Inundaciones: no sirve barrer bajo la alfombra

Imaginemos la ciudad hace unos 80 años: casas bajas, extensa, atravesada por arroyos y ríos con importantes arboledas adyacentes que en el caso de la costa del Río de la Plata se convertían en densas masas boscosas y humedales. En los arroyos White y Medrano, hoy entubados, la gente nadaba y hacía picnics bajo frondosos membrillares.

Imaginemos la ciudad hace unos 80 años: casas bajas, extensa, atravesada por arroyos y ríos con importantes arboledas adyacentes que en el caso de la costa del Río de la Plata se convertían en densas masas boscosas y humedales. En los arroyos White y Medrano, hoy entubados, la gente nadaba y hacía picnics bajo frondosos membrillares.

Estos espacios cumplían un rol ambiental específico: los árboles y los suelos con vegetación actúan como grandes “esponjas” que absorben y liberan grandes cantidades de agua a los ríos, arroyos y a la atmósfera, ralentizando la escorrentía superficial y freática, disminuyendo sensiblemente el riesgo de inundaciones, las que son tanto un resultado de la velocidad de escurrimiento superficial del agua como del volumen de precipitaciones caído.

Desde aquel entonces los espacios verdes no han sido más que una variable de ajuste del crecimiento metropolitano, un “daño colateral” causado por períodos de ausencia sistemática de gestión ambiental en algunos casos, y en otros, por una urbanización “informal”, devenida del ya crónico conflicto entre la necesidad de espacio de una creciente población y la ausencia de políticas de vivienda pública o barata.

Desde los años noventa una descontrolada especulación inmobiliaria convirtió al AMBA en un “festival de torres”, muchas de las cuales se construyeron sin permisos adecuados, modificando criterios de zonificación, y sin estudios serios de impacto, lo que solamente puedo ser posibilitado por un alto nivel de corrupción municipal. Aunque signifiquen trabajo y capital para algunos sectores, no han contribuido de ningún modo a solucionar el problema estructural de la vivienda. Lo peor es que de acuerdo con evidencias recientes los profundos cimientos generan diques que comprometen la circulación freática de las aguas hacia el río, produciendo ascensos de la napa y empeorando las inundaciones. En el caso de los countries, la situación fue similar, pero con el agravante que las urbanizaciones ocurrieron directamente sobre espacios verdes de alto valor regulador del ciclo del agua como humedales del Delta o bosques de la zona sur.

La naturaleza juega un rol contrastante: los mismos sedimentos aluviales que le dan riqueza a la llanura levantan el lecho del río potenciando el efecto de “tapón hídrico” producido por la sudestada, que no sólo impide la evacuación de las aguas al “soplar contra la ciudad”, sino que va asociada a la caída de grandes volúmenes de precipitaciones.

Las soluciones no han alcanzado: en parte debido a que un fenómeno cuya naturaleza no reconoce límites jurisdiccionales debe pensarse desde un manejo integrado de la cuenca.

Compartimentar las obras por recortes territoriales es el equivalente metodológico de “barrer bajo la alfombra”: desplaza geográficamente el problema o lo alivia sólo por un tiempo.

Por Héctor Zajac

03/04/13

CLARIN

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