(FNM) Desde la Tierra de los Hielos, otro cuento marinero para leer y disfrutar durante el fin de semana.
Anno Domini 980-
Las sagas islandesas (narraciones vikingas) relatan que en el año 980, en el centro de la Tierra del Valhala, mítico palacio del Dios Odín e isla asombrosa que el “Cuervo Floki” bautizó con el nombre que simboliza la “Tierra de los Hielos”, se reunió el Althing, tribunal supremo y popular vikingo.
Esta audiencia reunía a los godord -jefes máximos de las tribus que poblaban la isla- para juzgar la actitud del godid Erik Thorvaldsson, conocido como Erik el Rojo.
(FNM) Desde la Tierra de los Hielos, otro cuento marinero para leer y disfrutar durante el fin de semana.
Anno Domini 980-
Las sagas islandesas (narraciones vikingas) relatan que en el año 980, en el centro de la Tierra del Valhala, mítico palacio del Dios Odín e isla asombrosa que el “Cuervo Floki” bautizó con el nombre que simboliza la “Tierra de los Hielos”, se reunió el Althing, tribunal supremo y popular vikingo.
Esta audiencia reunía a los godord -jefes máximos de las tribus que poblaban la isla- para juzgar la actitud del godid Erik Thorvaldsson, conocido como Erik el Rojo.
Se llegó a esta situación extrema, dado el permanente estado de tensión que provocaba Erik con sus vecinos, en la tierra y en el mar. El asesinato no aclarado de un vecino y del hijo del mismo, le habían sido atribuidos a “el Rojo”, y esto marcaba el punto final a la convivencia entre su gente y el resto de las tribus. Erik debía ser juzgado.
El destino del jefe sería el de toda su familia, sus sirvientes y esclavos. Lo que el Althing decidiera involucraría a todo su godard. Cientos de familiares e innumerables drakkars (barcos de guerra) y knarr (barcos mercantes) -que dependían de Erik- deberían acatar la decisión del tribunal. Para todos ellos como vikingos que eran, el castigo más fuerte era el destierro.
En la sociedad vikinga, ningún señor o noble, por alto que fuera su rango, estaba por encima de la ley. Y la ley se articulaba por medio de una red de asambleas, que transcurrían por varios niveles, desde el nivel local hasta el nivel nacional o estatal. Del Althing, que era el máximo tribunal, emanaban decisiones inapelables. El encargado de memorizar y recitar todas las leyes de Islandia era el Lögsögumadur.
El Althing se celebraba en el Þingvellir, que significaba la “llanura de la asamblea”, un paisaje grandioso lleno de barrancos, cascadas, manantiales, lagunas y geiseres. El portavoz del tribunal, es decir el Lögsögumadur, debía recitar la decisión desde la piedra de la ley (logberg), que era el lugar desde el cual se emitían anuncios y discursos públicos.
Aún era un templado verano islandés en el cual el sol reinaba sobre las sombras, de modo que esa mañana la temperatura superaba con holgura los diez grados centígrados, pero los imputados sentían un frío que penetraba el alma y se lo transmitían a los presentes.
Erik con su armadura de guerra escuchó imperturbable la decisión del Consejo: el destierro para él y los suyos. Sabía que no podía regresar a su Noruega natal de donde su padre ya había sido expulsado por un tribunal similar. Las opciones eran o poner proa al sur hacia las islas británicas dominadas por los celtas, quienes no serían buenos anfitriones para sus guerreros, dado el odio que provocaban las continuas invasiones y saqueos vikingos, o navegar hacia el oeste. Las mujeres del clan de Erik incluyendo su esposa eran de origen celta, dado que habían sido capturadas en las incursiones de los hijos de Odín.
No le quedaba otra opción a Erik que navegar con sus barcos y familias hacia el poniente, a lo desconocido, en busca de un lugar donde asentarse. Sabía por comentarios de exploradores vikingos que había otras tierras deshabitadas ubicadas en una gran isla de hielo y turba, y pensó que quizás podía ser ése sitio su mejor nuevo hogar hasta que pudieran regresar a Islandia, si las condiciones cambiaban para su clan.
