Otra cumbre tibia sobre el clima del planeta

La reunión de Lima arrojó un compromiso positivo, pero insuficiente, para frenar la concentración de gases causantes del calentamiento global.

La reunión de Lima arrojó un compromiso positivo, pero insuficiente, para frenar la concentración de gases causantes del calentamiento global.

Con la participación de 11.000 delegados de todo el mundo y representantes de 196 países, culminó en Lima la XX Conferencia sobre cambio climático, que emitió un compromiso que conforma poco y que permite vislumbrar las dificultades que deberán afrontarse el año próximo, en París, cuando se deba definir la estructura de un acuerdo que permita evitar que la temperatura ascienda por encima de los dos grados centígrados al final del siglo.

Las promesas adoptadas hasta ahora por los gobiernos nos están llevando a un aumento de entre 3 y 5 grados centígrados para el final del siglo. La concentración de gases causantes del calentamiento global, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, ha aumentado en la atmósfera más de un 20% desde el año 2000, con una concentración de CO2 que es un 140% superior a la era preindustrial. Sin embargo, se afirma, aún sería técnicamente posible mantener el incremento de la temperatura mundial por debajo de los dos grados si se implementaran medidas adecuadas. La duda es si el monumental sistema burocrático será capaz de tomar decisiones trascendentales que, seguramente, no podrán conformar a todos los intereses en juego. Es preciso aplicar aquí aquello de “más vale prevenir que curar”, si es que estamos a tiempo.

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático firmada en 1992 establece un marco para los esfuerzos internacionales encaminados a abordar este problema con el objeto de estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida que el clima se perjudique. En diciembre de 1997 se aprobó en Kyoto (Japón), un Protocolo que entró en vigor en 2004 y que estableció metas obligatorias para los países industrializados en relación con las emisiones y creó mecanismos innovadores para ayudar a estos países a cumplir esas metas. El texto de esa convención divide a los países en desarrollados y en desarrollo, estableciendo que los primeros tienen que reducir sus emisiones y que los países en desarrollo tienen derecho a aumentarlas en virtud de su necesidad de desarrollo. Han pasado más de veinte años, el mundo ha cambiado y esa distinción se ha transformado en obsoleta, ya que los grandes países en desarrollo como China y Brasil se han convertido en potencias económicas y, evidentemente, en los principales emisores de gases de efecto invernadero.

Desde este punto de vista, Lima ha dado un paso positivo al poner fin a esta división, creando obligaciones para todos los países sin hacer distinción entre aquellos que pertenecen al primer grupo y aquellos que no se encuentran incluidos en él. Todos los países deberán presentar planes nacionales para frenar el efecto invernadero para el 31 de marzo de 2015, lo que será la base de un acuerdo global que se pretende alcanzar en la cumbre de París a fines de ese año. La mayor parte de las decisiones complicadas sobre cómo frenar el cambio climático se aplazaron hasta ese entonces.

Es cierto, no es suficiente, pero se trata de un proceso extenso, complejo. Los países en desarrollo querían que los países ricos establecieran un calendario claro para aumentar la escala de los fondos disponibles para ayudarles a adaptarse. Pero el texto final simplemente “pidió” que los países ricos “mejoren los elementos cuantitativos y cualitativos disponibles de una vía” hacia 2020. Así, los países que históricamente han sido responsables de que el mundo se encuentre en la situación climática actual han salido de la reunión sin mayores complicaciones. Sin embargo, las donaciones a un Fondo Verde para el Clima, para ayudar a las naciones en desarrollo a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero y adaptarse al cambio climático, superó el objetivo de la ONU de 10 mil millones de dólares, ayudado por donaciones de Australia y Bélgica.

Para muchos, estos compromisos han hecho que el acuerdo de Lima sea demasiado laxo. Les otorga a los países demasiada libertad para cumplir con los límites que deseen, en lugar de reglas impuestas. Es lo que se ha podido conseguir, luego de dos semanas y una prórroga de tiempo extra que generó una jornada maratónica de 36 horas. Cualquier persona razonable no entendería que algo tan esencial para la vida en el planeta se analice con esa urgencia. Más allá de los discursos, la cumbre del clima en Lima ha demostrado lo difíciles que serán las negociaciones en París. A pesar del necesario optimismo propio de toda conferencia, todos saben que se requiere un esfuerzo colectivo que aún es insuficiente, aunque posible. (La Nación)

26/12/14

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