Las rutas del nitrato y el guano de Sud América

Las rutas del nitrato y el guano de Sud América

El sitio Historia y Arqueología Marina (Histarmar) presentó a sus lectores una recopilación de capítulos referidos a la explotación del nitrato y el guano en el Pacífico frente a las costas de  Chile del cual reproducimos un capítulo, Tormentas, Tsunamis y Terremotos.

El sitio Historia y Arqueología Marina (Histarmar) presentó a sus lectores una recopilación de capítulos referidos a la explotación del nitrato y el guano en el Pacífico frente a las costas de  Chile del cual reproducimos un capítulo, Tormentas, Tsunamis y Terremotos.

Carlos Mey, webmaster de Histarmar, un sitio muy completo de historia marítima al cual NUESTROMAR accede frecuentemente,   es el autor del trabajo, generosamente ilustrado con poco conocidas fotografías y una base de datos para quienes quieran profundizar en el tema.

Tormentas, Tsunamis y Terremotos

La costa Oeste de Sud América era propicia a accidentes naturales como terremotos y su terrible consecuencia, los Tsunamis o maremotos. Tormentas las había, y muchas, pero generalmente en el Cruce del Cabo de Hornos, aunque a veces ocurrían huracanes como el del 2 de Junio de 1903, en Valparaíso, cuando muchos buques fueron empujados a la costa, como el Foyledale, abajo, encallado y ya una perdida total.

  

¿Qué es un Tsunami?
Un tsunami es una serie de ondas con un periodo que oscila entre olas de 10 minutos a una hora generadas por avalanchas, erupciones volcánicas o movimientos sísmicos repentinos del fondo del océano que se propagan a través del mar en distintas direcciones con una velocidad promedio de 800 kilómetros por hora, pudiendo llegar a recorrer grandes distancias. Estas ondas son imperceptibles desde a bordo de los buques en alta mar, y no pueden ser vistas desde el aire, pero a medida que llegan a aguas menos profundas, su velocidad de propagación disminuye y su tamaño o longitud de onda aumenta, alcanzando a veces alturas superiores a los 20 metros, que pueden causar pérdidas de vidas humanas y graves daños materiales, debido a su enorme energía cinética.

Puede ocurrir a cualquier hora del día o de la noche, después de haberse registrado un movimiento sísmico submarino que perturbe el volumen de agua de mar.

Los Tsunamis originados frente a las costas de chile, pueden impactar el borde costero más cercano dentro de los próximos 20 a 30 minutos de ocurrida la alteración oceánica, tiempo insuficiente para alertar a la población potencialmente afectada.

En caso que estos movimientos de la corteza terrestre ocurran a miles de kilómetros, se pueden originar tsunamis que demoraran varias horas en llegar a las costas, permitiendo a las autoridades responsables de los sistemas de emergencia, alertar oportunamente a la población.

Los últimos grandes tsunamis ocurridos en la costa de Arica datan de 1868 y 1877 respectivamente, los cuales dañaron gran parte del norte de chile y sur del Perú en aproximadamente 400 kilómetros de extensión.

En ambos casos el nivel de las aguas se elevo por sobre los 15 metros de altura, en atención a que la conformación del relieve submarino de Arica en forma de rampa, facilito la progresión de las olas tsunámicas tierra adentro, llegando en el sector de El Chinchorro a varar diversos buques anclados en la bahía, así como a destruir todas las instalaciones ubicadas cercanas al borde costero.

A contar de dichas fechas no se han experimentado fenómenos comparables por lo que esta región entro en un periodo denominado por los científicos como de "brecha sísmica".

Gösta Jörgen nos cuenta su experiencia en la Isla de Pescadores:

En vísperas de nuestra salida, ocurrió una grave calamidad. Fue durante un lindo día, en el que como siempre trabajábamos en las lanchas. De repente la voz del primero se oyó como un trueno: ¡que se alejen las lanchas del costado! ¡Todo el mundo listo en la cubierta!  Felizmente había visto una ola gigantesca que se acercaba hacia nosotros con gran rapidez. Pocos minutos después, el buque se levantó de una manera alarmante sobre la ola y provocó una tirantez enorme de la cadena del ancla. En ese preciso momento el primero ordenó a los marineros alistados en el castillo de proa, que aflojaran o dejaran caer poco a poco la cadena, usando el cabrestante como freno. La primera ola fue seguida por otras dos, pero éstas fueron menos alarmantes. Las maniobras durante esos minutos resultaron apasionantes. Bien acabadas éstas, hicimos volver a las lanchas y continuamos nuestro trabajo como si no hubiera ocurrido nada.

Nuestra admiración por el primer oficial era más profunda cuando, con toda calma dirigió las maniobras durante esos críticos momentos. Ante nuestros ojos, su gloria recobró el brillo que no se le veía desde "el asunto del alquitrán".

