Conocedor de los motivos que se esconden detrás de cada terremoto, tsunami o erupción volcánica, además de la incidencia de las manchas solares sobre la Tierra, el reconocido geofísico de la UNS José Kostadinoff asegura que no hay que preocuparse tanto por el Apocalipsis, como algunos pretenden. El dice que duerme tranquilo.
Conocedor de los motivos que se esconden detrás de cada terremoto, tsunami o erupción volcánica, además de la incidencia de las manchas solares sobre la Tierra, el reconocido geofísico de la UNS José Kostadinoff asegura que no hay que preocuparse tanto por el Apocalipsis, como algunos pretenden. El dice que duerme tranquilo. –Considerando que es una asignatura poco difundida, al menos en el país, ¿podría explicar cuál es el campo de trabajo de la Geofísica?
–Tiene tres amplios caminos de abordaje. Una parte teórica, donde se analiza la interacción del hombre con el mundo exterior: las mareas, los terremotos o los campos magnéticos, entre otros fenómenos. Después está la aplicación que el hombre puede hacer con ese conocimiento para utilizarlo en su beneficio, como explorar en busca de petróleo, gas o nuevas fuentes de minerales. Y, por último, la Geofísica también funciona para hacer una prevención de las grandes catástrofes que, cada tanto, impactan a la sociedad mundial.
–Si bien la exploración en busca de recursos ocupa un rol clave en su profesión, imagino que cada vez lo consultan con mayor frecuencia por las catástrofes naturales.
–(Sonríe) Es así, sobre todo en los últimos años, como cuando pasaron los terremotos de Indonesia, Chile y Japón, que enseguida me llamaron. Lo primero que debe tenerse en cuenta, al momento de hablar de ese tipo de catástrofes, es que algunos de los fenómenos que ocurren pueden aumentar su magnitud mientras que otros disminuyen, y que todo esto forma parte de los procesos naturales del planeta. Por ejemplo, se habla mucho de que subirá el nivel medio del mar por el calentamiento global. Y no es para tanto. Para darle una idea, hubo momentos en los que el mar llegó a subir hasta 70 metros, más o menos hasta donde hoy se encuentra el barrio Patagonia. Pero un proceso así lleva milenios, no es una cosa de la noche a la mañana. O sea que hay datos científicos concretos que descalifican la parte de tragedia que se le quiere dar al tema del calentamiento.
–¿Piensa, entonces, que hay sectores interesados en instalar un discurso apocalíptico?
–Creo que hay dos razones. Por un lado está el desconocimiento, y por otro, sí, podría haber una intencionalidad. Hay cuestiones ambientales que pueden ser usadas, por ejemplo, para contener el crecimiento de los países. “No consuma combustible por el calentamiento global”, se dice, porque el contenido de la atmósfera es de 300 partes por millón de anhrídrido carbónico (CO2). Pero hace 400 millones de años no estaba el hombre y el contenido era de 7.000 partes por millón, y fue justamente en esa época cuando se dio el desarrollo más grande de vegetación y seres vivos. O sea que, si la vida pudo crecer y los dinosaurios soportaron perfectamente esa cantidad de CO2, nosotros, que somos mucho más chicos, tendríamos incluso menos problemas. Le digo más: en un aula cerrada, con 40 o 50 alumnos, después de una hora de trabajo hay 2.000 partes por millón, casi ocho veces más que lo que hay en la atmósfera afuera, y es absolutamente tolerable.
–¿Por qué no suelen difundirse estos datos como una forma de apaciguar las preocupaciones?
–Muchas veces, los países que más consumen materias primas y combustibles tienen interés en que aquellos otros países que no estamos en sus mismas condiciones no aprovechemos su misma cantidad de recursos. ¿Qué significa esto? Que, por ejemplo, ahora vamos a consumir medio millón de toneladas de carbón por año, una cifra que no es nada frente a las 10 millones de toneladas diarias que consumen los países que están desarrollados. Sin embargo nos hacen creer que estamos contaminando. La comparación está indicando que hay algo que no funciona bien. Que nos están asustando por algo. Cuando veo en una propaganda que consumiendo el carbón de Río Turbio se van a derretir los glaciares, me doy cuenta de que ese mensaje no es cierto. Se están derritiendo, sí, pero por un calentamiento global que no está relacionado al CO2 que produce el hombre. Es un fenómeno exógeno.
–Parece una declaración políticamente incorrecta.
–Es muy simple: la Argentina es el octavo país del mundo en superficie y apenas produce el 0,25% del total de carbón. ¿Qué podemos aportar en contaminación? Ahí está todo dicho.
–¿Los temores están acentuados por la sensación de que cada vez hay más desastres naturales?
