Por los helados mares del Sur

Por los helados mares del Sur

Desde tierra firme. El barco noruego MS Nordnorge, semioculto por un iceberg, frente a la base brasileña Ferraz. En tanto, los pasajeros recorren la isla Rey Jorge, en Shetlands del Sur.

Desde tierra firme. El barco noruego MS Nordnorge, semioculto por un iceberg, frente a la base brasileña Ferraz. En tanto, los pasajeros recorren la isla Rey Jorge, en Shetlands del Sur.

Alguien comenta, con gracia, en los días previos a la partida: "¿Qué otro destino puede ser más lejano y solitario? ¡La luna!". Cuando se pronuncia la palabra Antártida algo extraño sucede en las personas, despertando las más extravagantes fantasías. La travesía había provocado una reacción inesperada en el entorno: recomendaciones en exceso, pedidos -casi ruegos- de convertir en fotos toda la experiencia y hasta llamados algo inquietantes "de despedida". Por fin llega el gran momento, un martes de primavera a la hora del ocaso. "Uno no hace un viaje; el viaje lo hace a uno". La frase del escritor John Steinbeck encabeza el programa de actividades del primer día a bordo del crucero MS Nordnorge, a modo de acápite o de presagio. Lentamente, el barco noruego se aleja de la costa porteña para dirigirse a un objetivo lejano y ambicioso: alcanzar el continente antártico, haciendo escalas en las islas Malvinas y Georgias del Sur. Es verdad. Suena inalcanzable, inhóspito, inhumano. Gélido.

Durante dieciocho días, la nave se convierte en el hogar de pasajeros disímiles, quienes -se presume- jamás hubieran iniciado un diálogo en circunstancias más convencionales. Sin esperas después del check-in, cada uno ingresa a su cabina (o camarote) y, de inmediato, se desarma la valija por completo y se llena el placard con la alegre idea de "mudarse" al buque.

El primer amanecer es intenso, al despertar con el oleaje bajo el cuerpo. Será porque el suelo se encuentra siempre en movimiento, o será porque la fuerza de la naturaleza hace trastabillar al más ateo, pero este viaje es para muchos una permanente búsqueda de equilibrio. En el restaurante del cuarto piso (deck 4), los mozos filipinos están pendientes de los 213 pasajeros durante el desayuno, aunque sea buffet. Sonríen siempre y se esmeran por agregar a su inglés neutro alguna frase en el idioma del interlocutor. A veces se sospecha si detrás de esa cordialidad no estarán riendo a carcajadas al observar el esfuerzo de los pasajeros por caminar de costado, zigzagueando entre los platos fríos y calientes, cargando tazas de café.

En este piso también se encuentran la biblioteca, la boutique, el bendito Café Vagar -abierto las 24 horas- y salones de conferencias.

No saber inglés o alemán es un problema. Una pareja española no entiende una palabra del programa diario ni de las indicaciones que continuamente anuncian los altavoces. Como si se tratara de Gran Hermano, el joven apunta al techo con su índice y pregunta: "¿Qué es lo que ha dicho? ¡Vale!".

La mejor vista del barco le pertenece al gran salón del deck 7 ubicado sobre la proa, al lado del bar con piano. Dos mujeres alemanas guardan un silencio de catedral y realizan movimientos mínimos cuando me ven contemplar el mar hipnótico desde un sillón.

No hay una ola igual a otra. Los primeros días transcurren en altamar y se aprenden algunos secretos porque las aguas azules y temperamentales son también un destino a conocer, con idioma propio. La primera escala será West Point Island (isla Remolinos), en la Gran Malvina. Las charlas sobre pingüinos, aves diversas, elefantes marinos y focas leopardo, cambian de tono para "explicar" la Guerra de Malvinas de 1982 bajo el título "It’s war!" (en alusión a una vieja tapa de The Sun). Un matrimonio belga pregunta intrigado: "¿Por qué esas islas son tan importantes para los argentinos?". Obviamente, Malvinas es para la mayoría de los pasajeros una escala más antes de llegar al continente blanco.

La tarde transcurre apacible y soleada. La mujer de Las Vegas teje una manta verde. El señor escocés lee un best-seller junto a la bandera noruega que flamea en la popa. La pareja de periodistas mexicanos toma su tequila con chiles, unos ajíes picantes que llevan en la mochila por si les da "abstinencia de picor". La dama sueca pinta acuarelas en la terraza del deck 7. Una argentina toma mate. Y el catalán solitario recorre todos los pisos, incansable desde el alba, obsesionado por absorber cada paisaje. Como la inglesa de los prismáticos, firme en la proa.

