La aventura de cenar un surubí

La cronista intrépida de Crítica de la Argentina todavía no pudo subir al barco con el que recorrería el Paraná con artistas e intelectuales. Varados en Rosario, apenas pudieron posar para las fotos. Un fracaso.

La cronista intrépida de Crítica de la Argentina todavía no pudo subir al barco con el que recorrería el Paraná con artistas e intelectuales. Varados en Rosario, apenas pudieron posar para las fotos. Un fracaso.

Noche. Rosario está empapelada con afiches que anuncian la llegada de los expedicionarios de Paraná Ra’angá. Ésos somos nosotros, que deberíamos estar entrando al puerto a bordo del crucero Paraguay, escoltados por un cortejo de lanchas y vivados por una multitud con sus pañuelos en alto, como si fuéramos pequeños Ulises de regreso a Ítaca. Pero no, los planes cambiaron y llegamos hasta acá en micro. Hace dos días que estamos de incógnito en la ciudad, como anfibios, mimetizándonos con los rosarinos que no imaginan que somos exploradores –preferimos dejar los prismáticos y el sombrero a la Indiana Jones en el hotel– y esperando ese llamado de Yeny, la dueña del buque al que todavía no pudimos subir por problemitas técnicos, para que nos devuelva al río.

Los faroles de la costanera rosarina no iluminan, entonces, la estela del Paraguay sino nuestro regreso algo errático hacia el hotel, después de un buen plato de surubí. Mis compañeros naturalistas parecen haber bajado la guardia, como criaturas diurnas que necesitan refugiarse en una buena cama. Menos el astrofísico, Alejandro Ganghi, que sabe que en cualquier momento alguien le va a preguntar por la Cruz del Sur, por el Lucero, por todo ese pentagrama nocturno que él puede interpretar. Y ese alguien soy yo, recolectora de historias devenida en nena fascinada con un cielo negrísimo y estrellado, sobre un río negrísimo. Y Alejandro –que es muy alto y habla con voz diáfana de locutor y se trajo desde Buenos Aires un globo terráqueo para mostrarnos cómo va rotando el sol y calcular si, por ejemplo, la sombra de la Torre Eiffel ya pasó por el Sena– dice que sí, que está dispuesto a concederme una caminata astronómica.

Alejandro señala Orión, Marte, las dos cabecitas de Géminis, mientras cuenta que las constelaciones del zodíaco a veces responden a criterios algo caprichosos. Que a Escorpio, por ejemplo, le sacaron las estrellas de sus pinzas para poder formar Libra. Alejandro es amable, entusiasta, y responde cada una de mis preguntas pavas con alma didáctica. Pero este ejercicio de reconocer formas en el cielo como una lámina escolar para unir puntos, él lo hizo con un universo mucho más complejo que el nuestro. Con el universo de Dante.

Hace algunos años, cuando se mudó a Italia para hacer su posgrado, sus nuevos amigos le regalaron La divina comedia para su cumpleaños: pensaban que la mejor manera de que se familiarizara con el idioma era leyendo un clásico (casualmente del llamado “padre de la lengua italiana”). Seis años después, Alejandro lo sacó de la biblioteca y no sólo se animó a leerlo, sino que escribió Poética astronómica. El cosmos de Dante Alighieri.

“Hay muchas referencias astronómicas en La divina comedia porque Dante era un erudito de su tiempo, sabía cómo era la visión aristotélica cristianizada del cosmos y propuso su modelo astronómico, que estaba muy de acuerdo con el de Ptolomeo: la visión teocéntrica del universo”, explica Ganghi mientras subimos por una calle empinada y la brisa del Paraná nos roza la espalda. “Cada uno de los tres reinos termina con la palabra ‘estrellas’, menciona constelaciones y la única referencia que existe de su fecha de nacimiento está dada en el texto de manera astrológica, cuando se refiere a su signo, que es Géminis”.

