Como aparente mar en calma, ningún barco pirata se observa en el horizonte. Los radares no detectan nada anormal y solo naves pacíficas aparecen, como en lontananza, pero algunos se preguntan si será verdad y, de serlo, hasta cuándo.
Como aparente mar en calma, ningún barco pirata se observa en el horizonte. Los radares no detectan nada anormal y solo naves pacíficas aparecen, como en lontananza, pero algunos se preguntan si será verdad y, de serlo, hasta cuándo.
Fueron tantos y durante tantos años los ladrones marítimos que, pese a su ausencia visual en los más de tres mil kilómetros de costas desde el mar Rojo y el golfo de Adén, en el norte, hasta las fronteras marítimas con Kenya, en el sur, que casi nadie se cree aún seguro.
Quedan, en efecto, muchas dudas sobre las huellas de ese flagelo en estos mares del océano Índico, que, junto al occidental Golfo de Guinea, es uno de los dos parajes africanos infectados por la piratería moderna desde fines del siglo XX.
De esas dos regiones es esta del Cuerno de África la única sobre la que especialistas y organismos internacionales confirman la virtual desaparición de ese crimen ancestral a causa de intensas campañas militares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea con apoyo de la Unión Africana y el tímido concurso de Somalia, país que algunos consideran “paradigma mundial de Estado fallido”.
Fuentes como la estadounidense Oceans Beyond Piracy (OBP), confirman la inexistencia hace dos años de ataques piratas contra barcos mercantes, pesqueros y cruceros de cualquier nacionalidad. Literal y figuradamente los piratas no tienen bandera.
Sobre el acoso contra esos rateros del océano mucho contribuyeron fuerzas multinacionales como la europea Operación Atalanta y la denominada Task Force 150, coalición naval que opera en los golfos de Adén y de Omán, el mar Arábigo, el mar Rojo y el océano Índico.
A la reducción de la nómina-pirata contribuyeron además las detenciones de muchos cacos por autoridades somalíes y extranjeras.
Incluso, algunos gobiernos de Estados afectados, como España, Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Kenya juzgaron y encarcelaron mediante tribunales a decenas de ellos capturados por sus naves.
Pescadores-piratas-pescadores
Cierto que cientos de piratas fueron detenidos hasta ahora y otros abandonaron la región o desistieron de continuar sus asedios a las embarcaciones, aunque en algún paradisíaco o infernal sitio de estos mares deben tener paradero decenas de rehenes secuestrados en esos asaltos y sobre quienes no se sabe nada.
“Pero eso no significa que todos los piratas se fueran de aquí o que nada cambiara en el terreno. Lo que sí quiere decir esto es que las medidas de lucha contra la piratería dieron resultado”, advierte, no obstante, el representante de OBP para África, John Steed.
Medios de prensa somalíes aseguran que las últimas acciones delictivas de ese tipo datan de marzo de 2015, cuando un grupo de esos asaltantes tomó un pesquero iraní al que acusaban de pesca ilegal y los 15 miembros de su tripulación siguen retenidos.
Según fuentes somalíes, ya desde el anterior 2014 los ataques llegaron a cero, por lo que un oficial de la Armada declaró bajo anonimato que “los piratas están dejando el negocio”.
La explicación más común entre los lugareños sobre la presunta desaparición de los piratas es que estos abandonaron sus hábitos depredadores y se pasaron con sus barcos a las filas de los pescadores para librarse de la fuerte presión militar de la comunidad internacional, cuyas naves artilladas y tropas entrenadas no les concedieron tregua.
Si esos buques de guerra cesan sus acciones y suprimen a los guardias armados todo comenzará de nuevo, comentan algunos experimentados vecinos.
Pero ellos mismos recuerdan que ese tipo de ladrones fueron antes pescadores obligados a cambiar de oficio al ser desplazados por la pobreza y la competencia de embarcaciones de mayor cabotaje procedentes de diversos países.
