Nuevos conflictos que son fruto de la clandestinidad (Mar del Plata)

Las protestas de fileteros que se multiplican en el puerto marplatense van dejando cada vez en mayor evidencia la magnitud que tiene la clandestinidad dentro de la industria pesquera local, un tema que hasta ahora no combatió ni, mucho menos, erradicó de manera eficaz ningún organismo oficial.

Las protestas de fileteros que se multiplican en el puerto marplatense van dejando cada vez en mayor evidencia la magnitud que tiene la clandestinidad dentro de la industria pesquera local, un tema que hasta ahora no combatió ni, mucho menos, erradicó de manera eficaz ningún organismo oficial.

Tampoco los gremios del sector se mostraron muy dispuestos a denunciarlo, cosa que ni siquiera hizo en los últimos días la Central de los Trabajadores Argentinos, que intenta hacer pie en el puerto, capitalizando el conflicto a la vez que ansía recibir la personería gremial antes de que concluya el mandato de Néstor Kirchner.

Durante el grave conflicto que se vivió semanas atrás, todos parecieron estar más entretenidos en arrebatarles el compromiso de una "registración laboral" a las grandes empresas del sector, que en hurgar en un submundo de clandestinidad por el que circula casi la mitad del pescado que llega a Mar del Plata.

Por estos días comienzan a estallar pequeños conflictos de una naturaleza diferente al que se desarrolló hace algunas semanas, como resultado de la tal vez excesiva promesa de que 4.500 trabajadores que se desempeñan en el sector serían registrados laboralmente de un plumazo.

Es probable que algo así suceda cuando se trata de obreros que trabajan en plantas cooperativas ligadas de algún modo a la media docena de empresas pesqueras con más trayectoria y reconocidas.

Pero la promesa resulta inconsistente para los miles de trabajadores que realizan tareas en establecimientos ilegales, que:

– no poseen ninguna clase de habilitación,
– no tributan impuestos,
– presentan gravísimas deficiencias sanitarias y
– no tienen, en apariencia, a ningún dueño que se haga cargo de ellos.
 
Ni siquiera los mismos fileteros saben para quién trabajan y por esa razón, suelen canalizar sus reclamos hacia las empresas que, consideran, estarían en condiciones de darles una respuesta.

Por estas horas, varias protestas laborales comenzaron a desatarse en plantas que funcionan a las sombras, cuyos obreros imaginan con justicia que también tienen derecho a ser reconocidos como trabajadores. Pero a pesar de que sindicalistas, funcionarios y profesionales de la protesta alimenten su justa aspiración, omiten plantear con claridad una parte del problema: las plantas en las que trabajan no existen. Al menos no en los papeles.

Mientras las cámaras que nuclean a las principales empresas del sector analizan en el Ministerio de Trabajo la manera de emprolijar sus vínculos con trabajadores de cooperativas, por debajo hay ebullición entre los obreros más marginados, que prestan sus servicios en fábricas de "emprendedores independientes", poco afectos a tener sus asuntos en regla.

El conflicto que desde la semana pasada se vive frente a la fábrica de la empresa Moscuzza, está haciendo emerger con claridad la profundidad del problema.

Frente a la planta se agolparon unos 20 fileteros que fueron echados violentamente de un establecimiento donde ellos trabajaban, ubicado en Hernandarias al 3300.

Los trabajadores suponen que esa fábrica tiene algo que ver con Moscuzza.

Pero con el correr de las horas, comenzaron a salir a la luz algunas certezas: la planta no sólo no pertenece a la firma, sino que se trata de un establecimiento que no tiene habilitación municipal y fue clausurado en más de una ocasión por ese motivo y por presentar deficiencias sanitarias.

¿Cómo es posible que funcione en estas condiciones? Según le explicó a LA CAPITAL el director de Pesca de la comuna, Roberto Gianatiempo, la Justicia de faltas, ante cada clausura, cobró una multa y permitió que el lugar siguiera procesando unos 400 cajones de pescado por día.

Este es apenas un ejemplo que da cuenta de la informalidad que reina en buena parte de la industria.

Alcanza con recorrer las calles del puerto para advertir que en las puertas de garajes, viviendas particulares o galpones infectados de suciedad se apilan cajones y contenedores llenos de desperdicios y que hay gente con botas blancas que conversa animadamente.

Y estas postales se multiplicaron en los últimos años de manera notable.

Lo curioso es que, según la Delegación Municipal del Puerto, la cantidad de plantas habilitadas no varió de manera significativa en este tiempo, a pesar de que todo indica que hasta hace poco, el negocio fue floreciente.

Los papeles de esa dependencia dan cuenta de que existen apenas unos 200 establecimientos pesqueros en Mar del Plata, de los cuales alrededor de 160 están dedicados al procesamiento de pescado fresco.

Claro que la planta de Hernandarias al 3300 que no tiene habilitación no figura, aunque todos saben que existe y en qué condiciones funciona. Y otro dato llamativo es que en 2006 desde esa oficina se expidió la habitación para una sola fábrica.

La cifra contrasta con lo que cualquiera puede ver con sólo recorrer calles como Vértiz, Cerrito o José Martí.

Las "covachas" funcionan en casas de familia, viviendas usurpadas, galpones abandonados, y manejan un volumen de producción casi tan significativo como el que acreditan las principales empresas del sector y las cooperativas.

Habría que revisar con qué frecuencia pasan por ahí y se animan a entrar para cumplir con su tarea inspectores de la Afip, el Senasa, el municipio o el Ministerio de Trabajo.

Lo cierto es que quienes trabajan ahí, sinceramente, no aparecieron en las cuentas de nadie, ni siquiera en las de los que dicen pedir condiciones dignas de trabajo para la gente.

19/08/07
LA CAPITAL

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