La diminuta criatura humana no respeta ni a la ballena azul, el más voluminoso de los cetáceos gigantes. Ni por antigüedad o tamaño, ni por ser el mayor animal fósil viviente.
La diminuta criatura humana no respeta ni a la ballena azul, el más voluminoso de los cetáceos gigantes. Ni por antigüedad o tamaño, ni por ser el mayor animal fósil viviente.
Sin la ballena y sin el resto de exigua fauna, la Antártida quedaría enseguida sin su flora. Y se transformaría en un enorme e insoportable cadáver gélido que arrastraría tras sí otras muchas muertes.
Ni por el hecho de que escogió hogar en la inmensidad de los océanos, en las aguas más remotas, sobre todo en aquellas al sur donde el frío polar y los hielos deberían ser suficiente resguardo.
Tampoco porque estudios especializados convierten a la especie en un célebre y distinguido tenor del reino animal, comparable quizás a Plácido Domingo o a Pavarotti.
No la respeta siquiera porque a la ballena se le reconoce ahora un nivel de inteligencia superior, incluso al que ostenta el delfín, del cual a su vez se sabe que posee un cerebro mayor y de más circunvoluciones que el humano.
Y ni aún por otro hecho también sorpresivo. Y desalentador. De una población calculada en 1930 en unas 200 mil, ahora navegan por los mares solo 600 a mil ballenas azules.
Entre los cetáceos se distinguen dos grupos. Uno incluye las ballenas mayores, entre ellas la azul, el mayor animal de todos los tiempos, incluyendo a los dinosaurios. Los misticetos, que así se denominan, tienen barbas en lugar de dientes, que utilizan para atrapar pequeños peces, así como invertebrados que abundan en el plancton.
El segundo grupo congrega a marsopas, delfines y cachalotes, que utilizan hasta 260 dientes mientras se procuran los peces y moluscos que les sirven de alimento. Estos cetáceos dentados, generalmente alcanzan tallas entre 1,2 y 13 metros, aunque el cachalote llega hasta casi 20 metros de largo.
Para entender la tozudez de hombres y países que no acatan las razones de alarma, debemos traducir el acendrado "espíritu de pesca" alegado a las cifras siguientes: de la ballena azul se extraen hasta 120 barriles de aceite si es capturada en aguas del polo, o 30 si cede al arpón en mares del trópico.
Un litro de aceite, en Japón, vale 30 dólares y un kilogramo de carne de la cola se cotiza por encima de los 400. ¿He ahí la principal razón del irrespeto?
Se intuye cuánto vale kilo a kilo la extinción de una especie. Ignoramos, sin embargo, en valores de conciencia el costo de supervivencia de una criatura tan notable, qué pudiera incluso estar evolucionando hacia metas superiores de organización social o inteligencia.
¿Sobrepasarían las ballenas, algún día, miles o millones de años por medio, los méritos humanos en ciencia o arte? La interrogante resulta menos descabellada o de ciencia ficción, por supuesto, que la sangrienta y lujuriosa caza a que son sometidos esos colosos, con episodios muy sangrientos y miserables, guiados solo por móviles cuantificables en papel moneda.
Los pronósticos del Instituto de Investigaciones Pesqueras de España se reiteran: las ballenas harán mutis en el siglo XXI, de forma similar a los dinosaurios hace 65 millones de años. A la caza indiscriminada se agregan más factores: falta de adaptación a los cambios antrópicos (humanos) que se operan en el planeta. Los "suicidios" masivos y anuales de ballenas pudieran ser un índice de tal incapacidad.
Se suman otros también que no podrían faltar en este medio ni en ninguno, dada la extrema situación mundial: uno es la destrucción de los hábitats y otro, la contaminación de las aguas. Los ecosistemas marinos de la Tierra se llenan cada vez más de petróleos, plásticos, insecticidas, metales y desechos tóxicos de cualquier procedencia o categoría, incluyendo nucleares.
La esperanza de salvación provendría de la ciencia. Pero ocurre a la inversa: utilizando los avances tecnológicos y científicos, algunos hombres por todos los medios apuran un fatal destino.
Por otra parte, la Antártida, el gran hogar común de las ballenas, dice la propia ciencia, es un casi inexplorado continente de 13 millones de kilómetros cuadrados y territorio frágil por sus ecosistemas, con vegetación escasa, suelo simple, poquísimos lagos no helados, predominio del hielo, baja recuperación al impacto humano.
La sobreexplotación de sus recursos animales, peces, pingüinos, focas y sobre todo ballenas, la aboca a graves desastres. Tales cambios afectarán además la climatología de la Tierra.
Sin la ballena y sin el resto de exigua fauna, la Antártida quedaría enseguida sin su flora. Y se transformaría en un enorme e insoportable cadáver gélido que arrastraría tras sí otras muchas muertes.
POR GABRIELA GUERRA y FÉLIX GUERRA
01/07/07
CUBA AHORA