Quizá había una relación entre esto, y el hecho que no volvió a castigarnos nunca más. Menos suerte tuvo la bric-barca alemana "Lemkenhaven" de cuatro palos, que ancló no muy lejos de nosotros unos días antes de este incidente para esperar su turno de carga. Cuando ellos vieron la primera ola, era demasiado tarde para hacer algo. Su cadena de ancla se rompió de un tirón, y  la nave se estrelló contra las rocas de la isla. Tres marineros resultaron heridos y fueron trasladados a Callao en un bote de vela. Nunca llegué a saber lo que fué del "Lemkenhaven", porque salimos poco después de incidente.
Al salir, los que regresaron del Callao nos contaron que las olas fueron debidas a una gran erupción en el fondo del mar, y que habían causado muchos estragos en este puerto y a lo largo de la costa.

Al llegar a Londres, unos cuatro meses después, nos dijeron que estas olas se habian registrado en los institutos oceanográficos, después de haber recorrido la larga distancia desde Perú, pasando por Cabo de Hornos, hasta el norte de Europa.
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El terremoto de Arica de 1868
Información proporcionada por Alberto Rudolf de Bahia Blanca. Fuentes:
www.quipu.uta.cl/sismologia   y www.rescate.com

  

Grabado de la Estación de FFCC de Arica en 1860 (Archivo Municipal de Arica)

  

Iglesia de San Marcos (foto Archivo Municipal de Arica)

El tsunami de 1868
En 1868, la ciudad fue prácticamente destruida en su totalidad por un terremoto de 8,5 grados de magnitud aproximadamente y posterior maremoto de olas de 7 a 10 metros. El fenómeno se repite nuevamente, esta vez con epicentro en las costas cercanas a Iquique en 1877; esto no hace desmerecer la destrucción dejada en esta ciudad por la sacudida como por las olas que llegaron hasta los 14 metros en esta ocasión.

 El 13 de Agosto de 1868, nada hacía presagiar a los habitantes de esta ciudad, que la quietud a que se hacía mención, se vería interrumpida por un violento terremoto y maremoto. La destrucción y muerte, asolaría a una ciudad que con esfuerzo buscaba su crecimiento. 

  

Arica en 1868. El crecimiento urbanístico de la ciudad, hacia el año 1868, conformaba un núcleo poblacional de no más de 25 manzanas. La ciudad por el Norte, contaba con una calle definida: "Alameda", hoy llamada 18 de Septiembre. Por el oriente, con calle "Las Mercedes", actualmente llamada Cristóbal Colón. Con un sector de casas dispersas hacia Baquedano formando nuevas manzanas. Hacia el Sur, la ciudad estaba limitada por la calle "La Matriz", actual San Marcos. Por el poniente alcanzó hasta la orilla del mar con la calle "Del Ferrocarril", lo que es hoy calle Máximo Lira y Parque de la Aduana.

(Nota del webmaster: Debemos aclarar que este sismo y maremoto ocurrieron cuando aún Arica era parte del territorio Peruano y no había sido conquistado a la fuerza por Chile. Por ello muchos nombres de calles han cambiado de su denominación original.)

  

Este es un plano de Arica hacia 1902 con sus 56 manzanas. El censo de 1895 arrojaba 2.853 habitantes. Sus edificios principales eran: La Iglesia de San Marcos, el Edificio de la Aduana, las Oficinas del Gobierno, la Casa Bolognesi (hoy alberga el Consulado del Perú, fue el cuartel y alojamiento del general peruano durante la Guerra del Pacífico), y el Mercado. Además existía el Ferrocarril a Tacna.

Un testigo presencial
El maremoto que asoló a Arica el 13 de agosto de 1868, es un acontecimiento que, no obstante el tiempo transcurrido, aún concita interés, dada su magnitud y la increíble aventura protagonizada por el USS “Wateree”. Lo han mencionado escritores como Alfredo Wormald Cruz, en "Frontera Norte" y Luis Urzúa Urzúa, en "Arica, Puerta Nueva". Fue tomado en el libro "Los terremotos Chilenos" de Patricio Manns, Editorial “Quimandú”, Recientemente, la prensa y televisión lo han vuelto a poner sobre el tapete. Por lo general, la fuente de información para estos artículos está en el relato hecho del luego contralmirante L. G. Billings, de la Armada de los Estados Unidos de Norteamérica, publicado por el National Geographic Magazine en enero de 1915. 

Luther Guiteau Billings nació en New York el 27 de diciembre de 1842. Ingresa a la US Navy el 24 de octubre de 1862, participó en la guerra civil norteamericana. Formaba parte de la oficialidad del USS “Wateree” en Arica (entonces Perú) en agosto de 1868. El 29 de junio de 1906 fue promovido a contralmirante, pasando a revistar en retiro efectivo. Falleció el 30 de diciembre de 1920 en Eagle Rock, California.

  

Visión del desastre de Arica (Ilustrated London News, agosto 1868)

Billings formaba parte de la dotación del “Wateree” y, por lo tanto, fue testigo presencial de los hechos que narra. El “Wateree” -lo describe Billings-, era de la clase de buques construidos al término de la guerra civil estadounidense para navegar los ríos del sur de ese país. Era de doble timón, teniendo uno a cada extremo (double-ender) y de fondo plano.

