Grandes placeres en alta mar

Grandes placeres en alta mar

Impresiones del Mediterráneo desde el imponente buque Costa Pacifica. Servicios de lujo, diversión y paseos por Savona, Marsella, Valencia y Lisboa.

Impresiones del Mediterráneo desde el imponente buque Costa Pacifica. Servicios de lujo, diversión y paseos por Savona, Marsella, Valencia y Lisboa.

Volver al mar. Ese es el encanto de los cruceros. Al viajar en estos enormes hoteles cinco estrellas móviles por el Mediterráneo, se siente el poderío de los conquistadores. La parada en cada puerto, uno por día, vuelve al viaje frenético. Es una invitación a descubrir las antiguas penínsulas del sur de Europa. Apenas cuatro o cinco horas para introducirse en sus historias milenarias, calles, monumentos, parques, castillos, mercados y apreciar el ritmo que llevan sus pobladores. Es una buena opción tomar un tour de los que ofrecen a bordo o explorar un recorrido al gusto propio, siempre con la ayuda de un mapa. Con los minutos contados y cuando parece que aún queda mucho por descubrir, será la hora de volver al mar. Como retornar a casa tras un día agitado.

Un joven con acento italiano, vestido de marinero, recibe a los pasajeros. Sonríe e invita a introducirse en un túnel blanco, en el ingreso al piso cero. Ascensor hasta la confortable suite. Allí esperan unos minutos de remanso. Ruge el barco. El capitán avisa que el crucero va a zarpar. Es el momento de salir a cubierta. El gigante blanco comienza a moverse lentamente. Parecen desdibujarse las figuras de los edificios, puentes colgantes y autopistas. La mirada se sumerge en la inmensidad del océano. Despierta la melancolía del mar.

El Costa Pacifica de la compañía italiana Costa Cruceros partió en mayo del puerto italiano de Savona, para posicionarse en el norte del Viejo Continente, donde permanecerá durante la primavera europea. Pero antes, sus 2.700 pasajeros pudieron disfrutar de cálidas tardes y pueblos pintorescos del Mediterráneo. El plan de viaje incluyó la ciudad de Marsella, en la costa norte de Francia, la españolísima Valencia, el cruce por el estrecho de Gibraltar y una parada de un día en Lisboa, la capital de Portugal. El destino final del buque, luego de nueve noches de travesía, será Kiel, en Alemania. En cada una de estas ciudades, el calorcito invitó a recorrer plazas y parques, a descubrir terrazas y a disfrutar de un café o una cerveza en las mesas de sus bares, al aire libre.

No hay empujones en el ingreso al barco, los pasajeros parecen no tener prisa. Quedan varios días para recorrer los 12 pisos, en un entramado laberíntico. Lleva tiempo descubrir dónde se encuentran los 1.504 camarotes, los 5 restaurantes, los 13 bares, el spa de 6.000 metros cuadrados, el teatro en sus 3 niveles, las 4 piscinas (una con techo corredizo), los 5 jacuzzis y el tobogán acuático. En el tercer piso, en el Welcome Atrium , los acordes de un piano de cola amenizan el ingreso de los pasajeros. El pianista, un joven de Turín que está por cumplir sus seis meses a bordo, dedica serenatas a las cortesanas atraídas por sus melodías.

El Costa Pacifica fue inaugurado junto al Costa Luminosa en 2009, en una ceremonia inédita en la que se bautizaron dos barcos al mismo tiempo, en el puerto de Génova. Con 114.500 toneladas y una capacidad para 3.780 huéspedes, el Pacifica invita a realizar un viaje musical. Son 29 las canciones del maestro Mauro Pagani compuestas para esta nave. Cada área del barco está identificada con una de ellas y decorada con una mezcla de estilos barroco y contemporáneo. Es el primer barco que cuenta con un estudio de grabación, donde los huéspedes pueden grabar canciones. El show privado puede llevarse a casa en un cd. Tanto más pedagógico es asistir a clases de canto, piano, guitarra o batería con el maestro de música Paolo, en el Gran Bar Rhapsody. Y aquellos que no se tientan con tomar sol junto a las piscinas, van al salón del reloj, donde enseñan a regatear en italiano.

Quanto Costa? Costa troppo! , se aprende en una clase exprés de la lengua de Dante.

El destino obligado para los recién llegados es el bufet La Paloma, en el piso 9; islas de comida con variedades de mariscos, fiambres, ensaladas, carne de cordero y cerdo. El sistema es self service y se puede repetir infinitas veces. Cada uno viste como le da la gana: muchos llevan bermudas y musculosas. Pero no hay que descuidarse. La noche siguiente es la cena de gala de bienvenida, a cargo del capitán Giacomo Longo, un genovés con más de 30 años en la marina. Entonces sí, temprano, desde las 18.30, desfilan los comensales del primer turno. Brillan los vestidos largos, las estolas, los trajes y algunos smokings.