Tomada la decisión de buscar ese nuevo hogar, zarparon de su amada Reikiavik abandonando todo, pero previamente prendieron fuego a sus hogares y arrasaron la tierra, para que por largo tiempo no les resultara útil ocuparlas a otros vikingos. Hecho esto arrojó cenizas al viento y juró que él o sus descendientes regresarían. Finalizada esta triste ceremonia todos embarcaron en la flota varada en la playa y se hicieron a la mar.
Aprovechando los vientos favorables traspasaron con su flota las Islas Brumosas que rodean a la Península de Vestfirdir, y en una región favorecida por el microclima llamada Dynjandi, zona de acantilados de más de 100 metros de altura e impresionante cascadas, cumpliendo un plan que había decidido en sueños por la influencia de los espíritus blancos, dejó a su hija ilegítima pero la más amada, Freydis Eiríksdóttir, con un grupo de doncellas y sirvientes para que la cuidaran. Quería que su amada hija no corriera el destino de su godard, pero también pretendía que no fuera descubierta por los habitantes de Islandia, porque podrían ajusticiarla por incumplir la Ley. Antes de dejarlos los colmó de alimentos y maderas para construir un refugio; también les dejó un drakkar por si debían escapar. Igual, todos los integrantes de su séquito debían dar la vida si fuera necesario para defender a Freydis.
Freydis era una hermosa mujer de cabellos encendidos como su padre, dueña de una piel blanca donde jugaban las pecas que marcaban unos senos prominentes que acorazaba con una cota metálica para poder pelear. Protegía sus piernas con pantalones de cuero y botas de fina piel que le permitían moverse con elasticidad. Era una mezcla de guerrero vikingo con hembra celta, un ejemplar magnifico de su nueva raza. Al momento de quedar en Dynjandi tenía 20 años y si bien conocía con holgura los placeres del sexo, no había aceptado las propuestas de matrimonio que arreglaban entre los jefes de familia. Ella era una protegida de su padre y por tal razón ejercía su voluntad, aún en contra de los requerimientos familiares y de la tribu.
Erik que era previsor y respetuoso de los dioses, urgió un plan mágico para proteger a su hija. Para eso entre los servidores dejó un Seid y una Volva. El Seid era un brujo (Los seid eran ergi, o sea homosexuales pasivos). La Volva o Seidkona era la versión femenina que podía hacer el bien o el mal, pero que en este caso estaba para protegerla a Freydis. El lesbianismo estaba mal visto inclusive en una bruja, pero existía en un ámbito privado. Ambos brujos, la Volva y el Seid, eran poderosos y gozaban de los conocimientos necesarios para volver invisibles a su grupo de los ojos vikingos y asegurarles larga vida.

Los vikingos creían en la existencia de los trolls, pero a diferencia de sus hermanos mágicos del continente, los trolls en que los islandeses creían, eran diminutos y se mantenían invisibles a los ojos humanos. Eran similares a los elfos de los celtas y podían ser buenos o malos. Lograban viajar sobre los vientos, como en el caso del troll del viento Ysätters-Kajsa, y gustaban acumular grandes tesoros en los bosques. Si bien desconfiaban de los humanos, cada tanto les cambiaban en la noche un hijo humano por uno propio para mantener el lazo. Únicamente los brujos podían verlos y hablar con ellos.
Algunos de los trolls como el sjötrollet (‘trol del mar’), era un espíritu protector del mar y de su gente. La versión femenina eran las sjoras también llamadas huldras quienes recordaban en su fisionomía a una mujer de extraordinaria belleza. Cuando una huldra se topaba con un hombre, lo seducía y frecuentemente, tenía relaciones sexuales con él. Si la huldra se sentía satisfecha, podía dar al hombre una recompensa. Si por el contrario era objeto de malos tratos, su venganza podía ser terrible.

Estos seres mágicos, no vivían en el bosque sino en las cavernas de los fiordos, generalmente protegidas por cataratas del agua del deshielo de los glaciares.
Este era el plan que había soñado Erik, que su hija y su grupo fueran protegidos por los trolls del mar y las hudras, convirtiendo a Freydis en una de ellas, hasta que se rompiera el hechizo y formara una nueva tribu y asegurara su descendencia.
