A mediados de la década del 70, en las playas de la costa atlántica, desde San Clemente hasta Necochea, pasando por las esplendorosas arenas de Pinamar y Mar del Plata, algún gracioso gritaba “¡tiburón…!” y en cuestión de segundos no quedaba un solo turista en el mar.


A mediados de la década del 70, en las playas de la costa atlántica, desde San Clemente hasta Necochea, pasando por las esplendorosas arenas de Pinamar y Mar del Plata, algún gracioso gritaba “¡tiburón…!” y en cuestión de segundos no quedaba un solo turista en el mar.

La gente huía despavorida hacia la costa. Era cuando en el país y en buena parte del mundo aterrorizaba en las pantallas el escualo cinematográfico creado por el director Steven Spielberg. Se trataba de un enorme tiburón blanco, armado en Hollywood, que devoraba en forma insaciable a los bañistas triturándolos con sus mandíbulas de hierro.

Gritar “¡tiburón…!” se trataba de una broma, de mal gusto tal vez. Pero de una broma que, en el fondo del asunto, hacía participar a todos en esa suerte de épica oceanográfica algo ingenua, divertida, grandilocuente. Ante el falso alerta de “¡tiburón…!”, las estampidas en la playa eran de tal magnitud que, después, los bañeros debían persuadir a los turistas para que volvieran a bañarse porque todo era sólo un chiste. Y la gente volvía sonriendo pero mirando de reojo atrás de la rompiente. Tampoco faltaban los otros graciosos que se habían agenciado de una aleta negra y buceaban para generar el mismo escalofriante efecto.

Las cosas cambiaron mucho desde entonces. La humanidad se volvió menos sencilla, acaso más compleja. No estaría mal atribuirle responsabilidad en esta evolución a Internet, que últimamente figura como responsable de todos los cambios habidos y por haber. Es bueno siempre tener alguien a quien echarle la culpa de todo.

Pero el país –por qué no decirlo- también cambió. En este caso, cambió de depredador marino. A partir de hace pocos días, una pequeña y voraz criatura fluvial ha generado un nuevo grito de alerta en las playas argentinas: “¡palometas…”. Un grito que en esta oportunidad fue, lamentablemente, verdadero.

Las palometas son –según los especialistas- primas políticas de las pirañas y lo cierto es que este fin de semana atacaron ferozmente en Rosario, en donde la población comenzó a mirar con recelo al Paraná. Pese al enorme calor que se sufrió, el balneario rosarino conocido como Rambla Catalunya, sufrió el insólito ataque de las dientudas y quedó desierto. Apenas ayer, solamente, pudo verse a uno o dos valientes bañándose, luego del insólito y arremolinado ataque a mordiscones que protagonizó un cardumen de palometas, que dejó el triste saldo navideño de 70 bañistas heridos.

En un 2013 que termina con temperaturas de infierno, luego de once meses a los que sólo un optimista a ultranza se atrevería de calificar como promisorios, ¿algún especialista se animaría a garantizar que las palometas del Paraná no se adentren en la plataforma atlántica y avancen furiosas sobre las huestes de turistas que pretendían reponerse de un año algo estresante?

Por Marcelo Ortale

28/12/13

EL DÍA

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