Estaba embarcado en el Magritte, como inspector de Pesca. Colaboró en el rescate de las balsas salvavidas y salvó a un oficial de morir en el mar. Una experiencia de vida inolvidable, que lo marcó para siempre.
Estaba embarcado en el Magritte, como inspector de Pesca. Colaboró en el rescate de las balsas salvavidas y salvó a un oficial de morir en el mar. Una experiencia de vida inolvidable, que lo marcó para siempre.
Son las 5.15 del jueves y Jorge Antonio Guerrero toma unos mates dulces en su casa, con el calor familiar compensando las dos noches en vela. La televisión muestra imágenes en silencio y la radio habla todo el tiempo de una odisea que vivió en carne propia; pero él tiene palabras precisas para contar lo que vio: sensaciones y recuerdos muy diferentes de los fríos datos objetivos de los cables de noticias. Hace tres horas, el pesquero en el que navegaba -el Magritte- hizo escala en el muelle Piedrabuena para desembarcar a los tripulantes del rompehielos Irizar.
Y Jorge aprovechó para ir a buscar algo de ropa a su casa, ya que la que llevaba en el barco se la regaló a los náufragos: «estaban todos mojados y la necesitaban», resume con sencillez.
Fieles a los códigos que se cultivan con los años en el mar, los tripulantes del pesquero dieron todo lo que tenían para salvar a los marinos que estaban sufriendo: arriesgaron sus vidas en el rescate, desviaron su rumbo para llevarlos a puerto seguro, los cobijaron en sus camarotes, no durmieron para prestarles las cuchetas, les cedieron su ropa y pusieron en la parrilla toda la carne que llevaban a bordo.
Compartieron dos asados y horas interminables de charlas, en su ruta a Puerto Madryn; forjando amistades que los años se encargarán de sellar. La experiencia extrema, los marcó a fuego a todos. Para toda la vida.
La noche interminable
Jorge Guerrero llegó a Madryn hace 9 años. Durante un tiempo, se embarcó como marinero de Alpesca.
Y en 1999 comenzó a trabajar como inspector de la secretaría de Pesca de la Nación. El último viaje que le asignaron, fue en el pesquero Magritte.
Es un barco de bandera argentina, que trabaja para la empresa uruguaya Grin Fin; cuyo centro de operaciones en la Patagonia está en San Antonio Este.
Este barco pesca merluza, la desembarca en el puerto rionegrino y desde allí parten los camiones con pescado hacia Uruguay. En esta marea, el Magritte salió con 19 tripulantes (entre los cuales hay un pescador y un contramaestre uruguayo) y el inspector. Y ya estaban volviendo al puerto, el martes a la noche, navegando en zona de veda, cuando una voz en la radio les cambió todos los planes.
Jorge recuerda que el oficial pasó su servicio a las diez de la noche y «dejó la radio prendida de casualidad». Una hora más tarde, se escuchó el pedido de auxilio. Ese momento, le quedó grabado: «Yo estaba en el camarote. Subí al puente y me dijeron ‘se está incendiando el Irizar y vamos al rescate’.
Estaba hacia el norte, justo hacia donde íbamos, a unas 40 millas». Las comunicaciones radiales, en un primer momento, fueron con un mercante panameño que estaba socorriendo al rompehielos. A las 20 millas, comenzaron a divisar las bengalas de las lanchas salvavidas. Y a las 15, lograron contactarse con el Irizar.
«El comandante avisó que había 32 balsas en el agua: 2 vacías y 30 con gente. Estaban todas iluminadas con una lámpara que prendía y apagaba», recuerda Jorge. La primera balsa que rescataron fue cerca de la 1 de la mañana.
Y en cuatro horas, socorrieron a más de 120 náufragos. Cada balsa tenía capacidad para 20 personas, y algunas balsas iban atadas (de a dos o tres) para no separarse. Algunas ya estaban vacías, porque sus tripulantes se habían pasado a otra; para estar más acompañados en ese momento límite.
Como los rescataron
El mar se mostraba cambiante. Por eso, en los momentos de calma ataban la balsa con un cabo al barco y los tripulantes subían de a uno por la escala de gato (una escalera de sogas y maderas) al pesquero.
Pero de a ratos el océano comenzaba a moverse y se tornaba indominable. Entonces, usaban dos cabos para el amarre, pero esto no garantizaba nada. Incluso hubo un accidente, en el que un náufrago cayó al mar helado -en plena oscuridad- y tuvo que ser rescatado en pocos segundos, antes de sufrir una hipotermia (ver nota aparte).
Todo esto se complicaba más, señala Jorge, porque "había gente que estaba cansada, con frío, que no tenia fuerzas…". Entonces, entre dos marineros del pesquero tomaban al náufrago de las axilas, lo levantaban desde el portalón (una puerta lateral) y lo arrojaban a la cubierta. El último en bajar de la balsa, debía romper las luces. "Para evitar confusiones, así sabíamos que en esa balsa no había gente… de hecho, fuimos un par de veces en busca de balsas que habían quedado con las luces prendidas", explica Jorge. "Primero habíamos dicho que la pinchen, que la destruyan tras subir al barco. Pero pincharon una y se metió abajo del casco, poniendo en riesgo la hélice.