Elegida la cueva más protegida con una caída impresionante de agua en su boca, rodeada con buenos campos de tundra y abundante riqueza de caza su alrededor, Erik desembarcó con el grupo seleccionado, mientras su flota esperaba al remo su regreso. El Jefe Vikingo abrazó y besó a su hija y en señal de poderío golpeó la lanza contra su escudo, un gesto interpretado por el resto de los servidores quienes bajaron la cabeza obedientemente. Sabían que esa señal significaba dar la vida por esa hija amada. Luego el vikingo se embarcó y zarpó al oeste ignoto con su flota.
En tierra Freydis y su sequito los siguieron con la vista, hasta que se perdieron en el horizonte, sintiendo en su corazón el dolor del abandono no querido.
Mar de Islandia 1939
En el puente de mando del aviso KMD Thompkinson, el premier lojtnant Alexander Keniesenn de la real armada de Dinamarca, miraba la carta de navegación tratando de estudiar cada roca, fiordo o isla que estuvieran dibujados allí. La tenue lámpara que alumbraba la mesa de navegación oscilaba de una banda a la otra, siguiendo el compás del barco. De la mesa se cayó la regla paralela, el compás de punta seca y una taza de café preparada un rato antes. Pero Alexander, afirmado con ambos brazos del borde del mueble, permanecía incólume mirando la carta, mientras anotaba como podía sus observaciones en un cuadernillo. Los continuos golpes de mar escoraban peligrosamente el viejo minador convertido en aviso, mientras su comandante, el lieutenant kommander Danielssen, conocido en la marina como el Oso por su presencia física, trataba de llevar al barco al fiordo seleccionado por Keniensenn.
Las instrucciones confidenciales emanadas del comandante de escuadrilla, y recibidas en Dinamarca antes de zarpar en el puerto de Aalborg, eran clarísimas: El premier lojtnant especialista en submarinos que había embarcado en el Thompkinson, le indicaría al capitán donde debería desembarcarlo.
Todo el barco estaría a disposición de este joven oficial y su delicada misión. La superioridad había elegido el barco del Oso para transportarlo, dado el conocimiento amplio de Islandia que este poseía, y ya que su aviso era el mejor adiestrado de la flota de protección danesa que operaba en la Isla.
Dinamarca, que había logrado mantenerse neutral en la Primera Guerra, ejercía desde 1918 una denominada unión personal con Islandia, un tratamiento menos dependiente del que mantenía con Groenlandia y las Islas Faroes. Los islandeses esperaban que en 1941, la revisión del tratado les permitiera emanciparse de Dinamarca, como en su momento sus antepasados lo hicieran de Noruega. Pero por ahora permanecían atentos en esta inmediatez de un nuevo conflicto mundial, para ver hacia donde se inclinaría la balanza de las facciones en pugna.
Antes de que la Segunda Guerra Mundial estallara, Islandia carecía de fuerzas armadas y era una tierra remota y de poco interés para las potencias europeas. La Alemania Nazi, viendo la importancia estratégica de la Isla y la firme voluntad de emanciparse de sus habitantes, comenzó a acercarse a los habitantes de la Isla, organizando eventos deportivos entre las dos naciones y enviando el crucero Emden, que transportó equipos de antropología para la investigación científica. También el transporte de la Kriegsmarine “Bahía Blanca”, quedó afectado al servicio de los isleños.
En realidad los que buscaban los alemanes, era asentarse en suelo islandés para construir bases logísticas para sus submarinos U-boots. En el alto mando alemán comenzó a delinearse un plan para tomar la Isla, bajo el nombre de Operación Íkaro, que fue interceptado por la inteligencia inglesa.
Esto preocupó aún más a los británicos, quienes intentaron acercarse más a Islandia para contrarrestar la influencia alemana, pero sin éxito alguno. Nunca fueron queridos por los isleños, razón por la cual buscaron el apoyo del gobierno danés, informándoles los planes de los alemanes para liberar a Islandia.
