Postales de las islas del conflicto. Los explosivos antidesembarco están en Picton y Nueva, rodeadas de paisajes de ensueño.
Postales de las islas del conflicto. Los explosivos antidesembarco están en Picton y Nueva, rodeadas de paisajes de ensueño.
Picton tiene bordes abruptos que moldean siluetas de fantasía: lagartos, cangrejos o serpientes de arena tallada, en medio de aguas profundas, algas y gaviotas. Lennox esconde castores, conejos, visones, y galpones camuflados de verdes oscuros. Nueva está protegida por jorobas montañosas, nevadas en las cumbres, acariciadas por el sol.
Las islas del conflicto entre Argentina y Chile son apenas tres pecas en la inmensidad del mar, pero, juntas, duplican en tamaño a la Ciudad de Buenos Aires. Están debajo de la latitud 55, es decir, donde termina el mundo.
Picton y Nueva suman entre las ambas 2.593 minas activas, en 13 campos sembrados por los militares durante la dictadura de Augusto Pinochet. Lo revela el Informe de Transparencia 2008 de la Comisión Nacional del Desminado Humanitario de Chile.
En Lennox, es posible encontrar refugios de chapa, cápsulas de proyectiles, fardos de alambre antidesembarco y hasta platos agujereados usados por las tropas en 1978, cuando resguardaban el lugar de una posible invasión argentina.
La patrulla chilena que acercó a los enviados de Clarín a la zona, aún muestra carteles escritos en el idioma de la desconfianza. Uno es de la Dirección de Inteligencia de la Armada y recomienda extremo celo en el cuidado de la documentación: "Dejó de ser útil para nosotros… pero es muy valioso para el enemigo ¡Que nada quede! Sé riguroso en el procedimiento de destrucción de los documentos".
Otro se refiere a la seguridad informática: "Si trabajas en red, asegura la documentación clasificada. Basta un clic para poner en riesgo a tu institución. Prevenir antes que lamentar. Que tu ingenuidad no te traicione. Informate y cumple con las normas de seguridad".
El rosado de las nubes anuncia que, en Picton, está por amanecer. Se ven pilotes de un muelle de madera destruido, instalaciones de vigilancia y una muchedumbre de canelos, árboles de la costa que se aferran a la turba para no ser volteados por el viento.
La zona es un sueño para los navegantes a vela, que vienen de todo el mundo en busca del Cabo de Hornos, allí donde los océanos se dan la mano. La unión del Atlántico y Pacífico, un punto estratégico para la geopolítica de la región, hoy está llena de trampas para centollas, el manjar que se salvó de la guerra. Hasta allí llegarán expertos en desminado, el mes que viene, para comenzar a limpiar la zona, inaccesible durante los inviernos. Por las aguas del Beagle ya viajan los módulos que servirán para armar el campamento de los ingenieros que harán el trabajo.
Por Lennox soplan vientos de hasta 90 nudos, que hacen crujir la casa de madera que alberga a la familia del alcalde de mar. Tres árboles plantados este año en el frente intentan atajar el vendaval. Por la misma razón, hay dos hamacas que nunca descansan, ni necesitan de fantasmas para provocar el bamboleo.
La electricidad de las islas se obtiene por generadores y funciona la televisión satelital. Las islas están habitadas por un alcalde y su familia. Es un destino anual, ocupado por matrimonios jóvenes con chicos que están en el jardín.
El gomón está a punto de tocar la isla Nueva. Espera un marino y su perro. Los dos saludan, cada uno a su modo. El fotógrafo alcanza a retratarlos, pero una ola de dos metros frena el desembarco. La bienvenida queda para otra ocasión. Quizás para entonces ya no exista el campo minado que se ve a un costado.
Por: Pablo Calvo
06/12/08
CLARIN