En 1868 se hallaba de servicio en el Pacífico Sur, arribando a Arica con el buque-almacén “Fredonia” al remolque (USS “Fredonia”, botado en 1845, adquirido el 14 de diciembre de 1846, comisionado el 5 de enero de 1847. Decomisionado el 18 de enero de 1851, recomisionado en 1852, hundido el 13 de agosto de 1868. Desplazamiento 800 toneladas, eslora 49,00 metros, manga 10,00 metros, calado 2,00 metros. Propulsión a velas. Ve3locidad variada. Tripulación 37. Armamento 4 carronadas de 24 libras), para evitar la fiebre amarilla declarada en El Callao y Lima. Su amurada, donde estaban los cañones, podía, para el empleo de aquellos, abatirse hacia afuera, casi a ras de cubierta y en aproximadamente dos tercios de su extensión. Al comienzo del maremoto, cuando el mar se retiró, las embarcaciones surtas en la bahía quedaron depositadas en el lecho seco del océano, los de quilla, tumbados; el “Wateree”, adrizado sobre su base plana. El comandante ordenó abatir los portalones de las amuras y cerrar las escotillas, de modo que la gran ola que posteriormente los cubrió, pudo escurrir desde cubierta sin inundar la nave, permitiendo que ésta saliera a flote.

El artículo de Billings, publicado cuarenta y seis años después de los hechos, consigna, equivocadamente, el día 8 de agosto como fecha del maremoto, lo que ha inducido, a algunas publicaciones posteriores, a incurrir en error, pero constituye el singular relato de aquel acontecimiento visto desde cubierta. En el puerto se encontraban también la corbeta peruana “América”, la barca inglesa “Charnasilla” y  otra docena de embarcaciones:  

"Hacia las cuatro de la tarde me encontraba en la cabina del comandante cuando nos sobresaltamos, pues el barco vibraba como cuando se deja caer el ancla y la cadena gime en los escobenes. Seguros de que no podía tratarse de esto, corrimos hacia el puente. Atrajo nuestra atención una nube de polvo que avanzaba desde el sureste por tierra, al mismo tiempo que crecía la intensidad del ruido. Ante nuestros ojos estupefactos las colinas parecían tambalearse, y el suelo se agitaba igual que las pequeñas olas de un mar picado".

"La nube de polvo envolvía ya a Arica. Al mismo tiempo se elevaban a través de su impenetrable velo los gritos de socorro, el estruendo de las casas que se derrumbaban y la mezcla de los mil clamores que se producen durante una calamidad. Mientras tanto, nuestro barco se sacudía como tomado por una mano gigantesca. Después, la nube cruzó sobre nosotros".

"A medida que el polvo se disipaba, nos frotábamos los ojos y mirábamos sin poder creer lo que veíamos en el sitio donde segundos antes se encontraba una ciudad feliz y próspera, diligente de actividad y vida, sólo veíamos ruinas entre las que se debatían los heridos menos graves de todos, los infortunados prisioneros de las ruinas de sus propias casas; gritos, aullidos de dolor y llamadas de auxilio rasgaban el aire, bajo un sol sin piedad que brillaba en el cielo sereno".
           
"Temerosos por la llegada de un maremoto, mirábamos hacia el mar abierto; pero el mar estaba tranquilo y se podía creer que los cuatro o cinco minutos que acabábamos de vivir, así como el desolado espectáculo al que volvíamos momentáneamente la espalde, habían sido una pesadilla. Por prudencia, el comandante hizo fondear las anclas suplementarias, cerrar las escotillas, amarrar los cañones, poner alambreras".  

"En tierra, los sobrevivientes atravesaban mientras tanto la playa y se apiñaban en el pequeño malecón, llamando a las tripulaciones de los barcos para que ayudaran a sacar a sus parientes de las confusas ruinas y transportarlos a la aparente seguridad de los barcos anclados. Esto era más de lo que podíamos soportar, así que de inmediato bajamos la lancha con trece hombres a bordo. Alcanzó la ribera y la tripulación desembarcó de inmediato, dejando solamente un marinero de guardia en la embarcación. Mientras tanto, abordo tratábamos de  organizar un equipo armado de palas, hachas y zapapicos, cuando un rumor atrajo nuestra atención; al volver los ojos a tierra vimos con horror que el lugar en el que se encontraba el muelle lleno de seres humanos, había sido tragado en un instante por la repentina subida del mar, mientras que nuestro navío, flotando sobre la superficie, no lo había notado. Veíamos asimismo la lancha con sus tripulantes arrastrados por la irresistible ola hacia el alto acantilado vertical del Morro, en donde desaparecieron entre la espuma formada por la ola al romper sobre las rocas".
   