Alejandro me pasea por el sistema cosmológico que se inventó Dante, en el que a las almas les corresponden diferentes esferas: la de Marte a los combatientes, la de Saturno a los contemplativos, el Sol a los representantes más prominentes de la Iglesia, y a los pecadores, un infierno con diferentes castigos. “A los astrólogos y a los videntes los coloca con el cuello torcido para atrás para mostrar que como en vida decían que podían mirar para adelante, en el infierno miran para atrás”.

Las luces del hotel reemplazan a las estrellas y Alejandro, que queda liberado, ya puede subir a su paraíso de aire acondicionado. Yo estoy a punto de hacer lo mismo cuando una voz tentadora me indica que mi lugar es el infierno: una expedición secreta va a salir mañana temprano a recorrer el Paraná (“sólo hay capacidad para ocho, no digas nada”), y yo quiero estar ahí, ocupar el último lugar disponible en la lancha.

Día. La expedición no es tan secreta pero sí con condiciones. La idea es simular la entrada a Rosario desde el río para que los necesitados de captar imágenes lo hagan. En la lancha de Ricardo suben Mariano Llinás y su compañera, el equipo del canal Encuentro, el fotógrafo Facundo de Zuviría, el pintor Félix Eleazar Rodríguez y yo, convertida en falsa fotógrafa para cumplir con el requisito. Facundo, que está acostumbrado a retratar geometrías urbanas y que en el último tiempo eligió trabajar con la llanura pampeana (“por leer a Martínez Estrada, que dice que tenemos esencia de llanura”), queda fascinado con la luz de la mañana sobre las islas, con esa línea plateada que contrasta con las nubes negras de tormenta, y empieza a disparar su Pentax, un rollo atrás de otro.

Félix mira hacia la otra orilla. Como artista, su primera herramienta es la cámara. Ahora apunta hacia los silos, la fábrica abandonada de Swift, los galpones derruidos, los cargueros oxidados, la materia en su estado de desintegración. Eso que en algún momento convertirá en dibujos con carbonilla, tinta, pasteles. Como sucedió con el paisaje del Riachuelo, de Quequén, de las autopistas porteñas. “Soy un paisajista y estas fotos son comida que voy guardando en la alacena”, se define. También le hubiera gustado hacer un croquis de viaje, como viene haciendo desde los 20, cuando recorrió América del Sur y llenó decenas de cuadernos con su rotring de estudiante de Arquitectura, pero el movimiento de la lancha no lo deja. “Me gustaría que todos los de la expedición hagan su propio croquis del río, así que cuando nos subamos al crucero voy a hacer circular unos blocks”, dice, y algunos fantaseamos con estar en la cubierta del Paraguay haciéndonos los artistas.

La expedición no tan secreta se convierte en un paseo fotográfico, mientras la costa industrializada se vuelve costa urbana, el Monumento a la Bandera ostenta sus dimensiones sobre la barranca, Llinás se entusiasma cuando un buque carguero pasa a nuestro lado y nos convierte en lancha hormiga –los transatlánticos de carga son su debilidad–, Facundo planea con Félix un proyecto conjunto, y Ricardo, el capitán, me cuenta las historias ocultas de la costa rosarina, como la de los inmigrantes africanos que llegan en barcos y se tiran unos metros antes de llegar a la costa para que no los apresen, o la de los silos que vemos ahí, de un amarillo reluciente. “Usan un diez por ciento de su capacidad porque, si los llenan, explotan: parece que no les pusieron todo el hierro que les deberían haber puesto”, arriesga en base a dichos de los lugareños.

Tampoco nos esperan con pañuelos agitados en esta llegada ficticia. El muelle está vacío y a unos metros, el crucero Paraguay sigue ahí, amarrado, en poder de Prefectura. Volvemos a tierra, entonces. Somos exploradores anfibios.
Por Fernanda Nicolini

12/03/10
CRÍTICA DE ARGENTINA

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