Es turco y tiene más de 250 lesionados a bordo. Son todos hombres, que serán llevados a Turquía.
Es turco y tiene más de 250 lesionados a bordo. Son todos hombres, que serán llevados a Turquía.
El puerto de Bengazi es un loquero. Un enorme ferry acaba de llegar, después de un día de viaje, desde la martirizada ciudad de Misarata, el frente de guerra más extenso y cruel que muestra la guerra de Libia. El barco de bandera turca lleva 250 heridos de bala o por fragmentos de bombas y evacuará otros cien de los hospitales de Bengazi. El destino final es Esmirna, Turquía.
En el muelle los buques petroleros y cargueros suenan a todo volumen las sirenas dando la bienvenida al barco, que al rato, estará adornado por una inmensa bandera turca. Y han llegado camionetas de la Media Luna Turca, y de la televisión de ese país. Parece todo un esfuerzo para que el régimen de Ankara, muy criticado aquí porque se opuso a los bombardeos de la OTAN, pueda reivindicarse con este gesto.
Afuera la gente canta consignas que alaban a Ala y a los “mártires” de la batalla interminable en esa ciudad. En los balcones de las cubiertas superiores del ferry, los heridos muestras sus brazos o piernas vendadas. Todos están felices y parece una fiesta. Pero dentro del barco, las cosas son diferentes.
El ferry que lleva los nombres Denis y Estambul pintados en la proa, tiene toda la bodega que se usa para los autos cubierta con una alfombra de colchones sobre los que yacen decenas de pacientes, tapados sólo con sábanas. La escena impresiona. Son todos hombres y llevan un número en el pecho. Hay algunos a los que se les ven las vendas colocadas hace poco sobre los muñones de los miembros que les faltan.
Otros están de pie, pero caminan con dificultad, o tienen grandes vendajes en los brazos o el pecho. La sobrecarga del barco se advierte en las cubiertas superiores. Todos los camarotes están llenos de heridos, pero no se sabe bien porque a unos les tocó ahí, donde hay cuchetas, y a otros el piso de hierro del depósito. A la vuelta de las grandes escaleras, en los pasillos, también se amontonan los colchones con heridos.
“En Misarata esperaban un buque hospital, pero este es en verdad como diría, un buque ambulancia, vamos por ellos y los llevamos al hospital”, me dice el médico Selman Karadai.
“No tenemos suficiente personal, ni suficiente equipamiento, hay dos ambulancias en la bodega con equipos terapias intensivas”.
El barco está saturado solo con la gente que sacaron de Misarata.
El nuevo centenar de personas heridas que llevaran de Bengazi es un problema.
Karadai dice que la mayoría de los pacientes son de gravedad intermedia, “recibieron disparos en las piernas, los brazos y fragmentos de bombas en el pecho”.
El médico no tiene una respuesta sobre por qué no hay mujeres o niños. Dice que todos llegaron en ambulancias “y no le preguntamos si son anti o pro Kadafi, si son o no civiles, son pacientes y los atendemos”.
Uno de ellos lleva un número 130 en el pecho y dice llamarse Mustafá Sulaiman, un ingeniero en computación de 30 años. Camina por el depósito de autos, donde a él le ha tocado, con muletas y la pierna derecha alzada, porque le han dado ahí un balazo. “Yo iba por la calle y me tiraron desde una terraza. Lo peor de Misarata son los francotiradores, están apostados en todos los edificios altos y le tiran a todo el mundo”, relata.
Dice que la gente no puede ir por las calles del centro, que se pone menos peligroso en los barrios, donde consiguen la comida “Pero el lugar es un desastre, no hay agua, no hay luz, no hay comunicaciones de ningún tipo”.
Cerca de él hay un hombre que tiene anotado el número 328. Es sesentón, está escuchando la conversación y hace algún comentario en buen inglés, agregando sobre lo que dice Sulaiman. Cuando le hago una pregunta, elude relatar lo que vio, qué le sucedió o quién es. “Está toda mi familia allá, mi mujer y mis hijos”, se excusa sin aclarar cómo es posible que nadie de los suyos haya venido con él.
Después, uno de los médicos en el barco aclara mejor el punto.
Se decidió traer a los pacientes varones con heridas. Y después ampliar la ayuda al resto de los civiles. La explicación seguía siendo magra.
En la segunda cubierta, en uno de los camarotes, hay un hombre joven, con mucho cabello. Tiene una remera con tres dibujos del rostro del Che Guevara, la primera vez que este enviado ve algo así en Libia. Tiene también un balazo en la pierna.
“Francotiradores”, dice. Le comento que las heridas son muy parecidas en todos, piernas o brazos. “No, no, -afirma- te tiran en la cabeza también. Yo he visto gente ametrallada con armas pesadas”.
El hombre tiene un nombre difícil de pronunciar, se lo leo en el pasaporte que me presta, Almona Ahezzan. Dice que es trabajador metalúrgico y que “es comunista como el Che”, también un comentario original por estos lados. Le dispararon cuando marchaba en favor de la revolución.
Almona dice que es muy cruel lo que se vive en Misarata. “Disparan a gente buena, que yo conozco, a nuestras familias a trabajadores, a todo lo que queremos. Tratan de matar a nuestra alma”.
Por Marcelo Cantelmi
03/04/11
CLARIN

