En su célebre artículo The Eagle Has Landed ("El águila se ha posado"), Paul Kennedy describe minuciosamente el grupo de batalla del portaaviones nuclear USS Enterprise. La nave capitana, con 3200 tripulantes, tiene más de veinte pisos de alto y tres cuadras porteñas de largo. Setenta aviones de guerra de última generación, asistidos por otros 2400 hombres y mujeres, operan sobre su cubierta.

En su célebre artículo The Eagle Has Landed ("El águila se ha posado"), Paul Kennedy describe minuciosamente el grupo de batalla del portaaviones nuclear USS Enterprise. La nave capitana, con 3200 tripulantes, tiene más de veinte pisos de alto y tres cuadras porteñas de largo. Setenta aviones de guerra de última generación, asistidos por otros 2400 hombres y mujeres, operan sobre su cubierta.

Se pasea por el mundo acompañada por una multitud de embarcaciones, entre ellas un par de cruceros dotados de misiles de largo alcance, un enjambre de fragatas y destructores, también misilísticos, que la protegen de ataques aéreos y neutralizan submarinos enemigos; buques de apoyo logístico, anfibios con tropas de desembarco, dos submarinos de ataque y diversas embarcaciones especializadas. Su tripulación total supera los catorce mil efectivos. Y aunque los grupos análogos de Rusia, Francia y Gran Bretaña son minúsculos en comparación, Estados Unidos posee una docena de flotillas similares.

No es mera anécdota. El cuadro parece contradecir, al menos parcialmente, un lugar común reiterado por analistas y expertos que sostiene que, desde el momento unipolar de la caída del Muro de Berlín, la configuración del poder mundial se ha ido tornando cada vez más multipolar. Tales voces han arreciado a partir de la recuperación rusa, el espectacular despegue chino y la derrota táctica de Estados Unidos en Irak. En las vísperas de una nueva presidencia norteamericana, la prensa mundial está repleta de referencias a las implicancias de la multipolaridad con que deberá lidiar el vencedor de la contienda entre el progresista demócrata Barack Obama y el halcón republicano John McCain.

No obstante, los datos duros muestran que esa premisa es más un reflejo del estado de ánimo del público que de hechos objetivos. El colapso soviético nos impresionó tanto que pensamos que el mundo bipolar de la Guerra Fría había devenido en unipolar, sin percatarnos de que el verdadero momento unipolar de la humanidad transcurrió entre 1945 y 1949, cuando Estados Unidos era la única potencia nuclear y generaba la mitad del producto bruto del planeta. Desde entonces, el mundo fue cada vez menos unipolar, pero el balance siguió siendo abrumadoramente favorable a ese país. Es verdad que durante la Guerra Fría, superado el monopolio nuclear, el globo se dividió en dos grandes bloques, pero uno era mucho más sólido y poderoso que el otro.

Según la percepción generalizada, las tendencias más recientes indican un regreso a la multipolaridad, que para muchos resulta menos inquietante. No obstante, el dominio norteamericano de los mares, vigente antes y después de estas novedades, nos recuerda que el orden actual retiene importantes elementos unipolares.

Por su hegemonía naval, que es incomparablemente mayor que la de Inglaterra durante la Pax Britannica , Estados Unidos puede, en teoría, invadir cualquier país del planeta, pero ninguno (salvo Canadá y México, por sus fronteras terrestres) puede posar tropas en su territorio siquiera por instantes.

A esto hay que agregar que su gasto militar anual equivale aproximadamente a la suma de los presupuestos de los dieciséis países que le siguen. El chino apenas supera la décima parte y el ruso no alcanza al chino.

A la vez, la economía norteamericana representa el 27,5 por ciento del producto mundial. Es superior a la suma de las cuatro siguientes: Japón, Alemania, China y el Reino Unido. No es el predominio de 1945, pero de allí a suponer que hay múltiples polos en el mundo hay un abismo. En realidad, sólo hay verdadera multipolaridad en el ámbito nuclear, ya que son varios los estados con capacidad de aniquilar a la especie humana apretando botones. Pero esto no es novedad: es así desde la década del 60.

