Con el agua a la cintura, hubo forcejeos al estallar algunas balsas. Y vieron tiburones. El relato y las imágenes del fotógrafo Juan Ferrari.
Con el agua a la cintura, hubo forcejeos al estallar algunas balsas. Y vieron tiburones. El relato y las imágenes del fotógrafo Juan Ferrari.
El objetivo era retratar la vida a bordo del Irízar. Contar, con imágenes, sus actividades, las rutinas sobre el rey de reyes en los rigores del Sur. "Retratar lo humano", resume. Jamás imaginó, Juan Manuel Ferrari, 30 años, fotógrafo, que los rostros y escenas que días después bajaría del buque narrarían otro capítulo de su historia. "Una desgracia con suerte", dice, sacudido aún por recuerdos que lo desvelan. Y no por el siniestro en sí, sino por esos gestos cuasi reflejos que el hombre libera cuando el límite pone su vida impiadosamente en juego. Cuando se trata de él o de otro. "Te asomás a la miseria", susurra. Un susurro que no es juicio sino sensible y cabal comprensión del ser.
Todo transcurría a la perfección. Era martes, anochecía. Al día siguiente partía la escuadrilla de helicópteros y una cena mexicana auguraba una buena despedida. Pero pasadas las 20, de un solo grito el altavoz cambió los planes. "Incendio en sala de máquinas", repitió. La mayoría, con infranqueable genética militar, se quedó a la espera de órdenes. Todos tranquilos, ninguna histeria. La conducción era precisa y tranquilizadora.
Pero, claro, el fuego dominó la escena y el control se desdibujó. Apagó las luces, los dejó a ciegas, volvió el aire un infierno de humo negro. Una bengala que hasta el menos avispado descifró como derrota anunció el próximo paso: "Había que irse. Estábamos al horno", recuerda Juan, acostumbrado a experiencias de alto voltaje: estuvo en el Líbano y cubrió la guerra de Irak, donde fue escudo humano contra la invasión estadounidense.
Divididos en 19 grupos, "calladitos como soldados", veían a los marinos tirar garrafas al agua para salvarlos de una explosión. "Nos dieron abrigo y salvavidas, y a evacuar". Desde dos metros, debían saltar a cuatro balsas atadas entre sí. En cada una cabían 20 personas. El primer turno fue para los civiles. "Tres cayeron al agua. El terror era que la balsa explotara al rozar la chapa del barco, que estaba hirviendo", relata.
Ya a la deriva, la cosa se complicó. "Teníamos miedo. Entraba agua, todos vomitaban. Como siempre, algunos se entregaban, otros la peleaban". Estaban viendo tiburones cuando una balsa estalló y se empezó a inundar. "Sacábamos agua con zapatillas, pero era en vano. El agua nos llegaba a la cintura, había que pasar a otras balsas".
Del otro lado, no todos querían recibirlos. Temían que se hundiera la balsa, empezaron los forcejeos, los gritos, el caos. Tardaron en devolver el orden al precario refugio. Cuatro horas después los rescataron. "Terminó bien. Pero me quedaron comentarios que oí en el barco: contaban que muchas cosas funcionaban al límite por falta de presupuesto. Parecía como que la suerte tenía siempre la última palabra".
Por Georgina Elustondo
15/04/07
CLARÍN