La marina Dinamarquesa decidió prepararse para evitar los desembarcos alemanes en los lugares que los submarinistas consideraban ideales para la operación de los U-boots. La persona elegida para verificar si había movimiento de los alemanes en los probables lugares de asentamiento, era el premier lojtnant Alexander Keniesenn, distinguido oficial naval y capacitado submarinista que había demostrado durante su carrera una dedicación profesional total y un gusto por la perfección, no dejando nada librado al azar. Este joven oficial perteneciente a una creyente familia cristiana, educado por una madre irlandesa católica, se había casado muy joven totalmente enamorado de su novia de la adolescencia. Era padre de tres pequeños hijos. Su adorable familia había ido a despedirlo al puerto de Aalborg cuando zarpó el aviso KMD Thompkinson. A nadie había contado su misión.
Ahora en el puente del aviso, intuyó que el lugar ideal para la construcción de una base casi natural de U-boots, era una cueva profunda que se abría a sotavento de las Islas Brumosas y cuya entrada estaba protegida por una cascada.

El Oso Danielssen había marcado la cascada en una carta, ya que varias veces había fondeado su barco en las inmediaciones, para poder desembarcar y recorrer tan bello paisaje. Se lo indicó a Keniessenn, aunque omitió decirle que algo sobrenatural había sentido al ingresar a la cueva, cuando empapado por el fría agua de la cascada, había descubierto un profundo interior. El comandante no era tan cristiano como Alexander, creía que mucho de la mitología nórdica era cierto, y siempre había sido respetuoso de ese mundo mágico. En una oportunidad que su gente por diversión había disparado sobre las rocas de la costa, además de amonestarlos, desembarcó solo y pidió perdón a los seres invisibles que estaba seguro moraban en esas piedras.
Cuando arribaron, el aviso llegó al lugar designado, el mar se apaciguó y entraron en una zona de calma, desde la cual podían ver más allá de las islas, el mar embravecido por un fuerte viento que rizaba las aguas. Era el mismo mar por el cual habían navegado horas antes. Pero en esta bahía a la entrada del fiordo todo era tranquilidad. La tripulación estaba contenta porque había finalizado el mal de mar que habían sufrido, en especial los más jóvenes e inexpertos.

Alexander había preparado su equipaje consistente en ropa impermeable, alimentos, y un generador manual, que serviría para cargar baterías, para operar un rudimentario equipo de radio y proveerle iluminación de emergencia. Pero lo más importante era el instrumental para sondar las profundidades y almacenar dicha información para elaborarla a bordo. El equipo de radio únicamente le permitiría emitir señales de llamada al barco de apoyo. Por eso decidió que lo dejaría en reparo en la playa. En Islandia, en cualquier situación, el tiempo es inestable. A lo largo del día pueden sucederse el sol, las nubes, la lluvia, de nuevo el sol y luego el granizo. Un amanecer nublado no presupone que no vaya a lucir el sol al cabo de un rato y viceversa, razón por la cual había que estar preparado para cualquier contingencia.
Antes de desembarcar expresó su agradecimiento a la tripulación que lo había llevado con éxito y en la cámara de oficiales hicieron una pequeña celebración. Danielssen había dado su consentimiento, a condición de que no armaran mucho alboroto. Igual se cantó y brindó por el éxito de la misión, sirviendo como excusa para tomar un bol de ponche bautizado con suficiente aguardiente como para emborracharse. Alexander mantuvo la compostura y aceptó de buen grado la celebración del resto de los oficiales.
Cuando se alejó del aviso, remando en su pequeño bote, miró hacia el barco y vio al oso en el puente agitando su gorra en forma de saludo. Estaba seguro que rezaba por él al Dios cristiano y a todos los dioses paganos en los cuales el comandante danés también confiaba. Se rio con un sentimiento de afecto por ese camarada, en quien había descubierto a un excelente marino y a un buen hombre que cuidaba paternalmente de su tripulación.
Alexander -mientras remaba- había conseguido pasar la cascada por un pequeño espacio donde el agua caía con menos fuerza y se deslumbró al ver la belleza del lugar. A pesar de que adentrándose comenzó a remar con suavidad, sentía en el bote un viento permanente que lo envolvía. De repente un pez saltó junto a su bote. Le pareció raro, dejó descansar sus remos y trato de oír. Observó que una leve bruma le indicaba que el agua estaba más caliente que mar afuera, delatando también la existencia de algún geiser submarino.