Al atardecer, cobra vida la galería comercial, con joyas, perfumes y carteras de marcas exclusivas. Algunos prefieren recorrer la galería de arte, probar suerte en el casino o fumar en el Gran Bar Rhapsoddy. La disco Fever, con su piso de espejos luminosos, despierta a la medianoche. El DJ Claudio pasa, sin escalas, del “waka waka” de Shakira a la metalera AC/DC. Son pocos los que aguantan de pie hasta esa hora. Quedan los mejores bailarines.

En este buque, las notas musicales cuelgan de los techos como si fueran arañas. Hasta en el ascensor puede escucharse música. Están ejecutando un instrumento de percusión que remite a la cultura asiática. Hemos llegado al noveno piso, donde impera el clima Samsara, el enorme spa con vista al mar. Es uno de los más grandes a bordo. Un paraíso terrenal para quienes vinieron a quitarse el peso del estrés.

Con tarifa diferenciada, hay una carta con masajes y terapias corporales purificantes, para contratar solo o en pareja. Uno sale de allí como nuevo: desde un tratamiento blanqueador de dientes y una terapia facial marítima, hasta un circuito de agua en cinco pasos, que nada tiene que envidiarle a los servicios de los principales hoteles.

Si el spa es cosa de grandes, el Costa Pacifica tiene bien delimitado su espacio para los chicos y adolescentes. El piso 12 es una especie de Disneylandia del deporte: ping pong, pool, juegos inflables y toboganes en una piscina para chicos. Hay una zona para fanáticos del video juego: el Playstation World, dedicado a la última generación de juegos de Play Station3. Muy cerca, un simulador de Fórmula Uno de última generación, convierte a los visitantes en pilotos de riesgo. Hay que llevar zapatillas y pantalones; imposible correr con ojotas.

Las playas de Savona están repletas de turistas. Es domingo y tienta poner el cuerpo al sol. La región de Liguria, a 45 km de Génova, fue uno de los sitios elegidos por Cristóbal Colón como espacio de descanso, donde tomaba apuntes sobre sus viajes y próximas conquistas. Hay en este puerto una casa que habitó el Gran Navegante. Pero el monumento más importante de la ciudad está en el puerto: el castillo de Priamar (que significa “piedra sobre el mar”), una fortaleza que fue castillo y después prisión.

Un nuevo amanecer, un nuevo puerto. El crucero recala ahora en Marsella, para muchos historiadores, la ciudad francesa más antigua, con su particular puerto encajado entre las casas. El atractivo mercado de pescados y frutas está repleto. Una vendedora cubre con una manta su cajón de caracoles, que no podrán escapar de las cacerolas. Hace calor, pero bien vale subir el centenar de escalones hasta la basílica de Notre Dame de la Garde, una iglesia del siglo XIII desde la que se disfruta de una gran vista panorámica.

De vuelta al barco, sirven una cena exclusiva en New York New York. El restaurante, que ocupa dos pisos, es atendido con calidez por Gioachino, quien afirma que para los napolitanos “Maradona está apenas un escalón debajo de Dios; y de a ratos, al mismo nivel”. El menú arranca con una terrina de conejo con aceitunas, servido con ensalada, champiñones, aceite de oliva y limón; de segundo plato, risotto con mariscos; y el plato principal, tournedos de buey con salsa madeira a la trufa, ratatouille de vegetales y papas. El vino, un Chianti auténtico de la Toscana italiana.

Son las 8 y el capitán canta “Olé, llegamos a Valencia”. En diez años, la capital marítima más cercana a Madrid creció como apuesta turística, ya que, entre otros, restauró su patrimonio arquitectónico árabe y aragonés.
Aquí se respira buena vida. Es el mediodía de una jornada laboral y casi no hay tránsito. Un paseo nos lleva a la Ciudad de la Artes y las Ciencias, un parque con muestras oceanográficas, una academia del espacio y proyectos ecológicos. Con chicos, una visita obligada. Retorno al barco. ¡Un cartel avisa: hoy se sirve paella ! Y no hay que contener la tentación. En vacaciones, todo vale.

El último soplo de vapor nos lleva a Lisboa. El crucero posa junto al puente 25 de Abril, gemelo del Golden Gate de San Francisco. Todos a recorrer callecitas empedradas, barrios empinados y los ajustados andenes del tranvía.

Es imponente ver, junto al río Tajo, la Torre de Belén, el símbolo de la ciudad. Una reliquia del estilo manuelino, construida en el punto desde el que Vasco da Gama partió para realizar su viaje a las Indias. Hay vida, mucha vida social por las estrechas calles de las colinas de Alfama. Al ascender hacia el Barrio Alto, se percibe la tristeza y la nostalgia que en sus estrofas despliega el fado y los poemas de Fernando Pessoa.

El barco vuelve a zarpar mar adentro. Nos quedamos abajo. “Va a ser difícil volver a casa a comer milanesas de soja con ensalada de tomate, tender camas y no olvidarse de cambiar las toallas”, confiesa una pasajera argentina. Ya en el aeropuerto, parece que el gigante sigue moviéndose. Aún están frescos los aromas del Mediterráneo, sus puertos de colores ocre y el zumbido de las olas que vienen y van.

29/05/11
CLARIN

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