"En ese mismo momento se produjo una nueva sacudida sísmica, acompañada en la ribera de un terrible rugido que duró algunos minutos. Vimos nuevamente ondular la tierra, moverse de izquierda a derecha, y esta vez el mar se retiró hasta hacernos encallar y descubrir el fondo del océano, mostrando a nuestros ojos lo que jamás se había visto: peces que se debatían entre las rocas y monstruos marinos embarrancados. Las embarcaciones de casco redondo rodaban sobre sus costados, mientras que nuestro “Wateree” se posó sobre el fondo plano. Cuando volvió el mar, no como una ola sino más bien como una enorme marea, hizo rodar a nuestras infortunadas naves compañeras con la quilla arriba del mástil, mientras que el “Wateree” se levantó ileso sobre las agitadas aguas".    

  

"A partir de ese instante, el mar pareció desafiar todas las leyes de la naturaleza. Diversas corrientes se precipitaban en direcciones opuestas y nos arrastraban a una velocidad que jamás hubiéramos alcanzado, aunque marchásemos a todo vapor. La tierra temblaba continuamente, en intervalos regulares, cada vez con menos violencia y durante menos tiempo".
   
"El acorazado peruano “América”, el más veloz de su tiempo, continuaba a flote, así como el navío norteamericano “Fredonia”. El “América”, que había intentado llegar a mar abierto a toda la velocidad de sus máquinas antes de la retirada del mar, se hallaba parcialmente en seco, con el casco desfondado. En ese momento la ola lo arrastraba a gran velocidad hacia la ribera mientras sus chimeneas vomitaban un espeso humo negro y parecía ir en socorro del “Fredonia”, que, gravemente averiado, era empujado hacia los acantilados del Morro de Arica. Creyendo que esas eran sus intenciones, el comandante Dyer, del Fredonia, corrió a la proa del barco y gritó hacia el acorazado, que se encontraba sólo a unas yardas de distancia:"¡No pueden hacer nada por nosotros, nuestro casco está roto! ¡Sálvense! ¡Adiós!" Un momento después el “Fredonia” se estrelló contra el acantilado y nadie se salvó, mientras que una corriente contraria tomó milagrosamente al navío peruano y lo arrastró en otra dirección".

"Los últimos rayos del sol iluminaban los Andes cuando vimos con horror que las tumbas, sobre la pendiente de la montaña de arena, en la que los hombres de la antigüedad enterraron a sus muertos, se habían abierto, y, colocadas en filas concéntricas, como en un anfiteatro, las momias de los aborígenes muertos aparecían de nuevo a la superficie. Habían sido enterradas sentadas frente al mar. Estaban sorprendentemente conservadas gracias al salitre que impregnaba el suelo; las violentas sacudidas que habían disgregado esa tierra seca y desértica descubrían una espantosa ciudad de muertos, enterrados hacía largo tiempo".

"Las palabras son incapaces de describir el aterrador espectáculo de la escena. Impresionados por los momentos que acabábamos de vivir, creímos que había llegado el día del Juicio Final y que la Tierra iba a desaparecer; la amargura de una muerte tan aterradora era mayor de lo que podíamos imaginar".

"La noche había caído hacía largo tiempo cuando el vigía gritó sobre el puente para anunciar que una ola gigantesca se aproximaba. Escrutando la oscuridad percibimos primero una débil línea fosforescente que, como un extraño espejismo, parecía subir cada vez más hacia el cielo; su cresta, coronada por la lúgubre luz de un resplandor fosforescente, revelaba siniestras masas de agua negra que se agitaban por debajo de ella. Anunciándose con el estruendo de miles de truenos que rugían al unísono, el maremoto que temíamos desde hacía horas había llegado finalmente".

"De todos los horrores, éste parecía ser el peor. Encadenados al fondo, incapaces de escapar, habiendo tomado todas las precauciones humanamente posibles, no podíamos más que ver llegar la monstruosa ola, sin siquiera el sostén moral de poder hacer algo, ni la esperanza de que el navío pudiese pasar a través de  la masa de agua que avanzaba para destrozarnos. Lo único que nos quedaba era sujetarnos a los barandales y esperar la catástrofe".

  

El edificio, que en la fotografía en parte se mantiene en pie, corresponde a la Iglesia Matriz que  levantara Baltazar Farfallares. En el mismo lugar, poco tiempo después, se levantó la actual catedral de San Marcos de Arica (foto Archivo Municipal de Arica)
           
"En medio de un estruendo aterrador, nuestro barco fue tragado, enterrado bajo una masa semilíquida, semisólida de arena y agua. Permanecimos sumergidos faltándonos el aire durante una eternidad; después, con un gemido de toda su armazón, nuestro sólido “Wateree” se abrió un camino hacia la superficie con su jadeante tripulación sujeta aún de sus barandillas. Algunos hombres estaban gravemente heridos; ninguno había muerto, no faltaba nadie. Había sido un milagro en el que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, me es difícil creer".
           
"Ciertamente nuestra supervivencia se debió a la línea y a la forma del barco, que había permitido que el agua escurriera del puente en forma tan rápida como si se tratara de una balsa".
           
