La reedición de la colección de cuentos Mares baldíos, de Carlos María Domínguez, es una buena excusa para repasar algunas otras obras literarias uruguayas que tienen como tema esa rareza: el mar.


La reedición de la colección de cuentos Mares baldíos, de Carlos María Domínguez, es una buena excusa para repasar algunas otras obras literarias uruguayas que tienen como tema esa rareza: el mar.

Desde Colonia hasta la Barra del Chuy se extienden unos 500 kilómetros de costa entre el Río de la Plata y el Océano Atlántico, con una amplitud suficiente, por la apertura del estuario, como para que le llamemos de forma genérica “mar”. Tal extensión, que muta su coloración desde la calma del achocolatado río más barroso hacia el azul y el verde espumoso de las olas atlánticas, es una rareza en la literatura nacional. 

La reedición de Mares baldíos, la colección de cuentos del escritor rioplatense Carlos María Domínguez, por parte de la editorial Random House es una buena excusa para repasar la relación entre los escritores y este mar que, salvo algunas excepciones, es uno de los grandes ausentes de la literatura nacional.

En diálogo con El Observador, Domínguez confiesa haber encontrado “muchas historias escritas en el agua” pero no conocer los motivos de esta ausencia. De todos modos se anima a atisbar una posible explicación.

“Argentina y Uruguay se ordenaron desde la hegemonía de los puertos y el terror venía del campo, de la indiada, de los gauchos, de los caudillos del norte. La literatura acompañó ese miedo y lo cubrió de palabras. Por los puertos salió y entró la riqueza, llegaron los inmigrantes que fueron vistos como una solución más que un problema. Cuando fueron un problema irrumpió Florencio Sánchez, Espínola, Onetti, Arlt en la otra orilla, y tantos otros, en el tejido de la matriz urbana. Y desde entonces vivimos un poco de espaldas a las costas sin terminar de comprendernos”, opina Domínguez.

El río ancho tiene para el autor argentino, trasplantado al Uruguay desde 1989, un significado germinal como un manantial narrativo. “El Río de la Plata es un lugar especialmente permeable a la novedad, a las influencias del resto del mundo, y la comprensión de su unidad física y cultural todavía está muy por debajo de lo que encarna. Es un río misterioso que corre en direcciones trabadas, dulce y salado, lleno de trampas, tumba de desaparecidos, semillero de aventuras, personajes, conflictos, condenado a regresar un día, por la sedimentación y el crecimiento de sus bancos de arena, a su originario trazado de un cauce profundo y angosto”, agrega.

Mares baldíos no es la única obra de Domínguez que explora los territorios húmedos del río o el océano.  También escribió por ejemplo, Las puertas de la tierra, una serie de crónicas sobre los prácticos del puerto de Montevideo.

“En el fondo hay una idea simple que recorre todo el libro: cuando uno enfrenta fuerzas superiores encuentra su límite físico, moral, del espíritu incluso, porque se trata de lo que uno puede y lo que no, con la nitidez de la línea de un abismo que dibuja el destino. Eso lo viví navegando en canoa en los ríos del Uruguay, en veleros deportivos, en algún buque carguero por el Río de la Plata, se lo oí contar a varios marinos, y lo leí en los libros de Haroldo Conti, Joseph Conrad, Jack London, Melville y otros”, dice Domínguez.

Pero más allá de esto, para encontrar obras literarias o ensayos sobre la costa o la presencia acuática en Uruguay hay que revolver y buscar (ver recuadro). La espalda literaria acompaña a otras que tiene el país con el mar.

El pensamiento inmigrante

Para el escritor y docente Ricardo Pallares, autor de varios ensayos sobre literatura uruguaya, hay dos factores que influyen: la inmigración y la hegemonía de lenguaje geográfico, que cuando se funden generan ese “darle la espalda” al que también se refiere Pallares.

“Para los inmigrantes el mar verdadero era verde añil y no este río marrón, infame, neurasténico, que no es el mar para la cultura de los inmigrantes, que añoraban el mar, no un río de agua dulce y cobriza colorada que baja del Paraná”, dice Pallares.

Por otro lado, el escritor marca una representación “hegemónica de la geografía”: una forma de mirar el mapa hacia arriba, hacia un “norte inventado” por la cartografía occidental, que

“El uruguayo se impregnó esa forma de mirar. No es casual que Torres García hiciera el dibujo de América Latina invertida de forma irónica. El mirar hacia el mar era cosa de aborígenes”, opina Pallares.

Así como se dice a nivel popular que Uruguay explota su frente marino y los recursos que este posee, así como  el pescado y los mariscos no forman parte de la dieta esencial de los uruguayos o que las costas solo tienen importancia unos pocos días del verano, la literatura todavía tiene una enorme y ondulante campo fértil en el mar, con todos los secretos que este esconde.

La literatura uruguaya guarda excelentes excepciones a esta norma de comportamiento de los escritores. Solo hay que sacudir un poco a quienes hoy ostentan las plumas de la nación para que tuerzan su mirada a ese universo líquido inagotable. (Por Valentín Trujillo; El Observador)

24/12/14

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