Siguió remando golpe a golpe, mientras trataba de oír los ruidos de la cueva. Vio una pequeña playa rodeada de resbalosos riscos y eligió ese lugar para desembarcar. Hecho esto dejó el equipo y se abrió paso entre las rocas resbaladizas. Mirando hacia abajo pudo comprobar, por el azul del mar, que en ese lugar era muy profundo y no había piedras apreciables a simple vista que pudieran obstruir la navegación. Era un lugar ideal para operar con un submarino.
Siguió escalando, pero resbaló y cayó de espaldas al agua, golpeando su cabeza en una piedra. Sintió que la sangre corría por sus sienes y que el agua de mar era tibia y acogedora. Su cuerpo estaba pesado por la ropa y por el equipo. Comenzó a hundirse y mirando hacia arriba, vio como la luz desaparecía de a poco. Pensó en su amada esposa y en sus hijos, en los momentos agradables de su vida, cuando se graduó, cuando nació su primera hija y se durmió en una sensación de abandono.
El mismo día a bordo de una nave diferente y de bandera alemana
A bordo del submarino alemán U-boot 657 de la Kriegsmarine, el Oberleutnant Louis Wolfang Stefan, oficial comando especializado en operaciones especiales, estaba por ser desembarcado en el área que los islandeses habían recomendado como ideal para una base de submarinos, lo que permitiría ejecutar el Plan Ikaro.
Los habitantes de la isla veían en Alemania a un aliado que los ayudaría a liberarse de los daneses y evitar una invasión inglesa, hecho que después se produjo bajo el nombre de Operación Fork.
El submarino había detectado la presencia de un barco auxiliar danés fondeado en las inmediaciones de las Islas Brumosas, razón por la cual su comandante decidió aproximarse al área, navegando en inmersión a profundidad de periscopio. Cuando la visibilidad disminuyera, desembarcarían al oficial comando, quien haría un relevamiento de la cueva que se anunciaba atrás de la cascada que caía al mar. La operación debía ser realizada con la mayor discreción, para no ser descubierto por los daneses.
En la cámara de oficiales, el comandante del submarino, el “Adlerfisch” Regierungszeit – quien luego sería uno de los héroes en la Batalla del Atlántico, por haber hundido gran cantidad de buques ingleses- repasaba con Louis Stefan el plan a seguir para confirmar la información que habían proporcionado los islandeses, sobre la existencia de un lugar excepcional para poder operar los U-boots, fuera del alcance de artillería naval y aérea de los ingleses.
Regierungszeit era dueño de una piel oscura y pelo renegrido que se acentuaba por la barba de varios días. Tenía una mirada inteligente y decidida; su carácter lo convertía en el líder de su tripulación, que lo seguía ciegamente confiando en su gran capacidad y valor guerrero. Louis por el contrario era rubio de ojos claros, con una barba muy rubia. Era el típico alemán ario. Había recibido un intenso entrenamiento como oficial comando y estaba ansioso por entrar en acción.
Finalizada la enésima lectura del plan a ejecutar, ambos se abrazaron dejando de lado la formalidad militar. El Adlerfisch lo acompañó a cubierta, donde lo esperaba el bote con los elementos necesarios para cubrir las necesidades operativas. Louis verificó el funcionamiento de su pistola Luger 908 Parabellum y se tranquilizó al tocar en su cintura su daga de combate.
En medio de la penumbra y ya sobre la cubierta del submarino, contrastaba la diferencia de altura entre ambos oficiales germanos. El comandante era bastante más bajo. La despedida fue rápida y silenciosa.
Cuando Louis Stefan llegó a la playa, Alexander Kienessen hacia horas que estaba en la cueva.

Louis tenía como misión relevar la cueva y confirmar que podía ser usada como base para los U-boots, para poder iniciar la Operación Ikaro. Los nacionalistas islandeses habían pasado la información de su existencia, aunque pocos se habían atrevido a ingresar en ella.
