Algo para festejar, mucho para hacer.
Algo para festejar, mucho para hacer.
La semana pasada las autoridades pesqueras detectaron en Puerto Madryn y Mar del Plata importantes subdeclaraciones de merluza, que pretendían ser descargadas como especies diferentes. Los operativos, que fueron monitoreados directamente por la Dirección Nacional de Coordinación Pesquera, pusieron de relieve las insuficiencias y problemas de transparencia de los controles pesqueros en tierra y en el mar. En el caso de Puerto Madryn, el caso detectado, en un buque congelador de procedencia española, es aún más grave porque se trata de producto congelado y empacado, listo para exportación, lo cual podría configurar un intento de contrabando, y se habrían detectado otros dos buques más a punto de entrar en puerto.
La noticia es alentadora, porque así como hay un consenso generalizado en reconocer ciertos logros en la gestión de la pesquería de merluza (funciona efectivamente el control satelital, hay mayor previsibilidad anual, comienza a funcionar la Comisión de Control de las Descargas, el recorte de los cupos de un 11% tiene efecto), los hechos imponen asimismo una realidad del recurso que demuestra que esos esfuerzos son insuficientes para asegurar la sustentabilidad.
Todavía no han conocido la luz del día los informes del INIDEP de este año que confirmarán un deterioro importante de la salud de ambos stocks de merluza, pero los viajes de pesca verifican que, excepto en el Golfo San Jorge, los porcentajes de juveniles son muy bajos, lo que corrobora el mal reclutamiento de este año. Ello es muy preocupante, tomando en cuenta el bajo nivel de biomasa reproductiva en condiciones de generar mejores reclutamientos en próximos años.
En esos informes todavía no emitidos surgirá la necesidad de recortar de nuevo los desembarques de cada buque. Pero la medida gozaría de muy escaso consenso en el sector, que reclama, con razón, que primero se tapen todos los agujeros del sistema de control por donde se escapan las merluzas que nadie registra. "Si no se procede de esa manera, los que pagamos el precio de la salud del recurso somos siempre los que menos mentimos", expresan, con fastidio.
El primer agujero es una picardía habitual en las descargas: hasta un 10 por ciento de subdeclaración es tolerado por las autoridades basado en que los buques fresqueros no tienen balanza a bordo y el capitán estima el tonelaje capturado en base a volúmenes (cajones) y el criterio es correcto. Pero una vez establecido el peso real de la descarga en muelle, la autoridad no descuenta de la cuota esa cifra sino lo declarado en el parte de pesca. De esa manera todos los buques autoincrementan su cuota en un 5-10 %, lo cual anualmente representa alrededor de 25 mil toneladas de merluza. La solución es obvia y muy sencilla.
El segundo agujero es más grave: con la complicidad de algunos inspectores a bordo e inspectores de muelle se declaran unas especies por otras. En Puerto Madryn, como se ha demostrado en el caso de la semana pasada, la merluza de cola es el disfraz favorito para algunos buques congeladores. En Mar del Plata es más variado.
No todos practican este deporte, que hasta ahora no ha sido demasiado peligroso, y los que juegan en las ligas mayores son bastante conocidos y se cuentan entre los "enganchados" de la semana pasada.
Es difícil de cuantificar, pero es posible que este negocio de unos pocos, en esos dos puertos solamente, le cueste al patrimonio natural de todos los argentinos por lo menos unas 50 mil toneladas de merluza. La Comisión de Control de las Descargas, con participación del sector privado como auditor cruzado de los desembarques, puede contribuir a resolver esto, pero debe ser fuertemente respaldada por las autoridades de Pesca y Prefectura con información transparente en tiempo y forma, y seguridades físicas.
Operativos como los de la semana pasada son alentadores, pero deben tener consecuencias claras y continuidad para generar confianza y conductas adecuadas en los actores del sector.
