante la entrevista. Trepa con familiaridad desconocida para quien pisa un barco por primera vez.

-¿Preferís barco o casa para vivir?

-Barco… Estoy acostumbrada. Una casa es demasiado grande; me puedo resbalar en el piso", comenta risueña la niña que vivió más años allí que en un departamento.

"Casi no se acuerda de cómo es vivir en una casa", explica la madre, una entusiasta de 43 años que, sin experiencia náutica, se embarcó en el plan.

Cuando María del Mar entró al colegio, hubo que vencer algunos prejuicios: explicar en qué consistía eso de vivir en un barco. Sus compañeritos de primer grado tardaron en acostumbrarse. Ahora, en verano, una de las salidas favoritas es visitar a María del Mar en su casa. En invierno, algunas madres dudan, por el frío. Pero nada más alejado de eso.

La familia está planificando las vacaciones. En velero, por supuesto. Piensan pasar unos días remontando el río Uruguay. "Es como viajar con la casa puesta y no hay que hacer la valija", explica María.

En la embarcación, con una cabina cerrada, con sillones, instrumental y timón de rueda, un Papá Noel, junto a las fotos de María del Mar, adornan el sitio del capitán y una guirnalda, como la que cualquier persona colocaría en la puerta de su casa, cuelga de la botavara [donde se enganchan las velas], apenas el visitante sube a bordo.

07/01/08
LA NACIÓN

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio