Hace cuatro meses, 17 argentinos desembarcaron por un año en estas islas rodeadas por el mar Antártico, donde la temperatura alcanza los -38ºC. Un guardaparques, un médico, un técnico, un meteorólogo y el jefe de la base cuentan cómo es el día a día a miles de kilómetros de casa.
Hace cuatro meses, 17 argentinos desembarcaron por un año en estas islas rodeadas por el mar Antártico, donde la temperatura alcanza los -38ºC. Un guardaparques, un médico, un técnico, un meteorólogo y el jefe de la base cuentan cómo es el día a día a miles de kilómetros de casa.
Dicen que la inmensidad blanca te atrapa, pide que vuelvas, que no la olvides. Se les hace difícil explicar con palabras qué les atrae de estos metros de tierra argentina rodeada de mar Antártico. Son 17 los hombres que el 29 de marzo bajaron de un barco con las provisiones necesarias para pasar un año ahí, en el verdadero fin del mundo.
Las bahías Uruguay y Scottia, una cadena montañosa y un glaciar son los límites que encierran los 160 mil metros cuadrados que tiene la Base Orcadas, creada en 1904; esta estación científica, ubicada en la isla Laurie, fue el primer asentamiento humano que tuvo la Antártida.
Una expedición escocesa recorrió por primera vez las Orcadas en 1903; el buque Scottia quedó atrapado en el hielo y levantaron allí una casilla de piedra para pasar la temporada hasta poder regresar a Buenos Aires. Esa vivienda aún está en pie y funciona como museo de la base; también hay un cementerio, en el que descansan los restos de quienes fallecieron allí. Los últimos que murieron en Orcadas fueron en 1998, cuando una expedición se perdió en la isla.
La vida en Orcadas es rutinaria, pero aseguran que todos los días son diferentes. La inmensidad blanca, dentro de su monotonía, ofrece postales que se graban en la memoria. En verano apenas hay una hora de penumbra. Ahora, pasado el solsticio de invierno, las horas de luz empiezan a ser más que las de noche: por estos días, a las 15.15 el sol ya se ocultó.
En primera persona.
Ariel Carmaro, uno de los guardaparques, cumple años hoy y todos sus compañeros están en la cocina. A la medianoche brindaron. Ahora preparan las hamburguesas que él pidió como menú para la cena, alistan la torta, inflan los globos para decorar el salón, preparan la mesa. Ya recibió el regalo que su familia (como todas, igual que para Navidad y el Día del Padre) envió al comienzo de la misión. Todos los cumpleaños se celebran así. “Acá las pequeñas cosas tienen un significado muy particular”, explica Néstor Casanovas, jefe de la base, al otro lado del teléfono.
“Éste es un lugar precioso para vivir, es único. Para estar acá es fundamental tener una buena filosofía, poder estar bien con uno mismo, no sentirse solo. Ésta es una base aislada y confinada, y pueden aparecer síntomas depresivos”. Quien habla es Alejandro Schneiter, médico de la dotación. Antes de viajar, todos fueron operados: les extrajeron el apéndice para evitar emergencias. Es que en invierno, cuando el hielo se cierra sobre el mar, sólo se puede acceder a Orcadas mediante helicóptero, usando el suelo blanco como pista. “Mi tarea diaria es velar por la salud de todos. Toco madera, pero por suerte todos los días hago de todo menos eso”, cuenta. Confiesa que hace de “rueda de auxilio”, colaborando en las tareas que se necesiten: “No tuve ningún lesionado, más que dolores leves o contracturas”, dice. Estudió Medicina, trabajó en un hospital pero no se conformaba. Empezó a viajar y llevar ayuda a otros sitios: “Estuve en África y Europa. Quise llegar a Asia pero me desvié en el camino y llegué acá. Quiero dar una mano, colaborar, vivir. Cuando elegí venir ni sabía con qué suplementos contaría, quería experimentar”, dice.
En el grupo hay meteorólogos, geomagnetistas, guardaparques, técnico en comunicaciones, médico y enfermero, cocinero, y oficiales de la Marina, encargados de mantener la base. De lunes a sábado cada uno cumple con sus tareas, y el domingo es el día libre. La primera de la mañana es compartida: palear y derretir nieve para fabricar agua potable. Después, llegan dos turnos del trabajo específico –interrumpidos por el almuerzo y la siesta– y a la noche, el descanso y tiempo de compartir. Tareas como la limpieza, clasificar la basura o preparar y levantar la mesa son comunes, por turnos. “La base es inmensa, no te imaginás el trabajo que hay”, asegura Casanovas.
“Antes de venir no tenés ni la vaga idea de todas las especies que hay. Pingüinos, focas, aves. Son animales bastante particulares los que monitoreamos e investigamos”, cuenta Ariel Carmaro, uno de los guardaparques, que antes de aventurarse al continente blanco trabajó en los esteros del Iberá, Iguazú, en el Parque Nacional Los Alerces y el PreDelta. “Quería conocer un ecosistema nuevo: cómo es, cómo funciona, qué técnicas se pueden aplicar. Me generaba mucha curiosidad venir acá. Hace 17 años lo pensé por primera vez y ahora se me dio”, dice, encantado con el entorno natural que lo rodea.
“Cuando no pueden hablar por Skype con la familia o no funciona el teléfono, soy yo el que recibe los reclamos”, se ríe Gabriel Esteche, encargado de comunicaciones de la base. Él es quien está a cargo de mantener el contacto con el continente, monitorear el tráfico operativo y también de que sus compañeros puedan hablar con sus hogares. “Soy uno de los que pasa más ratos dentro de la casa, ya sea en la sala de radios o dando una mano en la cocina o lo que se necesite”, cuenta el oriundo de La Plata, donde vive su mujer y su hijo de cinco años. “Quería venir y lo charlé con mi familia, ellos me apoyan, por eso estoy acá. Me tocó este año y encontre 16 secuaces locos igual que yo, con los que compartimos buenos ratos”, dice Gabriel.
Daniel Armando Méndez también soñó muchas noches con venir a estas tierras. Y ahora lo hace por cuarto año. Meteorólogo del aeropuerto de San Miguel de Tucumán, llegó por primera vez al continente blanco en 1992: fue a Base Esperanza. En 2000, 2006 y 2010 invernó en Orcadas, igual que este año. “Si le preguntás a cualquier antártico viejo, te dice que Orcadas es la mejor base. Es muy cómoda y te permite pasar bien los días”, explica. Él es el encargado de monitorear el clima cada tres horas y enviar los datos a Marambio, desde donde se retransmiten. El clima en ese rincón del planeta es duro (temperaturas muy bajas, lluvias en verano, nieve en invierno), pero también sorprendente. Méndez recuerda que alguna vez registró una mínima de -38ºC y un julio en el que cambió el viento y trajo 10 grados positivos. Pasar su quinto invierno aquí le permite ver lo cambios: el glaciar, asegura, retrocedió unos 50 metros y las mínimas son más altas. “Cuando venís por primera vez decís que jamás vas a volver. Tenés lejos a la familia, tus amigos, tus cosas. Pero cuando llegás al continente empezás a recordar la Antártida y te llama. Acá desaparece el estrés, los problemas, el ruido, el apuro. Cuando estoy en la ciudad, toco los billetes y me empiezan a picar las manos”, sostiene “El Tucu”.
Compañeros.
“La convivencia es muy importante. A veces no es fácil, porque lo que en el continente es una pavada acá puede ser una hecatombre. Sería ilógico que no hubiera roces, somos personas. Hay que prestar la oreja, el hombro, pasar juntos la melancolía”, asegura Casanovas. “Acá hay 17 personalidades, tempestades distintas. Cuando se da una discusión, tratamos siempre de conversarlo, hablarlo después para que el tema se solucione”, cuenta Schneiter.
“No sé si estamos todos locos, pero la Antártida te enamora. Todos tenemos una motivación de estar en un lugar en el que pocos han estado. ¡Yo estoy cumpliendo un sueño! Es ansia de aventura, de conocimiento, de algo que no se puede poner en palabras”, dice Casanovas. Si está despejado, por las noches la luna ilumina la base y el mar. Si el sol sale o se pone, siempre llama la atención. Él no cae en la monotonía: “Siempre es el mismo paisaje, pero tiene matices diferentes. Mirás por la ventana y siempre te decís que sos un privilegiado”.
Por Daniela Rossi
13/07/13
DIAGONALES.COM
