Un buque salpicado por la guerra y las hazañas en los hielos

El rompehielos Almirante Irízar y la Fragata Libertad son dos símbolos indiscutibles de la Argentina en el mundo, tanto por sus hazañas náuticas como por sus audaces acciones de rescate, respectivamente.

El rompehielos Almirante Irízar y la Fragata Libertad son dos símbolos indiscutibles de la Argentina en el mundo, tanto por sus hazañas náuticas como por sus audaces acciones de rescate, respectivamente.

La historia del buque argentino comenzó en los famosos astilleros finlandeses Wartsila, donde se fabricaba el 80 por ciento de los rompehielos del mundo. Se pagaron por él alrededor de 61 millones de dólares: 40 por ciento al contado y el resto financiado a siete años.

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El 15 de diciembre de 1978 zarpó del puerto de Helsinki el flamante rompehielos, de 15.000 toneladas de desplazamiento. Fue bautizado con el nombre de Almirante Irízar en homenaje a quien comandó, con el grado de teniente de navío, la corbeta Uruguay en su memorable expedición de rescate de una misión sueca que había quedado varada en los hielos antárticos en 1903.

El Irízar reemplazó al infatigable rompehielos General San Martín, que, con menos tecnología y recursos, desde 1954 realizaba largas campañas antárticas.

A partir de ese momento, se convirtió en único buque en su tipo en América del Sur, que, como los más modernos rompehielos del planeta, provoca la rotura del campo de hielo presionándolo hacia abajo y fracturándolo, al aplicar su gran potencia y capacidad de desplazamiento. Alcanza una velocidad máxima de 17 nudos (unos 30 km/h).

En sus 121 metros de eslora, el Almirante Irízar posee un doble casco reforzado de acero inoxidable. Tiene un novedoso sistema de aire de baja presión que se insufla al mar a través de orificios del casco, cuyo fin es evitar la adherencia del hielo.

Gran potencia y capacidad

Su gran potencia y su capacidad de reacción le permiten operar en navegación continua en campos de hielo de hasta un metro de espesor y provocar la ruptura por embestida de campos de hielos de 6 metros de profundidad.

El gran buque naranja Q-5, según su nomenclatura naval, cuenta con cuatro motores diesel de generación de energía eléctrica de 660 voltios, que alimentan los dos motores eléctricos que mueven las hélices de propulsión. El uso de motores a energía eléctrica se debe a la necesidad de reacción para actuar en reversa que deben tener las hélices en caso de que el rompehielos se enfrente a una capa de hielo de gran espesor.

Justamente, el incendio de ayer en alta mar se originó en la zona de los generadores de electricidad, que, junto a los motores de propulsión, son el corazón del buque.

La misión que cumple este barco, considerado inigualable en su tipo por los especialistas, es desarrollar tareas operativas de reaprovisionamiento y relevo de dotaciones de las 13 bases antárticas argentinas, además de brindar apoyo a las investigaciones científicas en el continente blanco. De esta forma, se ha convertido casi en las últimas cuatro décadas en un protagonista trascendente de la presencia de nuestro país en la Antártida.

En la Guerra de Malvinas

A pocos años de su llegada al país, el Almirante Irízar tuvo un papel protagónico en la Guerra de Malvinas. En la bautizada Operación Rosario, que constituyó el desembarco del 2 de abril de 1982 en las islas Malvinas, el rompehielos sirvió de transporte de varios buzos de la Armada que, junto con sus equipos, realizaron tareas tácticas en la ocupación argentina.

Luego, durante la contienda bélica, el Almirante Irízar dejó de lado su clásico color naranja para ser pintado de blanco con una gran cruz roja y convertirlo así en buque hospital.

El 17 de junio de 1982, tras la capitulación argentina, y rumbo al continente, el rompehielos zarpó por última vez desde Puerto Argentino atestado de conscriptos y militares argentinos heridos y mutilados.

Retornó luego a sus habituales campañas antárticas hasta que, en junio de 2002, su rutina se interrumpió. Mientras se preparaba para su próxima campaña de verano, el gobierno argentino fue requerido por una compañía naviera extranjera para que el rompehielos pudiera rescatar al buque científico alemán Magdalena Oldendorff, que había quedado atrapado en los hielos antárticos.

Ante un Atlántico Sur agitado, vientos huracanados y temperaturas bajo cero, el Almirante Irízar, con 177 tripulantes, puso proa al Polo Sur. Luego de atravesar casi 1000 kilómetros de masas espesas de hielo, llegó hasta el buque en problemas.

Lo reaprovisionó con combustible, medicamentos y alimentos. Luego lo remolcó y sacó de la difícil situación hasta llevarlo a una zona de hielos menos peligrosa. Días después, centenares de familiares, amigos y curiosos se agolparon en Dársena Norte, en el puerto metropolitano, para recibir triunfal al veterano rompehielos.

Un siglo después, se repetía la epopeya de la corbeta Uruguay, que había comandado el propio Irízar. Por Ricardo Larrondo

12/04/07
LA NACION

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