Definitivamente, el buque rompehielos ARA Almirante Irízar ha vuelto a su hogar náutico. Reposa en la Base Naval de Puerto Belgrano del sobresalto provocado por el incendio que, en plena alta mar, lo puso en peligro de estallar y hundirse. Ya son historia la azarosa evacuación con éxito de todos sus tripulantes y el tozudo coraje de su comandante, el capitán de fragata Guillermo Tarapow, quien se negó a abandonar al buque en gravísimo peligro y sólo aceptó dejarlo cuando éste quedó amarrado al muelle.
Definitivamente, el buque rompehielos ARA Almirante Irízar ha vuelto a su hogar náutico. Reposa en la Base Naval de Puerto Belgrano del sobresalto provocado por el incendio que, en plena alta mar, lo puso en peligro de estallar y hundirse. Ya son historia la azarosa evacuación con éxito de todos sus tripulantes y el tozudo coraje de su comandante, el capitán de fragata Guillermo Tarapow, quien se negó a abandonar al buque en gravísimo peligro y sólo aceptó dejarlo cuando éste quedó amarrado al muelle.
Ahora, una vez terminadas las inspecciones de práctica, habrá que pensar en las reparaciones que requiere y merece ese buque emblemático. Así como en su momento lo fueron, por ejemplo, la corbeta Uruguay, el transporte 1° de Mayo y el rompehielos General San Martín, el Irízar es, a su vez, símbolo y materia. Representa la presencia argentina en nuestros mares australes y, sin que ello signifique en modo alguno ignorar los compromisos asumidos por la República, es el vehículo indispensable para poder dar fe de la voluntad soberana de cubrir todo el territorio nacional hasta sus más distantes confines.
Pero el Irízar está herido. Habrá idea de la real importancia de los daños provocados por las llamas una vez que los peritos completen su labor e informen fehacientemente acerca de las conclusiones emanadas de esa revisión. A partir de ese momento, se diría que hay una suerte de voluntad colectiva acerca de que el rompehielos sea sometido de inmediato a cuantas reparaciones pueda necesitar para poder volver salir al mar abierto y poner proa hacia nuestras islas del Atlántico Sur y la Antártida.
Se ha anticipado que el desperfecto en un motor que, según lo estarían indicando las primeras comprobaciones, dio origen al fuego fue totalmente imprevisible. Esa circunstancia no excusa las desatenciones de los responsables de adjudicar las partidas presupuestarias que hubieran permitido efectivizar hasta el último y más fino detalle del correcto mantenimiento y puesta a punto del barco más activo e indispensable de nuestra Armada. Alternativas que eran de conocimiento público, porque en más de una oportunidad la prensa dio cuenta de ellas.
Es sabido, y así hay que admitirlo, que necesariamente esa tarea habrá de demandarle al Irízar un lapso prolongado de inactividad. Lo positivo sería, pues, que cuanto hubiese que hacerle para devolverle su capacidad operativa fuese liberado de mezquinas dilaciones y de las omnipresentes rémoras burocráticas.
No se trata de pretender milagros, sino de aspirar a que nada trabe la pronta disposición de los recursos que financiarán las reparaciones y que éstas cuenten con el respaldo de mecanismos eficientes, de manera tal que no sea desperdiciado ni un minuto del tiempo disponible para completarlas en tiempo y forma razonables.
Que el Almirante Irízar pueda volver a navegar lo antes posible ya es aspiración solidaria de la mayor parte de los argentinos y es una prioridad insoslayable de nuestras políticas institucionales antárticas.
30/04/07
LA NACIÓN
