Declarada como Patrimonio de la Humanidad en 1999 por la Unesco y bajo la categoría de Área Protegida con Recursos Manejados en la provincia del Chubut, este singular paraíso natural es una vidriera al mundo de una fauna característica, en algunos casos propia y única de nuestro país, que es necesario identificar, valorar como principal recurso y sobre todo proteger.
Declarada como Patrimonio de la Humanidad en 1999 por la Unesco y bajo la categoría de Área Protegida con Recursos Manejados en la provincia del Chubut, este singular paraíso natural es una vidriera al mundo de una fauna característica, en algunos casos propia y única de nuestro país, que es necesario identificar, valorar como principal recurso y sobre todo proteger.
Pocos lugares de la Argentina conjugan dos ambientes tan opuestos, el monte y el ambiente costero marino, el llamado desierto y el mar. Y esa diferencia de riquezas, pues cada uno esconde varios tesoros en lo que a biodiversidad respecta, convierte a la Península Valdés en uno de los sitios obligados de visita para todo viajero o amante de la naturaleza.
El “desierto” del monte
Esta región biogeográfica abarca una franja que se desarrolla desde el norte de nuestro país, pasa al este de la cordillera y se ensancha hacia el sur para desembocar finalmente en la costa atlántica en las provincias de Río Negro y Chubut. Presenta un suelo pedregoso, vegetación de tipo arbustiva con pastos duros y cactáceas y un clima árido con cambios bruscos de temperatura y pocas precipitaciones. Este ambiente constituye un hábitat importante de especies destacadas, las cuales pueden ser observadas en el viaje hacia las diferentes áreas protegidas abiertas al público que integran la Península Valdés: Caleta Valdés, Punta Norte, Punta Delgada, Isla de los Pájaros y Punta Pirámides.
Respetando los 60 Km de velocidad máxima y utilizando las luces y el cinturón de seguridad, las rutas de ripio que permiten el acceso se constituyen en pasarelas para la observación de tropillas de guanacos, diversas aves como el choique o ñandú petiso, la martineta, rapaces como el halconcito colorado, el halcón peregrino y el águila mora o carroñeras, como el jote cabeza colorada. Sentada entre los arbustos, al costado de la ruta, suele encontrarse nuestro primer tesoro faunístico: la mara o liebre patagónica, endémica de la Argentina. Llegando a las áreas y en convivencia con las personas del lugar se podrán encontrar merodeando ejemplares de peludo y zorro gris, cuya presencia tan cercana se debe a que toleran mucho mejor que otros animales los ambientes modificados. Requiere un poco más de destreza visual y paciencia poder observar al zorrino patagónico, al hurón menor y su pariente el huroncito, al cuis chico y al tuco-tuco austral, todos mamíferos de talla mediana a pequeña, que suelen ocultarse en cuevas donde hacen sus madrigueras.
Cuando el calor apremia hace aparición en escena la yarara ñata, el ofidio venenoso de distribución más austral en nuestro país, la cual pese a su aparente pasividad, debe ser tratada con cuidado por su ponzoña. Algunos ejemplares de lagartijas completan la lista de reptiles que a plena luz del día, pueden llamarnos la atención por sus desplazamientos entre los arbustos. Muchas veces ignorados, pero no menos importantes, los artrópodos, también son protagonistas que habitan los suelos pedregosos y arenosos, y que forman parte de la cadena alimentaria de muchos animales superiores. Se pueden observar escarabajos, mariposas, chinches, hormigas, avispas y una variedad interesante de arácnidos, incluyendo la llamada araña “pollito”. Hasta aquí lo que para muchos es una región “pobre” por su poca oferta y disponibilidad de alimento y una limitada cantidad de especies vegetales, con una visita de algunos días, se convertirá en un lugar por demás sorprendente.
La costa marina
Pero mientras nos asombramos y tratamos de asimilar toda la información que nos brinda el monte, aparece ante nuestra mirada otro paisaje totalmente distinto, a un paso. El mar con sus playas y sus acantilados. Toda una puerta de entrada para la fauna marino costera que incluye desde grandes mamíferos hasta pequeñas aves que se mueven al vaivén de las mareas.
Sobre la playa, y según la época del año podremos observar a los lobos marinos de un pelo y los elefantes marinos, los cuales cumplen parte de su ciclo de vida fuera del agua, lo que nos permite ser testigos privilegiados de sus nacimientos, reproducción y muda de pelaje. Al mismo tiempo, podremos hallar con suerte, tiempo y un poco de paciencia, a otro de los tesoros: las orcas, que en grupos o solitarias patrullan la costa para hacerse de alguna presa, constituida por las crías de lobos y elefantes, mediante el varamiento intencional, estrategia de caza muy particular utilizada por estos delfines.
La ballena franca austral utiliza los golfos Nuevo y San José para su reproducción, descanso y para tener sus crías, por lo que puede ser observada con facilidad y con cierta frecuencia desde la costa. Existe la posibilidad de verlas con más detalle embarcado desde Puerto Pirámides, pequeño poblado dentro de la península, lo que representa una experiencia única. Se le puede sumar la presencia ocasional de algún delfín oscuro que en grupos, suelen adentrase en el golfo para alimentarse.
Los pingüinos eligen partes de la costa de la península para hacer sus nidos, reproducirse y tener sus pichones, por lo que son otro atractivo para no perderse, teniendo como zonas habilitadas para su observación el área protegida Caleta Valdés, y varias estancias privadas que realizan visitas guiadas hasta las pingüineras dentro de su propiedad. Pero si debemos mencionar a las aves, no solo de pingüinos están pobladas algunas zonas de la costa, también con atención y con una buena guía de identificación a mano, se nos cruzarán el petrel gigante del sur, los cormoranes imperial, roquero y el biguá, varios tipos de garzas y gaviotas, el pato crestón, la paloma antártica, el ostrero común, distintas aves migratorias que vienen desde Alaska, como los chorlos y playeros, y para los ornitólogos consumados, un sitio específico para observarlas, la Isla de los Pájaros. Sin dudas, en la costa marina podremos disfrutar de una diversidad importante de especies, todas ellas en estado silvestre, teniendo como premisa el debido respeto y cuidado que ellas merecen.
La huella de los tiempos
Entre los dos ambientes mencionados existen además, acantilados que contienen depósitos fósiles que permiten interpretar y reconstruir el pasado del área protegida, descubriendo la época del Mioceno, 20 millones de años atrás, momento en que la geografía de la zona seguía modelándose con grandes cambios, lentos y abruptos, y que dejaron como legado miles de bivalvos atrapados entre los sedimentos, restos de una fauna marina que antes dominaba el lugar por la presencia del mar, exactamente donde hoy nos encontramos con el “desierto”.
Fauna del desierto, de la costa, del mar y también de hace millones de años, todas conviven en la Península Valdés. Un muestrario natural de biodiversidad que se encuentra abierto para aquellas personas que quieran disfrutar uno de los espacios naturales más apasionantes de la Argentina, pero que requiere que quienes vivimos en relación al lugar visualicemos, pongamos en valor y enseñemos a admirar, para un desarrollo turístico verdaderamente sustentable.
Por Diego Ferrer
Guardafauna de Península Valdés
02/09/08
DIARIO DE MADRYN