En la cuarta mañana aparecen las islas Malvinas en la ventana de la cabina 601. En botes Polar Circkle con capacidad para ocho personas se llega a West Point luego de uniformarse como un expedicionario del siglo XXI con salvavidas, botas de lluvia y pantalones impermeables. Se camina cuesta arriba hasta Devil’s Nose, donde convive una colonia de pingüinos rockhopper con albatros entre la niebla y el viento helado. Ken conduce una Land Rover con volante a la derecha. El galés visita la isla de flores amarillas y cuatro habitantes desde hace 15 años. Residen en una casa de madera blanca, junto a un mástil con la bandera británica.

Miles de cruceristas visitan cada año la casa de los Napier -cuyos familiares llegaron en 1879-, que invitan con té y budines. Una tradición que empezó en 1968, cuando arribó el primer crucero. La única condición: dejar las botas embarradas en la puerta.

Los últimos minutos permiten recorrer la playa de arena clara, donde tres aves de rapiña negras irradian espanto desde un barco semienterrado y derruido.

Después del almuerzo ("estuve en Malvinas", la mente repite incesante y aturdida), se navega rumbo al sur de la Gran Malvina, hasta New Island (isla de Goicoechea). Conversador, el inglés Tony Chater vive en las islas desde 1972, donde vende fotos y postales.

Escucha por la radio la final del Mundial de Rugby entre Inglaterra y Sudáfrica y elogia a Los Pumas. Un lugar insólito para enterarse que se ubicaron en el tercer puesto. Tony y Kim tienen dos hijos y otra casa en Puerto Argentino. La población se completa con Georgina, que es argentina y vive aquí con su padre y su novio. Son siete personas y cientos de pingüinos rockhopper.

Aunque intensa, la primera jornada malvinense termina con un signo de interrogación que no respondieron los pequeños seres de ojos rojos y penachos amarillos. Pero la jornada en Puerto Argentino (Stanley), en la Isla Soledad, resulta devastadora, insuficiente, perdurable. En ese orden.

En Puerto Argentino

El barco llega a las 7.30 de un domingo gris. Reconocible por el recuerdo de dolorosas fotografías con soldados, la costera Ross Road es la calle adecuada para conocer la ciudad. Abundan las construcciones típicamente inglesas, y las casas de madera con techos de colores. Las Villas Jubilee, de 1887 y paredes con ladrillos de barro son la excepción. A pocos metros y junto a la Catedral se levanta el curioso Arco de Barba de Ballena, huesos de mandíbulas de ballenas que conmemoran el centenario de la posesión británica de las islas en 1933.

En la costa se encuentra Victory Green: cuatro cañones sólo disparan en ceremonias como el cumpleaños de la Reina. A un costado, se exhibe el mástil de madera de la antigua nave SS Gran Bretaña. Precisamente, la Bahía de Stanley es uno de los mayores cementerios de barcos del siglo XIX. Como el Yelung, que arribó averiado en 1870 y quedó en la orilla abandonado. Sobre las colinas de enfrente se destacan cuatro nombres formados con piedras blancas. Pertenecen a barcos patrulleros de la Marina Real: Barracuda, Beagle, Protector y Endurance.

Los cruceristas visitan las iglesias (católica y anglicana), el Correo en el edificio Townhall (con cabinas teléfonicas y buzón colorados) y el viejo astillero. Hasta llegar al Monumento a la Liberación. Sí, el 14 de junio es feriado y se recuerda a "los británicos que perdieron sus vidas en la liberación de las Falklands de las fuerzas argentinas, que invadieron las islas en 1982". En Malvinas siempre definen a la guerra con dos términos: invasión y liberación.

Nikki pertenece a la séptima generación de ingleses en Malvinas. Durante la guerra se mudó a la estancia de sus primos de Long Island, y recuerda a los soldados argentinos: "Se veían muy jóvenes e inocentes". Todavía se escribe con Pedro Miguel.

El Museo es uno de los sitios más impactantes, con cartas y armas de soldados argentinos, un despacho de DYN sobre la rendición de Menéndez, recortes de diarios ingleses y la reconstrucción de un pozo de zorro. Cesa la lluvia y se abre un arcoiris sobre los giftshops y los pubs Globe y Victory. En el interior, uno se pregunta si no estará en Londres.

Hacia el Continente Blanco

Un martes, cuando se visita el puente de mando y el capitán Arnvid Hansen habla de los radares, comienza a nevar con furia. Los pasajeros salen a cubierta a sacar fotos de la tormenta. La tarde regala la aparición del primer iceberg en el horizonte. En la pizarra donde se van tildando las especies que se han visto hasta el momento, se cuelga un anuncio eufórico sobre el acontecimiento, con latitud y longitud incluidas.

En Georgias del Sur todo es desmesurado. Bahía Fortuna es la primera escala, con montañas salpicadas de nieve, desfiles de esbeltos pingüinos rey y elefantes marinos durmiendo como rocas. Pero todas las expectativas serán superadas en Grytviken al día siguiente.

Por Diana Pazos
ESPECIAL PARA CLARIN

16/12/07
CLARIN

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