Rusia y Japón cruzan el Rubicón por las islas Kuriles

Rusia y Japón parecen haber cruzado el Rubicón en unas relaciones que siguen siendo rehenes del dramático desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Rusia y Japón parecen haber cruzado el Rubicón en unas relaciones que siguen siendo rehenes del dramático desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Las islas Kuriles del sur, cuatro pequeños territorios ricos en pesca, hidrocarburos y recursos minerales (oro, plata y titanio) se han convertido durante los últimos 65 años en un obstáculo insuperable para ambos países. Más que un problema de soberanía territorial o hegemonía regional, el contencioso parece más bien una cuestión de orgullo nacional. El creciente ultranacionalismo de ambas sociedades ha sido el principal detonante de la actual tensión bilateral.

Cuando el primer presidente ruso, Borís Yeltsin, firmó en 1993 la Declaración de Tokio que dejaba abierta la posibilidad de negociar la soberanía del archipiélago, todos pensaron que era una cuestión de tiempo que las Kuriles regresaran al redil nipón. Conscientes de ello, miles de habitantes de las islas emigraron al continente. Rusia, un país débil con las arcas vacías, parecía más dispuesto que nunca a desprenderse de parte de su territorio a cambio de ayuda financiera. Los analistas de ambas partes vaticinaron una lluvia de inversiones japonesas en el lejano oriente ruso, medida de confianza de que debía de servir de antesala para la devolución de las islas a Tokio. No obstante, nada más lejos de la realidad. Las posturas oficiales se enquistaron y la falta de avances ha acabado por deteriorar las relaciones.

Las continuas demandas de los dirigentes japoneses a los que se acabó sumando el Parlamento acabaron por agotar la paciencia del Kremlin. El presidente ruso, Dmitri Medvédev, decidió cortar por lo sano y se convirtió en noviembre pasado en el primer gobernante en visitar las Kuriles del sur (Kunashiri, Etorofu, Shikotan y Habomai). No sólo puso sus pies en los conocidos en Japón como Territorios del Norte y continuación natural de la isla de Hokaido, algo que no hicieron ni Stalin ni Putin, sino que prometió que mejoraría sustancialmente las condiciones de vida en la zona. Además, la fecha elegida no fue baladí, ya que la visita tuvo lugar después de la cumbre del G20 en Seúl y la reunión de la APEC en la ciudad japonesa de Yokohama. La reacción de Japón no se hizo esperar. Tokio llamó a consultas a su embajador en Moscú, que se ausentó de su puesto durante una semana, y presentó una protesta formal.

A partir de ahí, la escalada de tensión fue ya imparable. En los últimos meses las Kuriles han sido visitadas por varios altos funcionarios, entre ellos el ministro de Defensa, Anatoli Serdiukov, que realizó una inspección militar a tres de las cuatro islas. El primer ministro japonés, Naoto Kan, criticó con dureza las visitas que calificó de "deplorables" y la Cancillería nipona pidió encarecidamente al Kremlin que consultara con Tokio si el líder ruso decidía visitar de nuevo la zona, a lo que el Kremlin respondió con que Medvédev tiene previsto regresar a las Kuriles en el futuro cercano. Además, Medvédev anunció que Rusia incrementaría su presencia militar en la zona a través del rearme de sus guarniciones y el despliegue en la zona de dos de los cuatro portahelicópteros Mistral que la Armada rusa recibirá en los próximos años en virtud del acuerdo suscrito con Francia. Por si fuera poco, los ultranacionalistas japoneses ultrajaron la bandera tricolor rusa frente a la embajada de ese país en Tokio, mientras Kan participaba ese mismo día en un acto multitudinario en el que demandó a Moscú la devolución de las islas.

En ese contexto, la visita a Moscú del ministro de Exteriores japonés, Seiji Maehara, prevista desde hace meses se convirtió así en un diálogo de sordos. Los analistas instaron a cancelar la visita, pero ambas partes desoyeron los consejos. Maehara repitió este mes en la capital rusa que las Kuriles son "parte ancestral de territorio japonés", que la comunidad internacional respalda mayoritariamente la postura de Tokio y rechazó una por una las propuestas de su colega, Serguéi Lavrov. Sea la creación de una comisión histórica o las inversiones de terceros países en las islas. La arrogancia del jefe de la diplomacia japonesa sentó muy mal en el Kremlin, que en su reunión con Maehara cerró las puertas a cal y canto sobre una posible negociación acerca de la soberanía de las islas. Estados Unidos también decidió respaldar públicamente las pretensiones territoriales de su aliado, lo que no gustó nada a Moscú que decidió convocar al embajador norteamericano en la capital rusa.

Un factor que no se puede ignorar en la actual tensión ruso-japonesa es el electoral. En lo que se refiere a Japón, las altisonantes y recurrentes declaraciones de los diferentes primeros ministros japoneses sobre las Kuriles tienen como objetivo primordial mejorar sus índices de popularidad. Los líderes nipones simplemente se hacen eco del sentir de un país que quiere recuperar su lugar entre las grandes potencias, romper con la herencia de la derrota en la contienda mundial y que está harto del empuje de la vecina China. En cuanto a Rusia, este país celebrará en diciembre elecciones parlamentarias y dentro de un año unos cruciales comicios presidenciales. Medvédev no puede no tener en cuenta esto y no puede permitirse hacer concesiones que pueden ser interpretadas como una muestra de debilidad.

En 1956, la Unión Soviética y Japón firmaron una declaración conjunta cuyo artículo 9 allanaba el camino para la cesión a Tokio de las dos islas más meridionales: Shikotan y Habomai. La actualidad de ese documento fue corroborada por el entonces presidente ruso, Vladímir Putin, y el primer ministro japonés, Yoshiro Mori, en 2001 en la Declaración de Irkutsk. No obstante, la intransigencia japonesa de exigir la devolución inmediata de las cuatro islas ha acabado por enturbiar las relaciones.

A día de hoy, Rusia se mantiene en sus trece de firmar primero el tratado de paz para poner fin formal a la Segunda Guerra Mundial, ya que ambos países aún se encuentran técnicamente en estado de guerra, y sólo después negociar sobre las Kuriles, mientras Japón quiere negociar todo en paquete.

La realidad es que las Kuriles son un territorio inhóspito donde apenas viven 20.000 personas, la mitad que en 1991, y debido a la dureza del clima y al convencimiento de que Moscú se ha olvidado de sus habitantes. En honor a la verdad, es el hecho de que Rusia no ha hecho nada en los últimos veinte años para mejorar la vida de sus habitantes lo que empuja a Tokio a demandar cada vez con mayor insistencia la devolución de las islas. Analistas de ambos países reconocen que si las Kuriles fueran territorio japonés, disfrutarían de similares infraestructuras que el resto del país asiático. Y es que Japón estaría dispuesto a hacer grandes sacrificios por recuperar unas islas, que tienen poca importancia para Rusia.
Por Óscar Gantes
        
24/02/11
ATENEA

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