Base Carlini, ANTÁRTIDA.- Las ventanas del Laboratorio Dallmann, donde viven y trabajan científicos argentinos y alemanes de esta base, miran hacia la caleta Potter, un retazo de mar gélido protegido de los vientos.
Base Carlini, ANTÁRTIDA.- Las ventanas del Laboratorio Dallmann, donde viven y trabajan científicos argentinos y alemanes de esta base, miran hacia la caleta Potter, un retazo de mar gélido protegido de los vientos.
En los días claros, cuando no hay tormenta de nieve, en la margen opuesta se ve la majestuosa pared del glaciar Fourcade, una masa de hielo blanquiceleste de decenas de metros de alto que desciende sobre la costa y la recorre hasta donde alcanza la vista como una gigantesca escultura de contornos irregulares y tonos inmaculados.
Cada año, cuando llega el verano, y con él la actividad científica en la base, los investigadores miran a través de esas ventanas, y la imagen que advierten no los tranquiliza: sobre el borde inferior, en distintos tramos, los hielos dejan al descubierto un abominable manchón de rocas negras, un nunatak. Esas piedras volcánicas que quedan desnudas son una señal de alerta tan significativa que ya las localizaron en sus mapas y les adjudicaron nombres en clave.
“¿Ves aquella que está a la izquierda? -me preguntó Liliana Quartino, jefa científica de la Base Carlini, cuando, hace un par de semanas, viajé con los fotógrafos Fernando Gutiérrez y Emiliano Lasalvia para documentar la investigación argentina en la Antártida-. Ésa hace un par de años no estaba.”
Los signos de la transformación están a la vista de todos. Los buzos del ejército, que se zambullen en las aguas de la caleta en busca de muestras de algas y microorganismos submarinos como parte de las tareas de apoyo a los equipos científicos, están atentos a los desprendimientos del glaciar. No es raro que cuando se acercan en los botes de goma a las paredes más agrietadas escuchen sonidos graves que anuncian un posible derrumbe. El impacto de uno de esos inmensos bloques de hielo es una amenaza nada desdeñable y la ola que producen puede dar vuelta los botes.
Hernán Sala, glaciólogo del Instituto Antártico Argentino, hace años que le toma el pulso al glaciar Fourcade. Según sus mediciones y las de sus colegas, en un intervalo de aproximadamente 50 años el borde retrocedió más de dos kilómetros. Hay más grietas, más afloramientos y chorrillos (finos cursos de agua fluida) con más caudal.
Pero las diferencias no sólo se manifiestan en extensión, sino también en altura. De regreso de la última campaña de verano, está analizando datos de GPS tomados a lo largo de los últimos cinco años para documentar el descenso de la superficie. Si bien todavía no son concluyentes, está encontrando diferencias de entre dos y cuatro metros, dependiendo del lugar.
El glaciar Fourcade no forma parte del manto de hielo porque está en las islas, pero sus transformaciones sugieren la posibilidad de que se presenten escenarios complejos. Según explica Sala, hay varias diferencias entre el manto de hielo antártico oriental y el occidental.
“El primero tiene un espesor de alrededor de 1000 metros mayor, de entre 3500 y 4000 metros, y se apoya sobre rocas que emergen por sobre el nivel del mar -destaca-. En cambio, el occidental es más delgado y, por lo tanto, menos frío (-50°C vs. -35°C), y tiene una parte sustancial apoyada sobre rocas que están por debajo del nivel del mar. Supongamos que el hielo sigue adelgazándose. En el sector oriental, seguiría apoyándose sobre la roca y no tendría efecto dinámico. En cambio, en la parte occidental llegará un momento en el que el empuje del agua haría que se despegara del fondo y aceleraría su fusión. Es por eso que el manto occidental es un punto tan importante en la criósfera. Si todo el hielo de la Antártida se adelgazara, el manto oriental permanecería, pero el occidental no sobreviviría.”
De acuerdo con Sala, una parte muy importante del manto de hielo occidental drena por el glaciar Pine Island, y ese proceso se aceleró mucho en los últimos 20 años. Uno se pregunta si acabamos de visitar un mundo en vías de desaparición. (Por Nora Bär; La Nación)
14/04/16


