Mientras en Mar del Plata los trabajadores del pescado luchan por la registración laboral, los patagónicos buscan mecanismos para reducir los montos que tributan en concepto de impuestos a las ganancias. Un ejemplo más de las paradojas que muestra la Argentina en estos días.
Mientras en Mar del Plata los trabajadores del pescado luchan por la registración laboral, los patagónicos buscan mecanismos para reducir los montos que tributan en concepto de impuestos a las ganancias. Un ejemplo más de las paradojas que muestra la Argentina en estos días.
Los conflictos que se renuevan en Mar del Plata, desnudan la situación a la que son sometidos muchos de los trabajadores de la pesca marplatense. Víctimas desde hace demasiado tiempo de empresarios inescrupulosos y de un sistema que no ha castigado las distintas formas de informalidad, ilegalidad o clandestinidad que se multiplican en el principal puerto pesquero de nuestro país.
Muchos han sido los denunciantes de este perverso sistema que convierte a los trabajadores del pescado en esclavos modernos al privarlos de la protección de las normas laborales y de los beneficios de la seguridad social, extendiendo las jornadas de trabajo hasta que haya materia prima que procesar y si no la hay los arroja como anónimos fantasmas al infierno de la desocupación, porque ningún “registro” da cuenta de sus nombres.
La “no registración” de los trabajadores además de generar una situación de exclusión y de violación de los derechos humanos fundamentales, incide negativamente en el bienestar general al poner en peligro el financiamiento de las prestaciones sociales e introduce un factor de distorsión que quiebra las reglas de competencia leal entre las empresas.
Mas grave aún cuando se constata, como sucede en Mar del Plata, que también son “negras”, porque no existen en los registros, las plantas que contratan a los hombres y mujeres que con justicia reclaman por sus derechos laborales.
Verdaderas empresas fantasmas, que no existen pero están, que no cuentan con habilitaciones pero toman personal, que se las multa pero se tolera que sigan procesando pescado con total desapego a las normas que garantizan el derecho a acceder a alimentos seguros.
Nada de esto puede seguir ocurriendo sin que exista una verdadera cadena de corrupción y complicidades entre funcionarios, empresarios y sindicalistas. Es imposible que existan empleos en negro, clandestinos o ilegales sino existen ingresos en negro, clandestinos o ilegales.
La importancia que tiene la industria pesquera de nuestro país en términos de volúmenes exportables, los exigentes mercados de destino ganados y la aspiración de seguir consolidando el desarrollo de la pesca exigen poner un punto final y definitivo a la clandestinidad de plantas y trabajadores.
La pesca como algunas otras actividades productivas, pudieron en sus orígenes requerir de ciertas flexibilidades para no asfixiar su nacimiento. Hoy son inadmisibles y ejemplos de subdesarrollo que solo retrasarán el crecimiento.
Por otra parte, si con condiciones geográficas más adversas y con menos historia que la marplatense, la industria pesquera en la Patagonia hoy exhibe plantas modelo, donde se respetan las normas de calidad y seguridad, sujeta la elaboración de sus productos a estrictas reglas sanitarias, paga sus impuestos y además todo el trabajo que emplea es en blanco, duradero, calificado y con altos sueldos, se reafirma que en Mar del Plata faltó voluntad o sobraron complicidades para revertir el flagelo de la explotación laboral.
Mientras que en Mar del Plata los trabajadores del pescado luchan por la registración laboral, los patagónicos buscan mecanismos para reducir los montos que tributan en concepto de impuestos a las ganancias. Un ejemplo más de las paradojas que muestra la Argentina de estos días.
03/09/07
PESCA & PUERTOS
