Hace siglos, la sopa de aleta de tiburón estaba reservada exclusivamente al emperador de China. Hoy, muchos restaurantes la ofrecen por todo el país. Dicen que previene enfermedades y que es de ayuda para superar males comunes como el de la gripe. Su precio siempre es elevado, aunque las autoridades chinas aseguran que la mayoría no está elaborada con verdadera carne de tiburón sino con sucedáneos de pescado.
Hace siglos, la sopa de aleta de tiburón estaba reservada exclusivamente al emperador de China. Hoy, muchos restaurantes la ofrecen por todo el país. Dicen que previene enfermedades y que es de ayuda para superar males comunes como el de la gripe. Su precio siempre es elevado, aunque las autoridades chinas aseguran que la mayoría no está elaborada con verdadera carne de tiburón sino con sucedáneos de pescado.
Pero en un país de 1.400 millones de habitantes en el que la clase más adinerada -y supersticiosa- crece sin parar, basta con que solo un pequeño porcentaje sea real para que el daño resulte irreversible. No en vano, según la ONG Wild Aid, 73 millones de tiburones mueren cada año para satisfacer la voracidad de la población china. Y eso que los científicos advierten del alto contenido en mercurio de su carne. El 99% muere lentamente en el mar después de que se le haya cortado la aleta y haya sido devuelto al agua.
Así, 50 de las 307 especies reconocidas de este escualo están en peligro de extinción. Y no son las únicas. La medicina tradicional china utiliza ingredientes de otros animales exóticos, como el hueso de tigre o el cuerno de rinoceronte, en sus pócimas. No obstante, la presión del Gobierno ha llevado a la modificación del vademécum para que se retiren, y diferentes organizaciones ven pasos positivos. El último, apuntan, ha sido la destrucción de seis toneladas de marfil en la ciudad de Dongguan. No obstante, la demanda todavía supera la oferta. “Si queremos salvar a especies como el tiburón ballena de la extinción, tenemos que castigar a los individuos que se saltan la legalidad internacional y exigir transparencia para que los consumidores puedan elegir los productos sabiendo qué compran”, sentencia Paul Hilton, de WildLifeRisk.
Por Zigor Aldama
30/01/14
EL PAÍS (España)