Alexander y Louis tenían la misma edad; ambos eran físicamente muy similares; el alemán un poco más alto y el danés más robusto, pero podrían haber pasado por hermanos. De haberse conocido en otras circunstancias, seguramente podrían haber sido amigos. Compartían la misma vocación por su armada, el amor por el deporte, ambos eran hombres honestos y de palabra, pero la inmediata guerra los ponía en veredas opuestas. La necesidad de cumplir la misión podría llevarlos a matarse uno al otro. Cuando entraron a la cueva desconocían la existencia uno del otro.
La cueva
Louis entró a la cueva con todos los sentidos atentos. No temía la presencia de espíritus o ánimas, sino la presencia de ingleses que estuvieran en una operación de relevamiento similar a la de él.
Las órdenes recibidas le indicaban evitar tomar contacto físico con quien fuera. Debía evitar iniciar una acción militar que pudiera delatar la presencia de los alemanes. El plan Ikaro debería permanecer en secreto por el momento.
Remar en las tibias aguas interiores cortando la leve bruma, le producía una sensación extraña. Dada su formación, no se amedrentaba por lo que podía sentir, pero sí fue más cauteloso. Acomodó su pasamontaña para poder ver mejor y buscó un lugar desde donde poder inspeccionar el interior de la cueva sin ser advertido.
Al ver la playa de pedregullo al pie de los riscos, remó lentamente hasta llegar ahí, desembarcó casi sin hacer ruido, para lo cual se sumergió en el agua antes de que la embarcación embicara en la costa. Luego tomando la boza del bote, cobró de ella hasta subirlo a la playa. Fue en ese momento cuando advirtió la presencia del generador y el equipo de radio de Alexander. Siguió buscando y unos metros más adelante -entre las rocas- vio el bote que aquel había utilizado.
Sabía que quien estuviera en la cueva no podía ser alemán. El equipo de radio era de fabricación inglesa, por lo tanto desenfundó su pistola automática y con la mano izquierda acarició la daga de su cintura.
Trepó con cuidado a los riscos hasta ubicarse en una situación privilegiada de observación. Fue desde esa posición desde donde vio algo asombroso: un drakkar vikingo que se desplazaba bajo la superficie del mar, era tripulado por remeros fantasmales. Se distinguía sobre su cubierta el cuerpo inerme de un hombre con vestimenta actual de marino. Ese hombre era joven como él y si bien parecía muerto, tenía los ojos abiertos mirando a la superficie.
Su ropa daba la impresión de flotar suavemente a pesar de estar totalmente hundida, y sus cabellos castaños se movían con el avanzar del drakkar. A bordo, una mujer bellísima de cabellos rojos como el fuego, arrodillada junto al cuerpo inerme del marino, lo acariciaba y periódicamente lo besaba en la boca, dando la impresión que le enviaba aire de sus pulmones.

Cuando llegaron a la orilla opuesta, el barco vikingo emergió y los fantasmales guerreros saltaron al agua para ayudar a varar a la embarcación.
Cuando la doncella pelirroja desembarcó, un resplandor iluminó la cueva.
Louis, que nunca había sentido miedo, estaba aterrorizado y paralizado, a punto tal que de su mano la pistola cayó a las piedras, lo que provocó se disparara un tiro que sonó en la cueva con mil ecos.
Fue entonces que Freydis miró hacia él y lo señaló con su brazo. Las huldras que emergían del mar ante la señal de su princesa, se transformaron en viento y una sola ráfaga tremendamente intensa voló hacia el infortunado alemán, quien trataba de defenderse pero no podía emitir palabra y sus brazos pesaban como dos anclas.
Las huldras se materializaron y lo desnudaron con movimientos bruscos. Luego no tuvo más recuerdos.
Luego de dos días desde el desembarco de Louis, y al no tener novedades, el comandante del submarino envió un grupo de búsqueda, que tras otro día más de no hallarlo, finalmente lo ubicó en una playa existente fuera de la cueva, a unos 400 metros de su entrada. Estaba totalmente desnudo, con el cuerpo lastimado por arañazos y mordidas, como si un animal lo hubiera atacado. El oficial a cargo le tomó el pulso, y comprobó que todavía estaba vivo.