Es verdad que la economía de la superpotencia parece estar por ingresar en una fase recesiva. No obstante, no es menos cierto que Estados Unidos acostumbra entrar en recesión una vez por década. Las últimas comenzaron en 1973, 1981, 1991 y 2001. En el mediano plazo, la previsible reiteración no permite suponer una modificación en la distribución mundial del poder.

Los alarmistas pueden objetar que, en el caso presente, el precio sin precedente del petróleo agrava las cosas. Sin embargo, también es un hecho que este factor alivia la situación norteamericana, porque sus beneficiarios están principalmente en el bloque del dólar. Como las ganancias extraordinarias que no pueden ser absorbidas localmente se invierten, en gran medida, en Estados Unidos, contribuyen a neutralizar algunas consecuencias de la crisis de ese país. Los saudíes, por ejemplo, están ganando mil millones de dólares por día, una parte importante de los cuales fluye hacia la superpotencia. A su vez, China invierte en Estados Unidos gran parte de su enorme superávit comercial con ese país, lo que estabiliza las finanzas norteamericanas.

Quienes afirman que el mundo se ha vuelto multipolar señalarán la guerra en Irak y Afganistán como evidencia de que Estados Unidos se ha metido en camisa de once varas. Esto es verdad, pero no es menos cierto que lo mismo ocurrió con las guerras de Corea y Vietnam, que apagaron el triunfalismo del pueblo norteamericano y destruyeron su ingenua certeza de que su país campea siempre del lado de los buenos. Ninguno de esos fracasos culminó en catástrofe estratégica que alterara la distribución del poder mundial. La actual derrota táctica en el Golfo Pérsico no será la excepción.

La diferencia entre Estados Unidos y las demás potencias es tan sobrecogedora que Washington puede absorber fiascos monumentales sin que su poder disminuya sustancialmente. Por eso, más allá de la retórica electoralista, en los asuntos más cruciales de política exterior la cuestión de quién llega a la presidencia es relativamente secundaria. Aunque fuera ocupada por un verdadero pacifista, éste se encontraría investido con un cúmulo de poder sin paralelos en la historia del mundo y enfrentaría responsabilidades estremecedoras, que seguramente lo impulsarían a usarlo.

Pero ese poder no es ilimitado, y es casi seguro que tanto Obama como McCain ordenarán un retiro al menos parcial de sus tropas en Irak, porque el doble frente afgano-iraquí compromete a casi todos sus efectivos terrestres. La política interna estadounidense impone un límite a la movilización de soldados. Si en las circunstancias actuales se produjera una emergencia militar en otra parte del mundo, los norteamericanos sólo podrían hacerse presentes con fuerzas navales y aéreas.

Hay un vacío potencial de poder, que invita a otros países a la aventura militar. Y a esto hay que añadir la necesidad de fortalecer el frente afgano. Por eso, con Obama o con McCain, se impone una reducción de la presencia en Irak.

Sin embargo, incluso esta certeza es relativa. Si el eventual retiro norteamericano de Irak condujera a una expansión iraní y a una seria amenaza para Arabia Saudita, los costos del repliegue podrían ser excesivos. Por eso, George W. Bush se apresura a negociar con Irán. Acepta, en principio, la idea de un cronograma para el retiro de tropas. Por la misma razón, ninguno de los candidatos se ha pronunciado de manera tajante sobre la magnitud de las fuerzas que dejará en Irak. Una vez derrotada Hillary Clinton, Obama moderó su postura. Reconoce que, si es presidente, dejará fuerzas residuales en ese país, sin decir cuántas. En el otro extremo, McCain reconoce que Estados Unidos debe retirar por lo menos 70.000 soldados de Irak.

Esta convergencia parcial no sorprende a los especialistas, que saben que la política exterior norteamericana poco depende de la voluntad e ideología del Presidente. Poderoso frente a los hombres, su impotencia ante la historia se parece a la del maquinista de un tren bala. No diseñó su equipo ni el entramado de vías, pero debe maniobrar entre locomotoras que por momentos entran en curso de colisión.

Por Carlos Escudé
Para LA NACION

08/08/08
LA NACIÓN

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