–Es posible, pero tiene que ver con una sensación, porque siempre se han producido fenómenos naturales de intensidad. Por caso, podría recordar la erupción del volcán de Krakatoa (Sumatra) en 1883, que generó 30 mil víctimas. ¿De cuánto era la población mundial en ese momento? 2 mil millones como máximo. Ahora somos 7 mil millones. Entonces es lógico que un terremoto o un tsunami afecte a mucha más gente, como el de Indonesia en 2004, que mató a 250 mil personas, siendo mucho menor en intensidad que el de Krakatoa.
–Acceder a la información de cualquier parte del mundo en tiempo real, ¿es un factor que influye negativamente?
–Acentúa la sensación de inseguridad, claro. Siempre hubo catástrofes naturales, lo que pasa es que ahora la sociedad es más sensible. En buena parte, por todo el tema de las comunicaciones. Y ése es otro tema para tener en cuenta: qué pasaría si se cortaran.
–¿Por qué motivo?
–Podría suceder por una llamarada solar, como ya pasó en 1850, cuando quemó todo el sistema de telégrafos, que era lo máximo en la tecnología de entonces. Imagínese ahora que una llamarada inutilice todos los satélites, las líneas eléctricas de alta tensión, la telefonía celular, las computadoras y la aviación moderna. ¿Qué ocurriría? Colapsaría la civilización tal como la conocemos. No moriríamos todos ni mucho menos, pero quedaría muy afectada la eficiencia. Volveríamos a valores muy bajos, casi al siglo XIX. Por suerte, creo que el hombre siempre encontrará formas para salir de un drama semejante. Pero la civilización tardaría al menos dos o tres años para recomponerse.
–¿Es una situación contemplada desde la Geofísica?
–Sí, pero ahora estamos en una situación casi de quietud solar. Es muy importante para nosotros, como especie, saber qué pasa con el sol, porque es nuestra madre, y si falla, fallamos todos. De hecho, si lanza una llamarada como la de 1850, tendremos apenas ocho minutos y medio para encontrar una solución antes de que perturbe todas las comunicaciones.
–Escuchando sus respuestas, es inevitable preguntarle su opinión sobre el supuesto fin del mundo anunciado para este año.
–Mire, creo que la especie humana es la de mayor adaptación que ha conocido este planeta en toda la historia. Estamos desde los desiertos hasta los polos, con un grado de evolución notable. Eso nos da la posibilidad de estar sumergidos en un mundo de conocimiento, al punto que quienes integramos la parte científica sabemos que, de alguna manera, podremos resolver cualquier problema que vaya surgiendo. Quizá no en forma inmediata, pero lo lograremos. Siempre van a pasar cosas que afecten a la sociedad global, pero no creo que el hombre sienta un impacto tal que lo haga retrodecer drásticamente. A lo sumo podría retroceder un paso, pero seguirá corriendo para adelante.
–¿Qué aportes se puede hacer, en ese sentido, desde la Geofísica?
–Bueno, se puede hacer una transferencia horizontal de información científica, a través de los medios, para sacar los temores de la gente. Eso por un lado. Pero hay otra cosa, más silenciosa, que es la investigación. Cualquier descubrimiento o aporte que se realice, por ejemplo, acá en la UNS, le va a servir de inmediato al resto del mundo.
–Ya que mencionó eso de despejar temores, con la información que maneja en la actualidad, ¿duerme tranquilo todas las noches?
–(Se ríe) Siempre.
–Es bueno saberlo.
–A los científicos, a esta altura, ya no nos puede asustar nada.
“Hay cuestiones ambientales que pueden ser usadas, por ejemplo, para contener el crecimiento de algunos países. `No consuma combustible por el calentamiento global’, nos dicen”.
Biografía
* Hijo de inmigrantes búlgaros que llegaron a Comodoro Rivadavia (Chubut) a fines de la década del ’30, José Kostadinoff tiene 70 años, de los cuales los últimos 34 transcurrieron en Bahía Blanca. (“Vine porque gané un concurso en el Conicet para trabajar en Oceanografía y me encontré con una ciudad tranquila y funcional”, destaca).
* Casado con Carla, con quien vive en el barrio Napostá, es padre de Nidia y Tamara, y abuelo de Vicente, Pilar y Franco. (“Me gusta dedicarme a ellos todo lo que puedo, pero, a esta edad, terminan acostándome muy rápido”, se ríe).
* Doctorado en Geofísica en la Universidad Nacional de La Plata, llegó a ser profesor titular de esa carrera en el departamento de Geología de la UNS. Aunque hoy está jubilado, mantiene un contrato con el departamento de Física. (“Dicto varias materias y trabajo con las tesinas de alumnos. Tenemos varios muy interesantes”, enumera).
* En su tiempo libre, Kostadinoff disfruta de ver documentales y programas de divulgación científica, pero su mayor entusiasmo pasa por los trabajos de jardinería. (“No sólo en mi casa, acá en la universidad también he plantado un montón de árboles: palos borrachos, damascos, laureles. Es algo que me encanta”, reconoce).
Por Mariano Buren
15/01/12
LA NUEVA PROVINCIA

