La gran lucha por el petróleo del Ártico

Por un breve momento pareció como si el Almirante Robert Peary y el Dr Frederick Cook hubieren resurgido de la bruma para revivir su carrera al Polo Norte…

Por un breve momento pareció como si el Almirante Robert Peary y el Dr Frederick Cook hubieren resurgido de la bruma para revivir su carrera al Polo Norte…

El dos de agosto, una pareja de legisladores moscovitas en un pequeño sumergible, depositaron una bandera rusa en el fondo marino a dos millas de profundidad bajo el casquete polar, apoyando así el reclamo ruso por cerca de la mitad del suelo del Océano Ártico.

El Canciller canadiense, Peter McKay minimizó la jugada rusa, y la desestimó al recordar “que no estamos en el siglo XV”. Pero, por las dudas, Canadá envió nada menos que a su Primer Ministro Stephen Harper, en un viaje de tres días por la región, y anunció planes para construir dos nuevas bases militares para reforzar los reclamos territoriales del país.
Lo que está en juego, es el Pasaje Noroccidental (Northwest Passage) y, con éste, los que podrían resultar enormes depósitos de petróleo y gas natural debajo del fondo marino.

En una nueva versión “siglo XXI” inimaginable para Cook y Peary, el calentamiento global – generado en parte por la licencioso uso que la humanidad hace de los mismos combustibles fósiles – ha comenzado a fundir el hielo polar, exponiendo fabulosos depósitos potenciales de recursos naturales, que hasta ahora resultaron inalcanzables.

Algunos geólogos creen que un cuarto del petróleo y gas aún no descubiertos, podría estar descansando debajo del hielo polar. Otros calculan que el porcentaje es menor. En cualquier caso, a u$s 70 dólares el barril, la recompensa por este tipo de descubrimientos podría resultar enorme.

Rusia y Canadá no están solos en la gran carrera por el petróleo del Ártico. Dinamarca, Finlandia, Noruega, Islandia y los Estados Unidos también tienen profundo interés en la cuestión.

Una cosa es clara. En la medida en que pueda delimitarse la propiedad, ésta no será decidida por operaciones fotográficas, ni aun plantando banderas en el suelo marino (la rusa está hecha de titanio resistente a la corrosión). Será decidida en cambio, por geólogos, abogados y diplomáticos.

Bajo la ley internacional, las naciones tienen derechos sobre los recursos que descansan hasta las 200 millas medidas desde sus costas. La zona restante es considerada como aguas internacionales, sujetas a negociación bajo el Derecho del Mar. Una nación puede reclamar territorio más allá del límite de las 200 millas, pero sólo si es capaz de probar que el lecho marino es allí una extensión física de su plataforma continental.

Los rusos vienen reclamando que la muy extensa Cordillera Lomonosov, debajo del polo, es en realidad una extensión de su plataforma continental. Y para demostrar tan solo, cuán loco puede llegar a resultar esto, digamos que los daneses están gastando una fortuna, tratando de probar que el extremo de la misma cordillera – aunque ahora separada – supo ser una parte de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca.

Los Estados Unidos no se encuentran en una posición fuerte. Los temores infundados del ala derecha de los senadores sobre la posible pérdida de soberanía, ha hecho que dicho cuerpo mantuviera su oposición a la ratificación de la Ley del Mar, aun cuando las  Naciones Unidas la adoptaron hace ya 25 años. Esto significa a su vez, que los Estados Unidos, con 1.000 millas de líneas de costa en el Ártico, no tienen asiento en la mesa de negociaciones.

El presidente Bush y los senadores republicanos moderados como el Senador Richard Lugar, del Comité de Relaciones Exteriores, tratarán de remediar ese error cuando el Congreso retome su actividad luego del receso. Esto permitiría por lo menos a Washington establecer su reclamo de plataforma continental extendida hacia el noroeste desde Alaska. Puede ser que nunca necesitemos una parte de ese petróleo, pero parece una tontería no mantenerlo en la reserva.

NEW YORK TIMES.com

12/08/07
Traducción de NUESTROMAR

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