Tercer agujero: Rawson. Cupo asignado, alrededor de 10 mil toneladas. Descargas declaradas en 2005 sin ninguna consecuencia legal: alrededor de 25 mil toneladas. Descargas confesadas por un dirigente en entrevista periodística: 35 mil toneladas. Ante la intención manifiesta de efectuar una auditoria en el lugar, se profirieron amenazas y la auditoria quedó sin efecto.
Habrá que blanquear un número, ¿digamos 18 mil toneladas? Y no moverse de ahí le pese a quien le pese. Para ello, además de mejorar el control de la descarga, habrá que regular el esfuerzo (días de pesca por buque) durante la temporada de verano en Isla Escondida, una zona de reproducción, ya que la flota de Rawson y Caleta Córdova, originalmente compuesta por pequeñas embarcaciones de madera, ha progresado y reemplazó en su mayoría esos buques por otros de acero, con mayor navegabilidad, seguridad y habitabilidad, pero también de mayor capacidad de pesca. De esa manera se podrían preservar 17 mil toneladas de reproductores.
En Comodoro Rivadavia tenemos un cuarto agujero. Allí la flota fresquera que opera en el Golfo San Jorge suele toparse con densos cardúmenes de juveniles que, en su mayoría, son descartados. Doble crimen en tiempos de reclutamientos pobres. Con medidas de control adecuadas desde embarcaciones de Prefectura, asegurando el uso de artes selectivas y el cambio de zona en tiempo y forma para evitar esas concentraciones podrían rescatarse al menos 10 a 15 mil toneladas de merluza juvenil, unos 50 millones de peces, muchos de los cuales podrán llegar a la adultez y contribuir al proceso reproductivo y a la recuperación del recurso.
Los descartes de juveniles son, en general, un gran problema. Tienen menor valor comercial y eso incentiva a las tripulaciones a preferir los ejemplares más grandes, ya que sus ingresos están relacionados con el volumen y el tipo de pescado que traen. Este sistema remunerativo debería ser reemplazado en algún momento por otro que incentive la calidad y que no discrimine tamaños. Ello contribuiría a crear un clima favorable para el uso de artes de pesca selectivos.
El uso de la tecnología disponible para determinar zonas de pesca y horas de arrastre debería reemplazar las declaraciones, casi siempre falsas, de los partes de pesca. Y el entrenamiento del ojo de los funcionarios de SENASA y Aduana, así como el control cruzado de esos organismos, los de Pesca y la AFIP, deberían complementar los de la descarga a fin de minimizar el impacto de los circuitos de comercialización en negro y el contrabando.
Si con estas medidas, que representarían un "ahorro" de 100 a 150 mil toneladas de merluza, los stocks no dan señales de recuperación, habrá llegado el momento de consensuar nuevos recortes de las cuotas, que a su vez deberán estar acompañadas por medidas económicas desde el Estado, que apoyen a los trabajadores y los empresarios durante el período de recuperación del recurso.
Un párrafo aparte merece la política de investigación pesquera. El uso de tecnología para asegurar la veracidad de la información, el incremento de la cantidad de observadores a bordo, la mejora del muestreo de los desembarques, la realización de las campañas en tiempo y forma, la independencia científica del equipo de evaluadores –libre de presiones políticas- y la revisión periódica por pares son condiciones básicas para saber mejor qué esta pasando bajo el agua con este importantísimo recurso pesquero argentino. Y al mismo tiempo para determinar metodologías de manejo más adaptativas y en tiempo real.
Esto es lo urgente. Pero en el mediano plazo deberá pensarse un plan de reducción o reorientación de la sobrecapacidad de pesca y de procesamiento. Valor agregado, acuicultura, especies subexplotadas (algunas quedan) deberían formar parte de un paquete de incentivos dentro de una política económica para el sector que tendrá que incluir la financiación de la remoción del exceso de capacidad e incentivos para el reemplazo de unidades obsoletas por modernas naves de igual o menor capacidad de pesca.
Comisión Directiva de CeDePesca
12 de Junio de 2007
12/06/07
CEDEPESCA
