Susto con final feliz en pleno Océano Pacífico

Susto con final feliz en pleno Océano Pacífico

“Tuvimos al Tunante II todas esas horas en la cabeza”, dice Karen Bosch, la regatista argentina de 35 años que el sábado por la noche, en pleno Océano Pacífico, logró poner a salvo a sus ocho tripulantes. Habían partido del puerto ecuatoriano de Salinas rumbo a la Isla de San Cristóbal, en Galápagos, cuando el barco comenzó a hacer agua por el timón y el eje del motor. Lucharon tratando de arrancar el motor para cargar baterías y accionar las bombas de achique pero no pudieron. Cuando el temor a terminar de romper el timón y así generar una vía de agua sin freno fue demasiado, decidieron volver al continente.


“Tuvimos al Tunante II todas esas horas en la cabeza”, dice Karen Bosch, la regatista argentina de 35 años que el sábado por la noche, en pleno Océano Pacífico, logró poner a salvo a sus ocho tripulantes. Habían partido del puerto ecuatoriano de Salinas rumbo a la Isla de San Cristóbal, en Galápagos, cuando el barco comenzó a hacer agua por el timón y el eje del motor. Lucharon tratando de arrancar el motor para cargar baterías y accionar las bombas de achique pero no pudieron. Cuando el temor a terminar de romper el timón y así generar una vía de agua sin freno fue demasiado, decidieron volver al continente.

El sueño de ser la primera tripulación de mujeres latinoamericanas en correr la ya clásica Copa Galápagos se frustró aunque con final feliz, luego de la angustia de horas en un barco inundándose. Karen, otras dos argentinas, dos chilenas y cuatro ecuatorianas, tal como adelantó Clarin.com en exclusiva el sábado pasado, serían la primera tripulación femenina de ese campeonato. Y la regata Ecuador–Galápagos, de más de 520 millas náuticas (unos 960 kilómetros), sería la prueba de fuego.

“Siento una enorme frustración por haber abandonado la regata, pero si no lo hacía por estas horas estarían buscando dos balsas con nueve mujeres a bordo en el medio del Pacifico”, se lamenta Karen. Lo que para cualquier persona es una decisión obvia, para navegantes como ella, que realizó en dobles la travesía Malvinas–Mar del Plata y navegó por el Cabo de Hornos, es eso, una frustración llena de angustia.

Otras dos regatistas argentinas acompañaron a Karen Bosch en la aventura: Gabriela Urristi y Francisca Guerrero de Aduriz. Gabriela tiene 53 años, tres hijos, es piloto de vela, navegante del Yacht Club Argentino y “enamorada del río y el mar”. Para Francisca, de 49 años, con cinco hijos y también patrón de vela, del Náutico San Isidro, la náutica se transformó en pasión apenas nueve años atrás, y aunque ya ha realizado navegadas oceánicas, la Copa Galápagos sería el premio y desafío mayor en el mar.

El velero Garufa de las tripulantes latinoamericanas, un J35 de unos 11 metros construido en Estados Unidos, largó con otros 30 veleros el sábado a las 14 frente al puerto de Salinas, en Ecuador. Navegaron rápido y en rumbo directo hacia San Cristóbal, aprovechando vientos francos que entraban desde el sur. Los rastreadores satelitales mostraron una flota compacta hasta las primeras horas de la noche del sábado, cuando comenzó la odisea de las argentinas, chilenas y ecuatorianas.

“Aprendí a ser mecánico, a purgar un motor … Pero al final no lo logramos. El Tunante II estuvo presente esa noche –relata Karen–. Debí tomar la decisión de abandonar porque no podía garantizar nuestra llegada a las islas Galápagos ”. Cuando las tripulantes del Garufa dijeron basta todavía quedaba el regreso, pero a una distancia mucho más corta que la lejana Isla de San Cristóbal que Charles Darwin pisó en 1835. Habían recorrido los primeros 100 kilómetros y la decisión de mantener rumbo a Galápagos hubiera significado navegar más de 50 horas con un timón debilitado, obligadas a sacar agua a mano, con el temor de una rotura mayor que significaba hundirse. (Por Dario D’Atri; Clarín)

16/10/14

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