Tras la caída del Muro de Berlín, los partidos de izquierda europeos encontraron en la causa ambientalista un nuevo paradigma en torno al cual reverdecer sus consignas.
Tras la caída del Muro de Berlín, los partidos de izquierda europeos encontraron en la causa ambientalista un nuevo paradigma en torno al cual reverdecer sus consignas.
Sus dirigentes lo explicaban como un paso natural en atención a la "sensibilidad" que esa visión política tendría de los temas. Desde otras tiendas se apuntó a que lo que se buscaba más bien era una nueva excusa que justificara un mayor control estatal sobre individuos y empresas, tras el derrumbe moral y económico del socialismo real.
Pero Europa está muy lejos. Se sabe que los trasplantes ideológicos de este tipo no se dan muy bien, y que la envejecida dirigencia de la izquierda latinoamericana nunca terminó de procesar cambios de mentalidad que en el viejo continente ocurrieron hace más de 20 años. El problema es que muchos votantes locales no se dieron cuenta, hasta ahora.
La polémica desatada con las palabras del presidente Mujica acusando a los grupos ambientalistas de "roñosos", y defendiendo la privatización de tierras en el Cabo Polonio, ha dejado a muchos descolocados. A nadie escapa que el núcleo duro de los activistas "verdes" siempre han tenido simpatía por el mandatario floricultor, y su pintoresco estilo de vida. De igual forma que la zona costera de Valizas y el Cabo es parte integral del imaginario colectivo de muchos militantes frentistas, que más allá de su condición económica, siguen viendo esos destinos de veraneo "alternativos" como el contrapuesto definitorio al emporio del consumo y la "oligarquía" que asocian a Punta del Este. Pero las palabras de Mujica no son nuevas, ni exclusivas del presidente. El gran problema es que los permanentes cambios de opinión, y la inconsistencia de los discursos de muchos dirigentes frentistas en estos temas puede llevar a engaño a los más crédulos.
Por ejemplo, el presidente Mujica ha tenido palabras contundentes en este sentido, como cuando dijo que "los ecologistas gritan y escriben paredes y después consumen el sudor de otros. La ecología también ha servido como curro". Su gran amigo, el exsenador Fernández Huidobro tampoco se ahorra los calificativos, y a la hora de definir a los movimientos ecologistas los acusa de ser "la izquierda cholula, amante de los pajaritos y de las ballenas blancas, hija de la bobera, apartada de la realidad pero muy bien financiada". Aunque pocos han sido tan gráficos como el senador Gamou quien una vez afirmó que a los ambientalistas "les haría falta escuchar un poco más el ruido insoportable de niños con hambre y dejarse de joder con el ruido de los pajaritos".
Quien lea estos discursos, que en Europa resultarían incómodos hasta para un personaje como Le Pen, no tendría argumentos para reclamar no haber sabido de antemano lo que estaba votando. Pero el problema es que la coherencia nunca ha sido un activo demasiado valorado por estos dirigentes.
El propio Fernández Huidobro que decía lo plasmado anteriormente, al mismo tiempo escribía un artículo en el que sostenía que "hay que abandonar la superstición del crecimiento sin límites porque esos límites además de romper los ojos, han sido ya traspasados". "Somos demasiados como para querer vivir como se vive en el Primer Mundo. Ni aun ellos pueden seguir haciéndolo. Por vivir así han saqueado el Planeta. Para seguir así necesitarían otros dos o tres Planetas más". Y el propio Mujica, en una cumbre sobre cambio climático junto a dos ecologistas de ley como Evo Morales y Hugo Chávez, se ponía sentimental y afirmaba que "el mundo nos dice por ahí, mirá que no va más, mirá que así no", y que "el grito es salvar al mundo para salvarnos a nosotros mismos".
Esta inconsistencia es la que explica cambios como que Botnia fuera mala cuando se era oposición, pero buenísima cuando se llegó al gobierno. O que se condene la depredación capitalista de los recursos naturales, pero se apoye un proyecto como Aratirí. O incluso que algo si se quiere menor como el puente sobre la laguna Garzón fuera un pecado antes, pero imprescindible ahora que dos intendencias frentistas están involucradas. Y esa inconsistencia es la que tiene a muchos votantes sumidos en el desconcierto.
09/06/11
EL PAÍS DIGITAL (MONTEVIDEO)