"El navío había sido transportado a gran velocidad y rápidamente se inmovilizó. Tras esperar unos minutos, bajamos una linterna desde a bordo, y descubrimos que habíamos encallado. No sabíamos en dónde. Algunas olas menos violentas se estrellaban contra nosotros, después todo cesó. Durante algún tiempo permanecimos en nuestros puestos, pero como el barco seguía inmóvil, se dio la orden a la agotada tripulación para que fuera a dormir".

"El sol se levantó sobre una escena de desolación como pocas veces pudo contemplarse. Estábamos en seco, a tres millas del sitio en que habíamos anclado y a dos milla tierra adentro (unos 3,5 kilómetros). La ola nos había transportado a una velocidad increíble por encima de las dunas de arena que bordean el océano, a través de un valle, y más allá de la vía del ferrocarril que va a Bolivia, para abandonarnos al pie de la cadena costera de la cordillera de los Andes. Ahí, sobre el acantilado casi vertical, descubrimos el rastro que la ola del maremoto, a unos 47 pies de altura (unos 15 metros), había dejado. Si la ola nos hubiera arrastrado 60 pies más adelante, nos habría estrellado contra el muro perpendicular de la montaña."
           
"Cerca de nosotros yacían los restos de un velero inglés de tres palos, el “Carnasilla”; una de las cadenas del ancla se arrollaba alrededor del navío tantas veces como su longitud lo había permitido, mostrando así que el barco había rodado varias veces. Un poco más lejos, rumbo al mar, el acorazado América estaba destrozado, recostado sobre uno de sus flancos."

  

"Los terremotos continuaron durante los siguientes días, pero ninguno alcanzó ya la violencia ni la duración del primero; sin embargo, algunos eran lo suficientemente severos para sacudir al “Wateree” hasta hacerlo vibrar como una vieja tetera, así que nos vimos obligados a abandonar el navío para acampar en la meseta, 200 pies más arriba. Desde allí pudimos contemplar el efecto desastroso de las sacudidas en la topografía. En algunos sitios encontramos fisuras inmensas, una de las cuales alcanzaba más de 100 pies de ancho (35 metros), con profundidades desconocidas; otras no eran más que simples cuarteamientos y desgarraduras. Aquí y allá descubrimos la prueba da la desesperación de la gente durante su huida: recuerdo, por ejemplo, el cadáver de una mujer montado sobre un caballo muerto, los dos tragados por una grieta cuando trataban de escapar para salvar la vida".
           
"La ciudad misma había desaparecido y en su lugar se extendía una llanura de arena sólida. Exceptuando los barrios adosados a la montaña, no quedaba ninguna casa que señalara el sitio en que estaba levantada Arica. Todas las construcciones hechas con tabiques suaves, llamados "adobes", habían sido destruidas por el mar. En los barrios situados abajo del nivel alcanzado por el agua, caminábamos sobre un horrible amontonamiento en el que todo se mezclaba, incluyendo los cadáveres, bajo una altura de 20 ó 30 pies".
           
"De los diez o quince mil habitantes que tenía Arica, sólo sobrevivieron unos cuantos centenares de infortunados. Durante las tres largas semanas que esperamos la llegada de los primeros auxilios, compartimos con ellos las provisiones y el agua potable del “Wateree”. Renuncio a describir nuestra emoción cuando finalmente la vieja fragata “Powhatan”, de la Marina de los Estados Unidos, apareció en la rada con la cala y el puente sobrecargado de todas las provisiones, de todos los víveres posibles."
Este es el relato del oficial L. G. Billings, del navío de bandera norteamericana “Wateree”, que junto al “Fredonia”, la corbeta peruana “América” y a otra docena de embarcaciones se encontraban anclados en la rada de Arica, a la sazón bajo dominio peruano, la tarde del 13 de Agosto de 1868.

Otro testigo presencial
John Gallaher K. (miembro del directorio del “Museo Fonck” de Viña del Mar) rescata otro testigo presencial, de difusión menos conocida, que nos ofrece las impresiones desde tierra de uno de los residentes de Arica.

El "Star and Herald", periódico panameño en idioma inglés, con fecha 5 de septiembre de ese mismo año, publica una carta escrita por el agente en Arica de la Co. Inglesa de Vapores, G. H. Nugent, que ofrece su visión de aquel acontecimiento, y que aquí reproducimos en una traducción libre:

"Es inoficioso -dice Nugent- entrar en otras materias, ya que escribo bajo el peso de un gran dolor. Arica no existe más”.

“Alrededor de las cinco de la tarde del día trece, se produjo un horrendo terremoto. Apenas tuve tiempo para sacar a mi esposa e hijos a la calle, cuando la totalidad de los muros de mi casa cayeron; caer, apenas si es el término apropiado, ya que fueron lanzados para afuera, como si me los hubiesen escupido. Al mismo tiempo se abrió la tierra eruptando polvo, seguido por un espantoso hedor como a pólvora. La atmósfera se obscureció y yo no podía ver a mi esposa con los niños a dos pies de distancia. Si esto hubiese durado algún tiempo nos habríamos sofocado, pero en cuestión de un par de minutos se despejó y, recolectando mis bienes domésticos, me dirigí hacia los cerros”.