Su cabello había encanecido de golpe y su barba era blanca; su piel parecía transparente dejando ver sus venas. Louis abrió sus ojos color celeste y reconoció al oficial del submarino. Aferró sus brazos apretándolos con fuerza, mientras lo miraba fijamente sin poder hablar.
Luego de ser llevado a bordo y tras recuperarse, Louis informó al comandante que no recordaba qué animal lo había atacado, que la cueva no tenía las características necesarias para operar un submarino, y que ese sería su informe al Estado Mayor de la Armada.
Poco después. Regierungszeit recibió un mensaje del alto mando naval, en el que se le comunicaba que por orden de Hitler, se había decidido dejar de lado el plan Ikaro. Debía navegar hacia una posición en donde un buque logístico reaprovisionaría al submarino y recibiría a Wolfang Stefan. El submarino quedaría en condiciones de atacar buques. Se había iniciado la batalla del Atlántico.
Louis decidió desde ese día guardar silencio de lo que ya había podido recordar, hasta que en la vejez lo contaría para no llevar la historia como secreto a la tumba. En realidad, cuando todavía era un hombre vital y vivía en la Argentina, me relató todo lo que había vivido.
Dos hechos habían ocurrido en aquellos días, el primero que Alemania invadió Dinamarca y se apropió de los barcos que los daneses no pudieron destruir o escapar. La orden del almirantazgo danés fue tratar de huir a Inglaterra, Islandia, Groenlandia o el primer puerto factible, para después reagruparse en una fuerza de liberación.
El segundo hecho fue que Inglaterra desembarcó en Reikiavik, con la poca oposición que pudieron hacer los islandeses, con una fuerza policial de 50 hombres. También se apoderaron del transporte alemán “Bahía Blanca” que se encontraba en el puerto. Ahí estaba Louis Wolfang Stefan, que quedó preso de los ingleses.
El aviso KMD Thompkinson esperó durante una semana al joven oficial danés, antes de tomar la decisión de zarpar hacia Reikiavik, ya en manos de los ingleses quienes retuvieron el buque impidiéndole zarpar nuevamente, en espera de instrucciones del almirantazgo inglés, sobre qué hacer con los barcos dinamarqueses que buscaran auxilio. Previo a eso y durante la semana de espera, el Oso había intentado infructuosamente desembarcar gente para buscar a Alexander Keniesenn, pero cada vez que iniciaban la maniobra de arriado del bote un temporal indescriptible los azotaba. Los vientos huracanados provenían de la cueva y los obligaba a zarpar para tener que capear, mientras evitaban ser derivados sobre las piedras.
El capitán supo interpretar la decisión de los dioses paganos, y con el dolor de tener que abandonar a un camarada, decidió no insistir.
De cómo supe de esta historia
A Louis Wolfang Stefan lo conocí en Buenos Aires al principio de los años setenta.
Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial se desempeñó como oficial de la marina mercante, a bordo de un barco de Hamburg Sud que hacia la línea a Sudamérica. Así visitó el puerto de Buenos Aires y algunos puertos del litoral entrerriano. El alemán conoció a quien sería el amor de su vida, una bonita dama de la sociedad de Concordia de nombre Inés, quien le dio un lugar en el mundo y dos hermosas hijas.
Cuando iniciamos nuestra sociedad y amistad, él ya había hecho fortuna, primero con una curtiembre en esa ciudad sobre el río Uruguay, luego con un frigorífico cárneo. Juntos nos embarcamos en una inversión en la industria pesquera en la Patagonia.
Así fue que en nuestros permanentes viajes al sur argentino, me relató su parte de esta historia. El resto nos enteramos en el lugar más insólito.
Teníamos un cliente que era una cooperativa danesa de alimentos en Dinamarca. Estaba localizada en Aalborg. Hace unos años, durante una prolongada visita comercial que hicimos con Louis a esa ciudad, descubrimos un muy bonito Club Naval, en el cual nos dieron hospedaje y pasábamos nuestras veladas con viejos marinos daneses en el frio invierno de ese país.
