La Argentina debería volver a priorizar su soberanía en el Continente Blanco, siguiendo el ejemplo de nuestro vecino.
La Argentina debería volver a priorizar su soberanía en el Continente Blanco, siguiendo el ejemplo de nuestro vecino.
La deficiente gestión en materia de política exterior a lo largo de los últimos seis años ha derivado en una serie de innecesarios conflictos con nuestros vecinos, así como en la cesión de espacios y presencias que en otros tiempos tuvo la Argentina. Algunos de esos lugares han sido ocupados por Chile, cuya labor en el escenario externo ha ido creciendo constantemente en seriedad, profesionalidad y eficacia.
Un buen ejemplo de lo antedicho es la activa presencia chilena en la Antártida. En febrero pasado, el presidente Sebastián Piñera visitó el continente blanco en compañía de su par ecuatoriano, Rafael Correa, en lo que luce como un interesante e inteligente movimiento geopolítico. Recorrieron juntos dos bases chilenas en el extremo sur, incluyendo la de Maldonado, emplazada en las islas Shetland del Sur.
Chile, además, está trabajando eficiente e incansablemente en la Antártida tratando de develar, desde el plano de la ciencia, sus distintos misterios. Tiene en marcha 52 proyectos de investigación, entre los que se destacan los que tienen que ver con la presencia de organismos vegetales y animales.
En tal sentido, se investigan algunas bacterias que viven en ambientes extremos que, en algún caso, son degradadoras del petróleo. Así, Chile ha descubierto, por ejemplo, un microorganismo capaz de resistir altos niveles de radiación gamma y de rayos ultravioletas. También, enzimas con efectos descontaminantes respecto de los desechos industriales. Parte de estas investigaciones tienen por escenario la isla Decepción, que se caracteriza por la presencia de un volcán emergido del mar, en el que conviven temperaturas extremadamente cálidas con las gélidas del sector antártico.
Además, con cooperación científica japonesa, Chile avanza en la reconstrucción de lo ocurrido en nuestra vecindad durante el período cretácico, cuando algunas zonas del continente blanco eran verdes y contenían una vegetación semejante a la hoy existente en el sur de nuestro territorio, desde que la Antártida no estaba separada de la Patagonia.
Mientras tanto, la presencia argentina en la Antártida parece haber sido afectada por la decisión de postergar las distintas actividades de nuestras Fuerzas Armadas, que desde hace años han sido la columna vertebral protagónica de muchos de nuestros esfuerzos en el extremo sur. De más está aclarar cuánto se extraña al rompehielos Almirante Irízar, que sufrió un incendio en abril de 2007 y hoy se encuentra en reparación, proyectándose su retorno a las campañas antárticas el año próximo.
Es hora de revisar nuestra política antártica y de volver a priorizarla en todo lo posible, procurando una mayor cooperación científica y tecnológica con el resto del mundo, que incluya ciertamente a nuestros buenos vecinos chilenos.
06/04/11
LA NACION

Con todo respeto al
Con todo respeto al periodista que escribió esta nota, si bien es cierto que muchas cosas podrían resolverse y encararse más rápido para el beneficio de la población y para afirnar nuestros reclamos y derechos de soberanía en Antártida, como el ejemplo que cita en la nota sobre el rompehielos ARA Almirante Irizar, no creo que Argentina esté tan mal. En cuanto a investigación en Antártida y cooperación internacional en el tema, hace un par de años salieron muchas notas sobre el proyecto Genoma Blanco y hoy precisamente salió otra nota (http://dbanoticias.com/2011/04/argentina-20-anos-de-investigacion-en-biotecnologia-antartica/). Esto demuestra que estamos al igual que Chile invirtiendo recursos humanos y dinero en mantener la soberanía que reclamamos, al menos desde el lado de la ciencia.