“Es un misterio cómo logramos pasar entre casas que se derrumbaban, donde vimos a personas, unas muertas, otras mutiladas, pero una Providencia misericordiosa nos protegía. Proseguimos nuestro triste camino en dirección a los cerros con la tierra sacudiéndose, lo que nos obligaba a avanzar a trastabillones, como ebrios, cuando un gran clamor se dejó oír -"el mar se ha retirado"”.

 

La ciudad destruida. Otro ángulo de la ciudad asolada por el sismo del año 1868 (foto Archivo Municipal de Arica)

“Apuré el paso y en cuanto alcancé la periferia del pueblo, miré para atrás y vi todos los buques en la bahía arrastrados irresistiblemente mar adentro, a una velocidad probable de diez millas por hora. En pocos minutos la increíble resaca se detuvo; entonces surgió una inmensa ola, calculo que de unos cincuenta pies de altura, que entró con una furia incombatible, arrasando con todo por delante en su espantable grandeza. A la totalidad de las embarcaciones las trajo de vuelta, a veces girando en círculos, pero en rauda carrera a su inevitable destino”.

“Entretanto, la ola había llegado: impactó el molo, atomizándolo; se tragó mi oficina como si fuera el bocado de un gigante y, en su rugiente progreso, se tragó la Aduana y siguió su curso a lo largo de la calle arrasando con todo. Los restos de mi morada desaparecieron rápidamente, mis lanchas ya habían desaparecido hacía rato y así se completó mi ruina. Observaba sin aliento aquella tétrica visión, pero dándole gracias a Dios que se me preservara la vida a mí y a mis seres queridos”.

“Cada segundo parecía una existencia. Al mirar el océano, vi los buques aún avanzando hacia la catástrofe y en cuestión de minutos todo se había acabado”.

  

Zona del Chinchorro luego del tsunami (foto Archivo Municipal de Arica)

“Todas las embarcaciones se encontraban o bien varadas, o volteadas con su quilla para arriba. El vapor de guerra peruano América, perdió alrededor de ochenta y cinco personas. El vapor de los Estados Unidos “Wateree”, se salvó con la pérdida de una sola vida; llevado sobre las olas quedó como a un cuarto de milla tierra adentro, desde la vía férrea. El “Fredonia”, buque-almacén norteamericano, se hallaba con su quilla para arriba, con toda su tripulación muerta (a excepción del capitán, cirujano y oficial pagador que, estando en tierra, se salvaron)”.

“La barca inglesa “Chañarcillo” (sic), de Liverpool, yacía bien adentro de la playa y también los restos de un casco, la mitad de cuya tripulación pereció. Una barca norteamericana cargada de guano fue engullida y no ha dejado rastro que indique su suerte. El último de esta infortunada flotilla, un bergantín peruano, fue depositado en la línea férrea, al parecer sin la pérdida de un solo cable”.

“De lo que ha ocurrido desde entonces no viene al caso entrar en detalles. Casi dos días permanecimos en los cerros, sin abrigo ni alimentos, en un estado de continuo sobresalto, ya que los temblores no cesaban".

Resulta interesante agregar que la altura de la ola, que Nugent supone en 50 pies (15 metros), coincide aproximadamente con la información proporcionada en la obra "Estudio sobre los Temblores de Tierra" de Edmundo Larenas (Impr. de "El Republicano -Concepción- 1881), donde se indica que las olas que se abatieron sobre Islay e Iquique en esa misma ocasión, fueron de trece metros. "La primera sacudida -dice Larenas- causa del gran movimiento oceánico, parece tuvo su origen a la latitud de Arica, extendiéndose desde ahí hasta Lima por el norte (paralelo 12E, 2′) y hasta Copiapó por el sur (27E, 20′), esto es aproximadamente en un espacio de 2077 kilómetros de N. a S. Esto sucedió a las 5 de la tarde del día 13 de agosto; veinte minutos después una ola inmensa inundaba la playa de aquel puerto, le arrasaba junto con los de Iquique, Pisagua, etc. …).      

Tsunami de 1877
El 9 de Mayo de 1877, a las ocho de la noche, apenas nueve años después del terremoto relatado en las líneas anteriores, Arica fue nuevamente asolado por un gran terremoto y posterior tsunami de características similares. El buque “Wateree”, que había quedado 800 metros tierra adentro con el tsunami de 1868, fue devuelto a la playa. Hubo cuantiosos daños materiales y cinco personas murieron.
       
Iquique tembló durante dos minutos, originándose un feroz incendio en la parte sur de la ciudad y luego el tsunami hizo desaparecer muelles y bodegas matando a treinta trabajadores.
       
El principal puerto boliviano de la época, Cobija, que recién comenzaba a reponerse del terremoto de 1868 y de una epidemia de paludismo registrada en 1869, fue prácticamente borrada del mapa.
       
El terremoto derrumbó la mitad del pueblo y el tsunami acabó con lo que quedaba en pie, dejando una horrible escena de cadáveres flotando en las aguas que invadieron las calles. Nunca más pudo reponerse ya que fue considerado un pueblo maldito por los sobrevivientes y también por las autoridades bolivianas, quienes prefirieron posteriormente trasladar las actividades portuarias a Antofagasta.
       