Entre platos del smørrebrød bebiendo cerveza y snaps (una especie de aguardiente danés), conocimos al Oso Danielssen quien compartía con Louis charlas de la guerra. Así fue como el Oso nos contó su experiencia en la cueva de Dynjandi, en la Península de Vestfirdir, Islandia.
Louis, asombrado por la coincidencia, aportó el otro lado de la historia. Eso provocó que me decidiera que en algún momento viajaría a Islandia, aunque ambos me dejaron claro que no me acompañarían. Para ellos la historia era parte de su pasado y no querían revivirla.
Así fue que en el año 2006, en oportunidad de tener un tiempo libre para ocupar en descubrimientos, empecé a organizar mi viaje a la capital más septentrional del mundo: Reikiavik.
A través de Internet contraté el servicio de una guía turística en castellano, Tinna Dagurdótti, que significa la hija de Dagur. Los significados de los apellidos son diferentes a los europeos. Ella me llevaría un vehículo apto para viajar a los fiordos del noroeste, a Vestfirdir. La distancia desde Reikiavik a Vestfirdir por tierra son 250 Km de difícil andar. Igual encontraríamos un par de buenos hoteles donde descansar.
Tome un vuelo a Londres y de ahí en la línea de bandera islandesa hasta el aeropuerto de Reikiavik, donde Tinna me esperaba con un Land Rover bastante moderno. Durante el viaje nos conocimos y supe que además de ser una típica joven mujer de la isla, bonita y de aspecto deportivo, también era muy culta y había estudiado en la Universidad Complutense de Madrid, España, obteniendo un máster en Psicoanálisis y Teoría de la Cultura.
Pero todo su profesionalismo pareció derrumbarse cuando le conté la verdadera causa de mi viaje. Me costó convencerla de seguir adelante, aceptando finalmente con la condición que me llevaría al fiordo buscado donde se producía la cascada de deshielo, pero que ella no bajaría y que me esperaría en el auto. Era absolutamente creyente de los seres que denominó “los que se esconden” y de cuanta creencia vikinga existiera.

Finalmente llegamos al hotel que era de cuatro estrellas, realmente cómodo y acogedor. Eso sí, solitario. Desempacamos y cenamos temprano. La discusión por el viaje y el cansancio alejaron de mi cualquier idea de acercamiento, así que nos fuimos a dormir cada uno a su cuarto. Esa noche soñé con toda la historia narrada y que iba a encontrar el drakkar en la playa interna y mil locuras más.
A la mañana desayunamos temprano. El desayuno islandés comprende pescado marinado, pescado ahumado, algunos fiambres importados, gachas de avena y café negro. Los lácteos y quesos son escasos. El pan es negro con semillas. Subimos al jeep y recorrimos los 15 kilómetros que nos llevaban hasta el acantilado. Tinna me mostró un camino de descenso y me cobró por adelantado sus servicios de guía, por las dudas no regresara. Establecimos un tiempo de espera, pasado el cual Helga avisaría de mi desaparición por teléfono satelital al servicio de guardacostas. Al iniciar el descenso vi su cara de preocupación y supe que haría algún tipo de ritual de perdón ante las ánimas del acantilado, rogando por mi vida.
Descendí un poco controlado y otro poco de asentaderas, lo cual era lógico considerando mi sobrepeso. Aferrándome como podía a los arbustos que crecían entre las piedras, finalmente aterricé en la playa. Pensé que el esfuerzo de subir sería el doble, pero durante muchos años anhelé este momento, así que seguí adelante. Caminé sobre la gruesa arena hasta que me fue fácil descubrir un hueco entre la caída del agua y la piedra, que indicaba la entrada a la cueva. Mojándome me metí en ese angosto sitio y avance pegado a la piedra, pero no encontré cueva alguna. La entrada había desaparecido. Con mis manos tanteaba la piedra buscando algún indicio, pero nada.
Fue en ese momento que vi un dibujo -al principio borroso- grabado sobre la piedra. Limpié el musgo para ver bien que era, y entonces se me heló la sangre. Era el rostro de Freydis Eiríksdóttir, que me miraba fijamente.
(Por Luis P. para NUESTROMAR)
04/04/14