Entonces el capitán pidió que no las pinchen y les rompan el foco". Mientras tanto, los aviones militares sobrevolaban las balsas que quedaban a la deriva, para marcarle el sitio a los barcos; con los que tenían comunicaciones radiales. Ya cerca de las 4.30, el trabajo se alivió con la llegada de otro pesquero: el Don Cayetano, que socorrió primero a 44 personas y luego albergó a las 73 que había rescatado el mercante (se debió hacer un trasbordo en alta mar, ya que el buque panameño no podía ingresar al Golfo Nuevo por los riesgos de un eventual derrame contaminante).
Valentina te espera
"Cuando subimos a toda la gente, quedamos a unas diez millas del Irizar", agrega Jorge; recordando que desde allí podían apreciar las explosiones que -desde el rompehielos- iluminaban la noche. La comunicación vía radial con el buque a la deriva, estaba cortada.
Y la preocupación por la suerte de su comandante, Guillermo Tarapow, crecía minuto a minuto. Con las primeras luces del día, el Magritte se acercó al Irizar humeante. Jorge lo vio "muy quemado en la parte central, en el casillaje no". Y en ese paisaje de hierros chamuscados y humo negro, apareció el comandante a la altura del puente, entre los pasillos. "Nos hacía señas -recuerda Jorge-.
Aunque en realidad, teníamos un poco de miedo de acercarnos, por las explosiones, ya que decían que había mucho combustible en el barco". A los gritos, empezaron a comunicarse.
Desde la base de Ushuaia, enviaban datos para convencer al comandante. "Nos pedían que le gritáramos ‘Valentina te espera’, pero tampoco quería saber nada con dejar el buque", cuenta Jorge. "Decía que no se iba a ir hasta que no llegaran las corbetas. Y no abandonó el barco. Es que tiene otra mentalidad, de militar… Yo, sinceramente, no le encontraba sentido, porque no había gente. Sabemos que el capitán es el último que tiene que abandonar la nave, pero una vez que no está la gente y corre riesgo su vida, ya no tiene sentido".
"Después le habló su gente por megáfono, diciéndole que todos estaban a salvo, que nadie se había perdido, que estaba toda la gente a bordo de los buques, ninguno lastimado… Pero igual se quedó en el Irizar". Unos minutos más tarde, llegó a la zona el guardacostas Thompson y allí se pasaron tres oficiales (entre ellos el que había caído al agua) y el jefe de máquinas del Irizar. El Magritte, entonces, puso proa hacia Península Valdés.
El regreso
El viaje hacia Madryn, es otra experiencia de vida. En esas veinte horas, afloraron todos los valores que salen a flote cuando está en juego la supervivencia. Jorge navega desde 1.984 y a bordo vio algunos accidentes, el suicidio de un compañero que se tiró al agua y algunas "situaciones de mal tiempo, donde uno realmente se asusta mucho". Todos esos momentos, son los que van templando la personalidad de los hombres de mar.
"El marino, el que trabaja en un barco fresquero, en los cajoneros, es muy de compartir. Y ante una situación como esta, mucho mas"; explica Jorge. "Y a ellos (por los náufragos del Irizar) les llamaba la atención nuestra forma de ser.
Nos quedamos sin ropa porque realmente la necesitaban, estaban mojados y con frío. Y también les dimos las cuchetas, aunque faltaban lugares y a algunos los mandamos a dormir a la sala de máquinas, donde está calentito. Y se quedaron ahí con frazadas, para secar la ropa en las máquinas… Cuando se les fue pasando el frío y salieron del shock, empezamos a tratarnos y a hablar".
"Al otro día, a la mañana, se hizo el primer asado. Y a la noche, el otro. Nos sacamos fotos. Y me van a mandar por mail algunas del incendio… yo tendría que haber llevado mi cámara". En el casco rojo de 20 tripulantes, había 140 personas. Jorge no durmió en todo el viaje, para que en su cucheta pudieran descansar los náufragos.
Durante la travesía, cosechó la amistad de un profesor de letras que iba en el rompehielos y del capitán de fragata Luis Isidro Romero, segundo comandante del Irizar; quien -aún dolorido por la fractura en una pierna- "estaba agradecidísimo, nos decía que habíamos hecho mas de lo que debíamos".
"Ninguno sabía con exactitud el motivo del incendio. Hubo una explosión en un motor en la sala de generadores. Y el comandante dio la orden de abandonar el buque, porque el incendio tomó los generadores y se quedó sin fluido eléctrico…
Fue tan rápido que no les dio tiempo a nada. Se accionaron todos los sistemas, pero no hubo caso". Ayer a la madrugada, poco después de las 3, el Magritte amarró en el Piedrabuena y los náufragos se abrazaron con los tripulantes del pesquero. Con el alivio de sentirse en tierra firme; y con el agradecimiento que puede sentir cualquier persona para quien le salvó la vida.
14/04/07
EL CHUBUT