Antofagasta fue inundada durante varias horas por grandes olas que arrancaron las casas de madera y las llevaron hacia la playa. Hubo grandes daños, pero la población pudo huir a tiempo hacia los cerros, por lo que no se registraron víctimas.
       
Hacia el sur hubo grandes marejadas que fueron observadas hasta Puerto Montt y Ancud.
       
También hubo repercusiones en Australia, Nueva Zelandia y Japón.

El fin del USS “Wateree”
El “Wateree” era un barco norteamericano que se encontraba anclado en la bahía de Arica el 13 de agosto de 1868, cuando un tsunami lo dejó tres kilómetros tierra adentro cerca del Cerro Chuño, en la Playa de los Chinchorros. Era un típico barco a vapor de fondo plano sin quilla construido en 1863 para servicio fluvial, tenía dos grandes ruedas de paletas laterales que usaba para impulsarse. 

El vapor quedó sobre la playa , sufrió poco daño y durante los años siguientes fue usado como hospital de emergencia, como hotel y finalmente como una bodega. El barco era de madera con el casco de hierro. El tsunami de 1877, terminó por destruirlo. La Armada lo utilizó para entrenamiento y tiro al blanco de sus destructores; hoy sólo queda parte de sus calderas. Fue declarado Monumento Nacional en 1984.

  

El USS “Wateree” encallado en la playa (foto National Archive USN)

  

El buque que se ve a la derecha de la imagen, junto al “Wateree”, es la corbeta "America" de nacionalidad peruana (foto National Archive USN) 

  

La fotografía, que muestra un sector costero, hacia las Chimbas, parte Norte, permite apreciar los barcos varados en los arenales, más allá de los bajos del Chinchorro, naufragados por el maremoto que sucedió al terremoto de ese mismo día (foto National Archives USN)

  

Restos de la corbeta peruana “América”, de reciente incorporación a la armada de su país (foto National Archives USN)

Vista actual de la costa de Arica desde el Morro (foto Archivo Municipal de Arica)

Hoy en día (Abril del 2009) nos cuenta el amigo Christian Alegría Farías, de Chile, que hay un monumento nacional alli, y lo que queda del vapor Wateree aún se conserva, con un cartel que indica su historia.

  

 

 

EL MAREMOTO DE ARICA DE 1868

Una versión diferente. Por John Gallaher K. Miembro del Directorio del "Museo Fonck" de Viña del Mar*

El maremoto que asoló a Arica el 13 de agosto de 1868, es un acontecimiento que, no obstante el tiempo transcurrido, aún concita interés, dada su magnitud y la increíble aventura protagonizada por el USS Wateree. Lo han mencionado escritores como Alfredo Wormald Cruz, en "Frontera Norte" y Luis Urzúa Urzúa, en "Arica, Puerta Nueva".

Recientemente, la prensa y televisión lo han vuelto a poner sobre el tapete. Por lo general, la fuente de información para estos artículos está en el relato hecho por el Contraalmirante L. G. Billings, de la Armada de los Estados Unidos de Norteamérica, publicado por el National Geographic Magazine en enero de 1915.

Billings formaba parte de la dotación del Wateree y, por lo tanto, fue testigo presencial de los hechos que narra. El Wateree -lo describe Billings-, era de la clase de buques construidos al término de la guerra civil estadounidense para navegar los ríos del sur de ese país. Era de doble timón, teniendo uno a cada extremo (double-ender) y de fondo plano. En 1868 se hallaba de servicio en el Pacífico Sur, arribando a Arica con el buque-almacén Fredonia al remolque, para evitar la fiebre amarilla declarada en El Callao y Lima. Su amurada, donde estaban los cañones, podía, para el empleo de aquellos, abatirse hacia afuera, casi a ras de cubierta y en aproximadamente dos tercios de su extensión.

Al comienzo del maremoto, cuando el mar se retiró, las embarcaciones surtas en la bahía quedaron depositadas en el lecho seco del océano, los de quilla, tumbados; el Wateree, adrizado sobre su base plana. El comandante ordenó abatir los portalones de las amuras y cerrar las escotillas, de modo que la gran ola que posteriormente los cubrió, pudo escurrir desde cubierta sin inundar la nave, permitiendo que ésta saliera a flote.

El artículo de Billings, publicado cuarenta y seis años después, consigna, equivocadamente, el día 8 de agosto como fecha del maremoto, lo que ha inducido, a algunas publicaciones posteriores, a incurrir en error, pero constituye el singular relato de aquel acontecimiento visto desde cubierta. Existe otro, no obstante, de difusión menos conocida, que nos ofrece las impresiones desde tierra de uno de los residentes de Arica.
El "Star and Herald", periódico panameño en idioma inglés, con fecha 5 de septiembre de ese mismo año, publica una carta escrita por el agente en Arica de la Co. Inglesa de Vapores, G. H. Nugent, que ofrece su visión de aquel acontecimiento, y que aquí reproducimos en una traducción libre.