Así es que se trata de pescadores devenidos piratas… y viceversa. Pero lo cierto es que los autores de tanto terror marítimo causante también de muchos muertos y heridos realmente no desaparecieron, físicamente hablando, y pueden regresar en cualquier momento a su viejo oficio.
Y ahí aparece la otra cara de la moneda: la invisibilidad actual de los cacos marítimos coincide con un ostensible incremento de la pesca ilegal en aguas territoriales somalíes: “Como los piratas desaparecieron, ya no hay riesgos para los barcos ilegales que pueden pescar a voluntad”, opina Steed.
Y, junto a ello, otros “daños colaterales” para los que cambian de puesto de trabajo: “Ahora somos pescadores pero ¿dónde están los peces? Los barcos extranjeros se lo llevan todo. Me hice pirata por la pesca ilegal y ahora que no lo soy ni siquiera puedo pescar en nuestras aguas”, asegura Abdulahi Abas.
Sin embargo, prevalece el sentido común entre ciertos expiratas-pescadores, pues hace poco un numeroso grupo de ellos inauguró una organización autodenominada Guardia Costera Voluntaria de Somalia, y denunció que “los verdaderos bandidos del mar son los pescadores clandestinos que saquean nuestra fauna marítima”.
Un cuarto de siglo de piratería
La piratería somalí, que más que costera es de mar abierto pues se trata de asaltos armados contra embarcaciones de diversas dimensiones y calado, junto a los consiguientes robos y/o exigencias de rescate, cumplió 25 años en abril pasado.
Estudiosos del asunto ubican en un período posterior a 1991 el origen de esas acciones delictivas en esta parte del Índico, atribuidas a la precaria situación económica, política y social que dejó el derrocamiento ese año del presidente Mohamed Siad Barre.
También contribuyeron a ello como propicio caldo de cultivo el caos, la anarquía generados tras la expulsión del mandatario, sumados a la ausencia de un poder central a causa de la división y rivalidad de los grupos guerrilleros y políticos, que exacerbaron las ya históricas divisiones entre clanes, etnias y familias.
Desde entonces hasta ahora, mucho aportaron al desarrollo y evolución de ese mal el incremento en el litoral somalí de las operaciones insurgentes del grupo islamista Al Shabab, que se extendieron hacia los mares después de su aparición en 2006.
La actividad militar de esa organización sirvió tanto para mantener en guardia al gobierno, apoyado por la Misión de la Unión Africana en este país del Cuerno de África, como para abastecer sus propias necesidades logísticas.
Desde aquella década de 1990, instituciones como la Organización Marítima Internacional y el Programa Mundial de Alimentos expresan preocupaciones por el aumento de la piratería en las costas de Somalia, según ellas “una seria amenaza para el transporte marítimo internacional”.
Por otro lado, inmediatamente después de la caída de Siad Barre, flotas extranjeras comenzaron a practicar la pesca ilegal en aguas somalíes y a contaminarlas con vertidos tóxicos y nucleares.
El momento de mayor auge de la piratería local fue el año 2011, cuando ocurrieron 237 asaltos, con 11 barcos capturados y 216 marinos secuestrados, cuyos pagos de rescate eran a un promedio de dos millones de dólares por navío, según la Organización Marítima Internacional (OMI).
Conforme con la OBP, ese año los costos por la actividad pirata ascendieron a unos seis mil millones de euros por los movimientos de buques de guerra, seguros de armadores, pagos de guardias y de rescates y gasto de combustible por barcos obligados a aumentar la velocidad y prolongar travesías para evitar el abordaje.
Entre los armamentos capturados por las autoridades de las naves de guerra figuran fusiles AK-47, ametralladoras PKM y lanzacohetes RPG-7, y, como recursos técnicos adicionales, teléfonos satelitales y GPS.
De acuerdo con esos oficiales, los asaltos a las embarcaciones escogidas como víctimas se realizan mediante ganchos atados a cuerdas que lanzan como un proyectil para después trepar por ellas y abordarlas, actos muchas veces precedidos por un ataque previo a manera de disuasión. (Por Antonio Paneque Brizuela; Prensa Latina – Cuba)
10/05/16

