Como si pendiese sobre ellos alguna maldición bíblica, los marineros gallegos han vuelto a ser expulsados, esta vez, en Mauritania, de otro de los mares que solían arar con la proa de sus barcos.
Como si pendiese sobre ellos alguna maldición bíblica, los marineros gallegos han vuelto a ser expulsados, esta vez, en Mauritania, de otro de los mares que solían arar con la proa de sus barcos.
Las imágenes del regreso de la flota rendida son una muy gráfica metáfora del desguace que viene sufriendo desde hace décadas la escuadra de pesca que Galicia llegó a desplegar en los siete océanos del mundo.
Es así como los muelles de esta que un día fue potencia marinera se van llenando lentamente pero sin pausa de viejos y jóvenes lobos de mar: gentes que no encuentran su sitio en tierra y se marean por falta de barcos en los que hacer pie firme.
De Mauritania, como de tantos otros lugares, han tenido que irse por la mala cabeza de la Unión Europea, que es burocracia de secano y está pez en estos asuntos de agua y salitre tan perentorios para un país con vistas a dos mares como Galicia. Infelizmente es la UE, que tanto beneficio nos trajo en otros aspectos, la que tiene el dominio exclusivo de las negociaciones en una actividad periférica a sus intereses, de la que no entiende y, lo que es peor, acaso no quiera entender.
Cierto es que en Bruselas, famoso puerto, se están limitando a rematar una faena de desguace que comenzó mucho tiempo atrás con la parcelación de los mares del mundo. Estados que a menudo no controlaban siquiera su espacio terrestre comenzaron a extender hace algunas décadas sus dominios fronterizos a zonas cada vez más anchas de su litoral: y la Galicia profusa en barcos pagó más que nadie el precio.
Dueños del mar tras las sucesivas expansiones de aguas territoriales, los Estados han dejado a los marineros sin las praderas de oleaje en las que solían ejercer sus artes de pesca. Fue una historia de desahucios. Primero los echaron de Terranova; luego de las costas de Latinoamérica; después limitaron su presencia en el Gran Sol donde los peces hablan en lengua galiciana según dejó dicho Álvaro Cunqueiro; y por último (pero no lo último) fueron desalojados de las aguas del Sahara usurpadas por Marruecos. Ahora es Mauritania la que ha dejado mallados como pulpos a los tripulantes de la flota cefalopodera que echaba las redes en aquellas aguas.
Puede que este sea el final de una larga odisea sobre la que no vale la pena desgranar pormenores. Arrojados a tierra por los marroquíes, acosados y detenidos en Irlanda, perseguidos por las patrulleras de Canadá durante la guerra del fletán, secuestrados en el Índico y (por si todo ello no bastase) tachados de depredadores por los ecologistas, los marineros gallegos empiezan a ser una especie en vías de extinción.
La mar era el último reducto de los hombres libres que siempre preferirán la caza al cultivo de peces, aunque esa visión levemente romántica de uno de los más duros trabajos del mundo haya perdido ya todo su sentido. El tránsito del cazador al agricultor que en tierra se produjo hace miles de años está a punto de repetirse ahora en el negociado de las aguas marinas. Ese parece ser el futuro, por más que cueste imaginar la reconversión de los bravos y expertos tripulantes de la flota gallega en marineros de piscifactoría.
Quedaba una última esperanza de que la UE mirase con algún mimo por nuestros intereses, pero también esa ilusión acaba de irse a pique en Mauritania. A la otrora poderosa flota pesquera de Galicia ya solo se le reserva la melancolía de los muelles
16/06/2012
FARO DE VIGO.ES
