Más riesgo para las ballenas

Pocos animales generan más simpatía que las ballenas. Año tras año, muchos argentinos se acercan a ellas cuando éstas llegan a la costa para aparearse en aguas del Golfo Nuevo.

Pocos animales generan más simpatía que las ballenas. Año tras año, muchos argentinos se acercan a ellas cuando éstas llegan a la costa para aparearse en aguas del Golfo Nuevo.

En algunos jóvenes, ese contacto directo con la naturaleza ha crecido, hasta transformarse en una suerte de liturgia. Por eso, muchos seguimos de cerca las conversaciones internacionales que tienen que ver con los esfuerzos para evitar que las ballenas se extingan, como consecuencia de la caza implacable de los balleneros japoneses, islandeses y noruegos, que hoy son los únicos que las persiguen, cazando unas 1500 al año para la alimentación y la industria farmacéutica. Aprovechan pícaramente algunos resquicios legales y, disfrazados de investigadores científicos, las terminan llevando a las mesas de unos pocos privilegiados. La reunión anual de la Comisión Ballenera Internacional -esta vez en la bucólica Agadir, en Marruecos-, a la que fueron invitados los ochenta y ocho miembros del organismo, había generado expectativa. Más que eso, preocupación, porque podía llegar a fracasar. Y así fue. Las posiciones de las partes estuvieron tan distantes que no hubo posibilidades de entendimiento alguno. La moratoria dispuesta en 1982 para proteger a las ballenas no pudo ser reemplazada por un régimen de diez años, promovido por el eficaz diplomático chileno Cristián Maquieira, presidente de la Comisión, que hubiera permitido continuar con la caza comercial, pero con límites y cupos decrecientes y bajo un estricto control. Por eso, la protección a las ballenas está ahora en serio peligro.

La caza de la ballena incluye, recordemos, a las aguas antárticas, en las que Japón da muerte bárbaramente a cientos de ballenas cada año. Ese país, intransigente, no quiso acordar un límite a esas actividades balleneras y, menos aún, suscribir un eventual proceso que, en el tiempo, pueda llegar a prohibir la caza. Y las conversaciones por ende naufragaron.

Mientras tanto, Australia está demandando formalmente a Japón ante la Corte Internacional de Justicia para evitar que la caza de las ballenas incluya las aguas del océano en torno de la Antártida, a las que pretende transformar en santuario para los cetáceos. La Argentina, que presentó una nueva propuesta en Agadir para que se cree un santuario ballenero austral, debería considerar unirse a ese esfuerzo judicial, sumándose al reclamo y procurando incluir en el mismo a las aguas del Atlántico Sur.

Japón, por su parte, no cede en sus pretensiones y ha sido formalmente acusada por un conocido diario británico de comprar los votos de algunos pequeños Estados que pertenecen a la Comisión, para así asegurarse de que las propuestas conservacionistas no se aprueben. Lo que Japón ha negado.

Lo sucedido pone ciertamente a la protección de la ballena en clara zona de riesgo. Y hoy más que nunca.
Por Emilio J. Cárdenas

02/07/10
LA NACION

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