El terremoto inicial.
"Es inoficioso -dice Nugent- entrar en otras materias, ya que escribo bajo el peso de un gran dolor. Arica no existe más. Alrededor de las cinco de la tarde del día trece, se produjo un horrendo terremoto. Apenas tuve tiempo para sacar a mi esposa e hijos a la calle, cuando la totalidad de los muros de mi casa cayeron; caer, apenas si es el término apropiado, ya que fueron lanzados para afuera, como si me los hubiesen escupido. Al mismo tiempo se abrió la tierra eruptando polvo, seguido por un espantoso hedor como a pólvora. La atmósfera se obscureció y yo no podía ver a mi esposa con los niños a dos pies de distancia. Si esto hubiese durado algún tiempo nos habríamos sofocado, pero en cuestión de un par de minutos se despejó y, recolectando mis bienes domésticos, me dirigí hacia los cerros.

Es un misterio cómo logramos pasar entre casas que se derrumbaban, donde vimos a personas, unas muertas, otras mutiladas, pero una Providencia misericordiosa nos protegía. Proseguimos nuestro triste camino en dirección a los cerros con la tierra sacudiéndose, lo que nos obligaba a avanzar a trastabillones, como ebrios, cuando un gran clamor se dejó oír -"el mar se ha retirado".

La salida del mar.
Apuré el paso y en cuanto alcancé la periferia del pueblo, miré para atrás y vi todos los buques en la bahía arrastrados irresistiblemente mar adentro, a una velocidad probable de diez millas por hora. En pocos minutos la increíble resaca se detuvo; entonces surgió una inmensa ola, calculo que de unos cincuenta pies de altura, que entró con una furia incombatible, arrasando con todo por delante en su espantable grandeza. A la totalidad de las embarcaciones las trajo de vuelta, a veces girando en círculos, pero en rauda carrera a su inevitable destino.

Entretanto, la ola había llegado: impactó el molo, atomizándolo; se tragó mi oficina como si fuera el bocado de un gigante y, en su rugiente progreso, se tragó la Aduana y siguió su curso a lo largo de la calle arrasando con todo. Los restos de mi morada desaparecieron rápidamente, mis lanchas ya habían desaparecido hacía rato y así se completó mi ruina. Observaba sin aliento aquella tétrica visión, pero dándole gracias a Dios que se me preservara la vida a mí y a mis seres queridos.

Cada segundo parecía una existencia. Al mirar el océano, vi los buques aún avanzando hacia la catástrofe y en cuestión de minutos todo se había acabado.

El saldo de la catástrofe.
Todas las embarcaciones se encontraban o bien varadas, o volteadas con su quilla para arriba. El vapor de guerra peruano América, perdió alrededor de ochenta y cinco personas. El vapor de los Estados Unidos Wateree, se salvó con la pérdida de una sola vida; llevado sobre las olas quedó como a un cuarto de milla tierra adentro, desde la vía férrea. El Fredonia, buque-almacén norteamericano, se hallaba con su quilla para arriba, con toda su tripulación muerta (a excepción del capitán, cirujano y oficial pagador que, estando en tierra, se salvaron). La barca inglesa Chañarcillo, de Liverpool, yacía bien adentro de la playa y también los restos de un casco, la mitad de cuya tripulación pereció.

Una barca norteamericana cargada de guano fue engullida y no ha dejado rastro que indique su suerte. El último de esta infortunada flotilla, un bergantín peruano, fue depositado en la línea férrea, al parecer sin la pérdida de un solo cable.

De lo que ha ocurrido desde entonces no viene al caso entrar en detalles. Casi dos días permanecimos en los cerros, sin abrigo ni alimentos, en un estado de continuo sobresalto, ya que los tembrores no cesaban".
—–
Resulta interesante agregar que la altura de la ola, que Nugent supone en 50 pies (15 metros), coincide aproximadamente con la información proporcionada en la obra "Estudio sobre los Temblores de Tierra" de Edmundo Larenas (Impr. de "El Republicano -Concepción- 1881), donde se indica que las olas que se abatieron sobre Islay e Iquique en esa misma ocasión, fueron de trece metros. "La primera sacudida -dice Larenas- causa del gran movimiento oceánico, parece tuvo su orijen a la latitud de Arica, extendiéndose desde ahí hasta Lima por el norte (paralelo 12E, 2′) y hasta Copiapó por el sur (27E, 20′), esto es aproximadamente en un espacio de 2077 kilómetros de N. a S.  Esto sucedió a las 5 de la tarde del día 13 de agosto; veinte minutos después una ola inmensa inundaba la playa de aquel puerto, le arrasaba junto con los de Iquique, Pisagua, etc. …).
Publicado por Carlos Mey – Argentina
Direccion de e-mail:
histarmar@fibertel.com.ar
 

Fuente:
www.histarmar.com.ar
http://www.histarmar.com.ar/Veleros/Nitratos/Nitratos-TsunamisyTerr.htm

24/01/11
HISTARMAR

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